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La cuarentena del alcalde pegado a la calle

Abel Caballero, acostumbrado a que la Reconquista sea un día de baño de masas, ejerce un gobierno telemático, con reuniones reducidas, 200 e-mail al día y el teléfono echando humo

Guardando las distancias en la reunión de seguimento del virus. // A. Villar

Guardando las distancias en la reunión de seguimento del virus. // A. Villar

En un 28 de marzo habitual, Abel Caballero se enfunda su traje de la Reconquista y se fotografía en las calles de Vigo con cientos de personas, estrecha la mano a otros tantos, les escucha, comparte saludos, bromas, inquietudes? Está cerca. Solo que ayer, huelga decirlo, no fue un 28 de marzo habitual. "No tiene ningún parecido", dice el alcalde de Vigo, en conversación con FARO. El político acostumbrado a controlar la ciudad a pie, en primera primerísima persona, cambió lo que suele ser un día que se sale de la rutina por otro que, si cabe, se sale todavía más. Sin mirar atrás. "No hay tiempo para la nostalgia".

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La pandemia del coronavirus le ha obligado a estar todo el día pegado al móvil -"se me acaba la batería, eso antes no pasaba"-, a atender cientos de correos, a estar enganchado a videoconferencias, y a gobernar, en fin, telemáticamente. "Cambia todo. Esa parte importantísima de la acción política, que es el contacto con la gente, donde tienes tanta información, de repente desaparece, todo se vuelve distinto", ilustra.

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Los horarios, esos no los cambia: despertarse entre las 7 y las 71.5 de la mañana, acostarse entre las 12.30 y la 1 de la madrugada. El trayecto hasta Praza do Rei ya no lo hace a pie, sino en coche, "porque quiero dar ejemplo". A las 8.10 entra. "Me vengo al despacho, leo los periódicos, y estoy yo solo, en el entorno de Alcaldía no hay nadie. Viene alguna gente, algún teniente de alcalde y despachamos: ellos en una punta y yo en otra. Literalmente", relata. Mediada la mañana, tras pasar revista con su gobierno, toca la rueda de prensa diaria. De nuevo, solo, o casi: solo le acompaña su jefa de prensa y un cámara. Al acabar, la reunión del comité de seguimiento del Covid-19 para abordar "en detalle" la situación y adoptar decisiones.

Ayer, por ejemplo, Caballero, también presidente de la FEMP, compartió su tiempo de almuerzo con cinco alcaldes de España. Cada día recibe docenas de peticiones de regidores para conversar siquiera unos minutos, cuando no son los ministros quienes llaman, "mañana y tarde". "¿El teléfono? Recibo cientos de llamadas". Y correos. Lo habitual es entre 50 y 70 diarios, ahora recibe "por encima de 200".

Compartir el dolor

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En casa, reparte "deberes" entre los concejales con las notas y documentos que se lleva de Praza do Rei, y le llegan otros contactos no estrictamente políticos. "Me llamó una enfermera y me contaba sus angustias en el hospital, y me decía que asumiera yo unas cuestiones". Niega desgaste, pero también corazas contra lo que llega de afuera. "No hay que ponérsela nunca. Hay que compartir el dolor, eso te vuelve más cercano. Ser alcalde tiene esto: querer compartir este mal momento con todo el mundo".

A las ocho de la tarde, salvo imprevistos, se suma al aplauso a los sanitarios, tiempo en el que algún vecino aprovecha para trasladarle algo de balcón a balcón. Apenas tiene tiempo para caminar en la cinta y a la guitarra la saca algún partido -toma los acordes de Internet-, pero no tanto como para compartir sus canciones en el recién estrenado portal cultural online del Concello. Cuando gana algún rato, lo dedica a corregir y revisar las dos novelas que ya tiene en rampa de lanzamiento. El telediario también es cita obligada.

La política, dice, cambiará tras la pandemia para devolverla "al lado de la gente". De momento lo que reuniones de pocos en salones de muchos, baterías de móvil que se agotan y poner, para el alcalde de una gran ciudad más votado de España, la calle en su propia cuarentena

"Estoy deseando que esto pase y recuperar la vida normal", zanja Caballero.

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