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¡Pardiez, doctor, cómo escribes!

Miguel Mora dedica a Xerardo Moscoso, de Voces Ceibes, su libro “Cenizas y representaciones”

Primero. Relatos y comentarios. Por ese libro publicado en 2011 entré en la vida literaria de Miguel Mora y ya con la primera de estas narracciones, en el escenario de una UCI, pensé que solo un médico podía haber imaginado así los pensamientos de un enfermo terminal. Acerté. Miguel Mora es un lucense especialista en anestesia-reanimación que trabajó desde 1975 en la Sanidad viguesa. Pero a la elección de la trama unía un gran nervio narrativo y una pluma bien templada que sostenía con igual pulso en los otros tres relatos que componían el libro. Luego seguía, ya en otro estilo, a un trote más periodístico, una selección de sus textos publicados en blogs de El País anclados a un criterio argamasado en saberes políticos, musicales, literarios, cinéfilos y viajeros.

Segundo. Sombras ¿nada más?, editado por Círculo Rojo en 2018 vino después, y lo leí avisado de una especie de malestar vital, desasosiego, duda con que se manifestaba el mismo autor, como si la escritura fuera una terapia para eludir al psicólogo. Fuera o no cierto, me admiró el pulso con que hacía frente a la estructura del libro: fotos y comentarios evocadores a modo de largos pies que me recordaban a Juanjo Millás, sin su gracejo o timbre periodístico, es cierto, pero llenos de vida, cargados de biografía y riqueza de referencias que le daban aún mayor densidad cultural. Densa pero no pesada, aérea sin ser volátil, de modo que las páginas las pasas como en un vuelo.

Y tercero. Luego entré en su libro último, Cenizas y representaciones (Círculo Rojo, 2021), en el que el autor se presenta como un viejo que, en una sima emocional, intenta escribir la biografía de un amigo de juventud que destacó en la canción protesta española y aún lo hace hoy en el mundo de cine y artes escénicas de México. Un “anartista” llamado Xerardo Moscoso, integrante que fue de Voces Ceibes. Interesa decir que Xerardo nunca ha prestado su concurso a biografía alguna que le hayan propuesto y que, en todo caso, esto no es una biografía “stricto sensu” porque Mora se entromete en la misma sin respeto alguno al género y entremezcla retazos de la suya (unos reales, otros novelados), con los que su memoria eligió del amigo y cantante. Podría llamarse una bioficción porque la biografía se marida con la autoficción para lograr una biografía más literaria y flexible: sin la licencias de la ficción, permite al biógrafo expresar su intensa relación con el biografiado.

Sea novela, biografía, bioficción o como se le quiera llamar, sus textos convocan a una lectura agradecida. En el subsuelo, ese pesimismo, esa angustia por el paso del tiempo, esa extraña vulnerabilidad que le sacude en sus escritos siempre aleteados por las luces y sombras de la muerte, el sexo o el arte. Páginas en que las informaciones se cruzan con brotes reflexivos y, entre borbotones de recursos culturales, te ves en un tiempo y un lugar con Bibiano Morón, Benedicto, Araguas, Miro entre los flecos de la Nova Cancón galega de los 70 pero también en los brazos de Pi de la Serra, Labordeta (Llach no, menos mal), el París de Picasso o Cezanne o el México de Diego Rivera. ¡Voto a bríos, doctor, cómo escribes!

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