Argentina sigue empeñada en cumplir con un destino histórico, el de convertirse en campeón mundial. Es una misión que trasciende lo futbolístico, que alcanza todos los estratos de un país de 46 millones de habitantes y que se escenifica en cada partido.

No fue una excepción ante Croacia, a la que superó en la semifinal del Mundial de Qatar con dos goles en la primera mitad y una genialidad de Messi en la segunda: el '10' bailó a Gvardiol hasta lo caricaturesco y regaló el tercer gol a Julián Álvarez, sentencia de un partido menos igualado y tenso de lo que se presuponía.

Argentina jugará la sexta final mundialista de su historia: ganó dos (1978 y 1986) y perdió tres (1930, 1990 y 2014). Buscará su tercera estrella el próximo domingo en Lusail, el estadio que ha convertido en cancha propia durante el torneo, en su intento de repetir con Messi el éxito de Maradona en 1986.

La albiceleste, siempre bien acompañada en Doha, transforma cada encuentro en un arrebato emocional. Su partido ante Croacia no fue una excepción: no resulta fácil enfrentarse a once futbolistas que juegan siempre movidos por un resorte anímico inalcanzable para el resto. Lo sufrieron los croatas, competitivos como pocos pero incapaces de frenar la voracidad argentina.

Hace tiempo que Argentina abandonó los postulados tácticos o el purismo de la estrategia: juega con once gladiadores dispuestos a todo y comandados por un líder que ha convertido este Mundial en una cuestión histórica y personal. Parece existir una corriente que eleva a Messi hacia su primer título mundial, y el '10' puso de su parte para que así sea.

El partido se rompe desde los once metros

Leo apenas había aparecido en el partido hasta que a la media hora, un desajuste en la defensa croata permitió a Julián Álvarez plantarse solo ante Livakovic.

El meta croata, tan fiable durante el torneo, salió tarde y mal. Derribó al delantero argentino cuando este ya había tocado el balón, una de esas acciones que pueden ser penalti o no, en función del criterio del árbitro.

Orsato lo pitó y Messi no falló desde los once metros: el camino hacia la final comenzaba a despejarse. Y Leo, en el día en el que igualó a Matthaus como jugador con más partidos en la historia del Mundial, se convirtió en el argentino con más goles en el torneo.

Messi y Julián Álvarez celebran el 2-0 CARL RECINE

Lo hizo más aún cuando cinco minutos después, Julián Álvarez aprovechó un rechace en la medular para cabalgar como un loco hacia la portería rival.

No levantó la cabeza para ver a los compañeros que seguían la jugada, como si supiera que su destino era el gol. Le ayudó la fragilidad de Juranovic y Sosa, blandos en el despeje, y en sendos rebotes, el argentino marcó un gol casi imposible.

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El regate imposible de Leo

El 2-0 no arredró a los croatas, que arrancaron el segundo tiempo adueñándose del balón y ganando metros. Dalic no perdió tiempo y sustituyó a tres jugadores -Brozovic, Pasalic y Sosa- para dar entrada a Vlasic, Petkovic y Orsic. Se trataba de tener piernas frescas y pulmones para intentar la heroica.

Argentina interpretó bien el panorama del partido: le tocaba resistir en defensa y lanzarse al contragolpe. En uno de ellos, Messi estuvo a punto de batir a Livakovic y sentenciar la semifinal, pero el portero croata tapó bien su palo.

Messi cabecea un balón ante Croacia Georgi Licovski

De cuatro a cinco defensas

Scaloni respondió rápido, retirando a Paredes y fortaleciendo la defensa con la entrada de Lisandro Martínez. El mensaje fue evidente: había que resistir los embates de Croacia como fuese -tierra, mar y aire- y si acaso, buscar al espacio a Messi o Julián Álvarez.

Fueron precisamente ellos, Messi y Julián Álvarez, los encargados de firmar el tercer y definitivo gol del partido. Donde no había nada, Messi se inventó un gol imposible, como tantas otras veces: quebró una y otra vez a Gvardiol, uno de los mejores defensas del torneo, hasta convertirlo en un juvenil. Se plantó en la línea de fondo, levantó la cabeza y regaló el gol a la llegada de Julián Álvarez.

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Fue el éxtasis definitivo en Lusail. Apenas hubo tiempo para que Dybala y Foyth se estrenasen en el torneo y el público despidiese con aplausos a Modric, en su adiós del Mundial.

Argentina volverá a Lusail, el estadio más grande del Mundial, para jugar la final en busca de su tercera estrella, la más ansiada, el título que busca toda una generación de argentinos, 36 años después de que Maradona tocase el cielo en México.