Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

El cronista de los años del jazz

En el 125 aniversario de su nacimiento, Francis Scott Fitzgerald y su obra maestra “El gran Gatsby” afianzan su lugar de honor en la literatura contemporánea

Retrato coloreado de Scott Fitzgerald

Durante los años entre las dos guerras mundiales, la sociedad norteamericana vivió una etapa de esplendor económico que tenía su reflejo más expresivo en grandes fortunas de oscuros orígenes en manos de emprendedores y aventureros que despertaban ambiciones e influían en los comportamientos de la sociedad. Fue también una época de cambios marcada por el nuevo papel de la mujer en la sociedad americana y por un hedonismo que proporcionaba el dinero que terminaría arrastrando a sus poseedores a la decadencia y el desencanto. La banda sonora de aquella sociedad era la música de jazz que los intérpretes negros habían llevado a los teatros y los clubes de las grandes ciudades. Todos estos elementos están encarnados magistralmente en las novelas de una generación de escritores, la Generación Perdida (Hemingway, Faulkner, Dos Passos, Scott Fitzgerald), que criticaron aquella sociedad materialista americana desde la ausencia de filiación ideológica. Muchos de ellos coincidieron en París y en la costa mediterránea francesa de los años veinte en torno al matrimonio Murphy (el pintor Gerald y su mujer Sara) y a Gertrude Stein (“usted ha creado el mundo contemporáneo”, le dijo un día a Fitzgerald, de quien el pasado día 24 se cumplió el 125 aniversario de su nacimiento).

De ascendencia irlandesa y educado en colegios de Nueva York y Minnesota, Francis Scott Key Fitgerald (24-9-1896) llegó a la universidad de Princeton, gracias a una herencia de su abuela, abandonando un hogar en crisis y la protección de una madre posesiva. Publicó sus primeros textos en las páginas del “Princeton Triangle Club”, la revista de la universidad. Sin terminar la carrera se enroló en el ejército para participar en la Gran Guerra, pero nunca llegó al frente. Escribió sin éxito “El egoísta romántico”, un texto que utilizaría en parte en su siguiente novela, “A este lado del paraíso”, que escribió después de conocer a Zelda Sayre, una joven belleza sureña que influyó definitivamente en su vida y en su carrera y con la que vivió una relación tormentosa y apasionada. El éxito espectacular de esta novela, gracias en parte a los oficios del agente Max Perkins, le abrió el camino para publicar sus relatos cortos en “The Saturday Evening Post”. En 1922 publicó “Hermosos y malditos” y “Cuentos de la era del jazz”, de contenido autobiográfico, un elemento presente en todas sus novelas. 

El alcohol y las discusiones matrimoniales no mermaron su producción literaria

Las fiestas, los viajes, el alcohol y las violentas discusiones del matrimonio no mermaron la producción literaria de Scott Fitzgerald, que publicó una colección de cuentos, “Todos los jóvenes tristes”, y su obra maestra, “El gran Gatsby”, en la que su experiencia autobiográfica ya incluye las infidelidades de Zelda y sus problemas de esquizofrenia. Con Zelda ingresada en un siquiátrico de Baltimore, Scott Fitzgerald escribió otra de sus grandes novelas, “Tierna es la noche”, en la que incide en las vivencias autobiográficas y en la decadencia provocada por el dinero, el alcohol y las fiestas sociales sin límites etílicos ni sexuales.

  • La llegada de 2020 al calendario evocó aquella década del siglo pasado que quedó para la posteridad como la de los felices años veinte

La vida disipada de lujos y los gastos ocasionados por los tratamientos de Zelda, la educación de la hija de ambos, Frances, y los problemas con el alcohol, sumieron a Scott Fitzgeral en unos años de crisis personal y económica de la que no lo sacaron ni sus publicaciones en “Esquire” ni sus colaboraciones con Hollywood, donde apenas pudo completar los guiones de “Tres camaradas”, sobre la novela de Eric Maria Remarque, que dirigió Frank Borzage, y “Raffles”, de Sam Wood, que protagonizaron David Niven y Olivia de Havilland. También comenzó el guion de “Lo que el viento se llevó”, pero el productor David O’Selznick lo despidió a los pocos días. Sus experiencias como guionista fracasado las reflejó en “Historias de Pat Hobby”, su alter ego, y le sirvieron para escribir “El último magnate”, inspirado en el productor Irving Thalberg, una novela que no llegó a terminar. Fitzgerald era en Hollywood, según su amigo Budd Schulberg, “como un Miguel Ángel haciendo arreglos de fontanería”. En Hollywood murió de un infarto en 1940, cuando tenía 44 años.

La gran novela americana

Si hay una novela que refleje con amargo realismo todo aquel doble ambiente de esplendor y de miseria de la América de entreguerras es “El gran Gatsby”. Crítica de una sociedad opulenta y de su oscuro envés, los protagonistas de esta novela encarnan los vicios y las virtudes del país que vivió los felices años veinte en medio del despilfarro y la inconsciencia que lo llevaron a la tragedia que culminó en el crack de 1929. La historia de Jay Gatsby es la metáfora de una sociedad que camina hacia un desastre anunciado. Scott Fitzgerald, que vivió de cerca el glamour y la frivolidad de aquellos años y el fulgor efímero de la clase social que lo protagonizaba, lo refleja en la historia de un amor frustrado que, después de cinco años, intenta volver a un pasado que ya no es posible recuperar porque el dinero, que todo lo compra, no puede con el amor. Nick Carraway, un agente de bolsa que conoce al millonario Gatsby y que acude a las fiestas que celebra en su lujosa mansión en Long Island, cerca de Nueva York, narra, desde un doble punto de vista (objetivo y subjetivo) la historia de aquel romance interrumpido y los esfuerzos de su protagonista para dar sentido a una vida sumergida en el alcohol y en los fastos, y la opulencia que proporciona la riqueza inmanejable obtenida en oscuros negocios especulativos. El magistral desenlace de la novela es uno de los elementos fundamentales de esta obra maestra.

El título que Scott Fitzgerald había pensado para la novela iba a ser “Trimalción”, aquel personaje del “Satiricón” de Petronio que encarna la ostentación y los excesos de los nuevos ricos en la Roma clásica, pero Max Perkins lo convenció para que figurase en las portadas el nombre de Gatsby, Trimalción de la nueva era americana.

Compartir el artículo

stats