El legado de la sonrisa

Daniel González, guardés de 36 años, ha dejado en herencia un ejemplo de positividad para encarar las situaciones más difíciles, antes de iniciar la sedación por un cáncer de páncreas

Daniel con una gorra sentado en la primera fila desde arriba, con familiares y amigos en su comida de despedida.

Daniel con una gorra sentado en la primera fila desde arriba, con familiares y amigos en su comida de despedida. / Cedida

¿Qué harías si te comunicaran que vas a morir? Daniel González, de 36 años, lo tuvo claro. Regresar cerca de los suyos. Crear con ellos los últimos recuerdos. Todos alegres. Y convertir esa positividad, que ha gobernado sus acciones desde que hace dos años le dieron el diagnóstico de cáncer de páncreas y que maravilla a todos los que le rodean, en un legado: el de “la sonrisa por encima de todo”.

Este joven ingeniero guardés llevaba tiempo peregrinando de fisioterapeuta en fisioterapeuta por un fuerte dolor en la espalda, cuando una le dijo: “Tu espalda está perfecta, el problema está en el sistema digestivo”. Desde entonces, acudía a urgencias cada vez que lo sentía. “Siete veces en un solo mes”, hasta que en una visita le hicieron un TAC. Comenzaron las sospechas y entró en la rueda de biopsias y otras pruebas. El 3 de octubre de 2021 le puso nombre a lo que padecía: cáncer de páncreas, uno de los más agresivos.

Se lo trasladó un médico con poco tacto. El shock no le duró “ni cinco minutos”. “No, esta no es la actitud”, se dijo. La reciente experiencia con su madre, que falleció tras padecer también cáncer, le sirvió de modelo. “Nos dio muchas lecciones de vida”, recuerda. Así que decidió seguir su ejemplo. “Desde ese momento fue lucha y lucha”, cuenta.

Acostumbrado a moverse por trabajo, aquella noticia le pilló en Barcelona, pero pronto se trasladó a Santiago por su equipo especializado en estos tumores. La primera quimioterapia no le había ido bien y probaron con unas pastillas que funcionan bien en el cáncer de mama ante la mutación del gen BRAC-2, que es la que él también tiene. Le regalaron casi cinco meses sin dolor. Pero volvió. Una segunda quimio le dio “la única buena noticia” en todo este proceso: el tumor se había reducido a la mitad. “Fue un subidón”, recuerda.

Dani, junto a su madre, que le dejó “muchas lecciones de vida” con el cáncer que ella también padeció. Cedida

Dani, junto a su madre, que le dejó “muchas lecciones de vida” con el cáncer que ella también padeció. Cedida / Cedida

Duró poco. Al regreso de los dolores se sumó que su oncóloga de confianza también cayó enferma de cáncer. Y continuaron las complicaciones. Necesitó una operación para desobstruir la vía biliar. Aunque parecía que había ido bien, una infección latente se manifestó cuando la siguiente quimioterapia le bajó las defensas. Recuerda los temblores con los que ingresó por los 40 grados de fiebre.

Retomaron el tratamiento, pero no había avances. “En todas las consultas me decían que iba para atrás y tenía unos niveles muy altos de dolor”. Desde el pasado 1 de septiembre está ingresado para paliarlo. Incluso le operaron para reducírselo, pero no fue efectivo. Sin poder controlar este dolor, tampoco puede entrar en ensayos clínicos de medicamentos experimentales.

Llegó entonces la noticia de que “no había solución”. Ya lo había ido asimilando. “Cuando llevas un bache de seis meses, tu cuerpo y tu mente son inteligentes y te dicen 'Esto ya no tiene salida'. Intentas disimular con los demás, pero...”. Y es que tan fuerte se mostró ante su entorno durante todo el proceso que llegaron a decirle: “Estamos para apoyarte a ti, no tú a nosotros”.

“Empiezas a tomar la vida de otra forma”

Tampoco se dio tiempo para lamentarse cuando le dijeron que no había más que hacer. “Empiezas a tomar la vida de otra forma”, cuenta. Y tenía muy claro cómo quería despedirla. Inmediatamente pidió que lo trasladaran al Álvaro Cunqueiro –llegó el jueves 5–, para que los suyos lo tuvieran más fácil para visitarlo. No solo lo arroparon desde A Guarda. Llegaron de toda España e, incluso, del extranjero. “Unos vinieron desde Londres solo para estar conmigo media hora y marcharse”, cuenta agradecido. “Estás recibiendo lo que has cosechado”, le responde la psicóloga Begoña Amaro Lois, del equipo de atención psicosocial de la Asociación Española contra el Cáncer (AECC), que les está dando apoyo en el marco del Programa para la atención integral a personas con enfermedades avanzadas y sus familias que promueve La Caixa.

Otra de las cosas que pidió Dani, “si hay suerte, es poder ir un día a casa”. Y la hubo. Fue el martes. Estaba tan emocionado la noche anterior que apenas concilió el sueño. “Fue espectacular. Perfecto”, subraya, antes de acordarse de algo que sí fue mal: el coche con el que le fue a buscar su padre no arrancó en el hospital. “Yo que quería ir a casa cuanto antes, para aprovechar el día”, lamenta su progenitor. Pero enseguida le recogió su novia, Carmen, de Jaén, que se trasladó a Galicia para estar con él.

Ava, la perra que ha estado a su lado en todo el proceso, con la ilusión por volver a ver a Dani, le derribó y le llenó de lametazos. El siguiente punto en su ruta fue el mirador de O Facho, en Santa Tegra, su lugar favorito, al que le gustaba ir a reflexionar a solas. Esta vez no le dejaron emprender la subida sin compañía, como él quería. “Me gusta la soledad y me cuesta llorar delante de la gente”, justifica. Aún así, alguna lágrima cayó.

Tras contemplar las vistas, se fueron a bañar al Chupón, junto al espigón del puerto. “Donde pasamos la infancia y la adolescencia”, relata y añade: “el agua, como el monte y la tierra, son parte de mi vida, de mi infancia”. Entró hasta la cintura, para no mojar la bomba de infusión de morfina que llevaba en el pecho y le permitía soportar el dolor que padece.

Daniel Domínguez cumpliendo uno de sus últimos deseos en su sitio favorito, O Facho, en Santa Tegra.  Cedida

Dani cumpliendo uno de sus últimos deseos en su sitio favorito, O Facho, en Santa Tegra. / Cedida

Irse "a lo grande"

El colofón fue una gran mariscada. “Había que marcharse a lo grande”, comenta. Estuvo arropado por más de 40 familiares y amigos en la comida y, como no cabían más, se sumaron otra decena en el café. Le había hecho la promesa a sus amigos de compartir un Pago de Carraovejas cuando se curara. Se lo tomaron igual. Él dio un par de sorbos. Todo autorizado por los oncólogos. “Sí, señor”, celebraron estos cuando les propuso su plan.

“Fueron todo sonrisas, no quería lágrimas, aunque siempre cae alguna, porque es imposible”, cuenta con una en la boca. Dani quería dejar en todos el recuerdo de “una comida alegre, todos juntos, recordando historias pasadas, sacando fotos... Disfrutando”.

Diseño de las pegatinas con la frase de Dani

Diseño de las pegatinas con la frase de Dani / Nuvi & Éxfico

Y esa es su herencia: “Un sorriso que ilumine o mundo”. Los diseñadores Nuvi & Éxfico plasmaron esta frase de Dani en una pegatina con un sol que lleva su sonrisa y su nombre en los rayos. “Que se pegue en todas las esquinas”, les pide él, para que “ayude a la gente a cambiar su actitud ante la vida”.

Sedación

Cumplidos sus deseos, el miércoles empezaron a sedarle. Mantenemos esta conversación en el hospital, rodeados de sus amigos de toda la vida. Una tribu unida, con la broma como seña de identidad, a la que él acaba de cohesionar todavía más. Hace pública su historia para ayudar a otros que se vean en una situación parecida. Quiere que vean que es posible irse haciendo las cosas de otro modo.

La recta final no le da miedo. Cuenta que le dio muchas vueltas a la sedación y pensó que le entraría “el tembleque” al pedirla. Pero no. Puede que su cuerpo resista “mucho, poco, no se sabe”. Él espera “que no se demore mucho”. “Es sufrimiento para todos”, razona y hace balance: “Viví mucho y me quedaba mucho por vivir, muchos planes, muchas cosas. A veces no se puede. Por lo menos puedo elegir cómo irme y no me arrepiento de nada”.