Casi 20.000 niños gallegos de 5 a 9 años navegan por internet varias veces al día

Un 19% de chavales de esas edades usan el móvil, muchas veces propio y con datos

Expertos avisan del riesgo de cambios de conducta, emocionales o déficit de atención

Niños con móviles y tablets

Niños con móviles y tablets / FDV

Carmen Villar

Carmen Villar

No es inusual la imagen de niños enganchados a móviles o tabletas en un restaurante mientras los adultos conversan. Y no es el único caso. “Las pantallas son el chupete emocional y la niñera”, advierte el profesor de la Universidade de Santiago y experto en adicciones en menores, Antonio Rial Boubeta. Es un uso no recomendable que contribuye a que los niños estén “enchufados” a dispositivos on line demasiado tiempo, pese a que una presencia excesiva en edades tempranas puede producir “un alto grado de interferencia a nivel conductual, emocional e incluso cerebral”. Hace un mes la Asociación Española de Pediatría también urgía evitar que estos aparatos hicieran de “niñera”. Con todo, pese a los avisos, en torno al 50% de chavales gallegos de 5 a 9 años navega por internet al menos cinco días por semana y casi la mitad lo hace a diario y varias veces por jornada.

En torno a 20.000 niños de 5 a 9 años de edad se conectan a la red “diariamente, varias veces al día”. En concreto, según el informe “Rapaciñ@s Dixitais”, del Observatorio da Sociedade da Información en Galicia, adscrito a la Axencia para a Modernización Tecnolóxica de Galicia, el 77% de los chavales de esas edades accedieron a internet en los tres últimos meses –80.000– y uno de cada cuatro sería un usuario muy frecuente –20.000–.

En muchos casos, la navegación se produce desde el móvil. El mismo informe de la Xunta permite constatar que entre los 5 y 9 años, alrededor de uno de cada cinco chavales tiene ya acceso al teléfono al móvil y, de los 10 a los 15, disponen de él el 70 por ciento. Además, apunta Rial Boubeta, ya no es que se use, sino que “en un porcentaje importante tienen móvil propio y con datos”. Alude a cómo en el estudio de ámbito europeo que coordinó para Unicef entre 50.000 adolescentes les salió una edad media de 10,9 años de acceso al primer móvil, lo que implica que en torno a la mitad ya lo tiene con 8, 9 o 10 años.

Para Rial Boubeta, “hay una suerte de anestesia social que estamos sufriendo todos” y se pregunta “qué más hace falta para darse cuenta de que tenemos un problema con la tecnología”. Los datos del Osimga, sostiene, “vienen a recalcar la necesidad de pararse” a analizarlo. Porque, incide, esa conducta puede tener efectos, hay “riesgos asociados”. “La tecnología”, explica, “está ocupando un lugar que no le corresponde”.

“Lo que sabemos es que es capaz de producir un alto grado de interferencia a nivel conductual, emocional e incluso cerebral y, cuanto más pequeño es el niño, mayor es la capacidad de afectar a estos niveles”

Antonio Rial Boubeta

— Profesor Univesidad de Santiago

Por una parte, concede, aporta numerosas ventajas, pero puede tener consecuencias “insospechadas” si su presencia es “excesiva” y más aún si sus usuarios son niños. “Cuanto más pequeños, más vulnerables, menos capacidad para gestionarlo”, avisa. “Lo que sabemos es que es capaz de producir un alto grado de interferencia a nivel conductual, emocional e incluso cerebral y, cuanto más pequeño es el niño, mayor es la capacidad de afectar a estos niveles”, detalla.

“El uso de las pantallas desde edades tempranas de manera frecuente e intensiva y sin supervisión, que está pasando, puede ser capaz de alterar la propia química del cerebro”, avisa. “Igual que es estimulante la cafeína”, compara, “es estimulante una pantalla plagada de sonidos y de colores”. Esos cambios en la química cerebral, prosigue, provocan “automáticamente” otros en la conducta y en las emociones e incluso cognitivos. “Porque si la manera de relacionarse con las pantallas es frecuente e intensiva y sin supervisión eso influye en la capacidad que va a tener el niño a la hora de atender otras cosas que no tienen esa riqueza de estimulación y por tanto de aprender”, explica. De ahí, apunta, que esté habiendo “más problemas relacionados con el déficit de atención”.

Para este experto, se trata de un “problema social e individual”. Por un lado, señala, existe una industria que genera “muchos beneficios” y a la que le interesa que los padres piensen que si sus hijos no se relacionan de manera temprana con la tecnología se van a quedar atrás, aunque es “mentira”. Por otro, cree que el protagonismo de los padres es “muy grande”. Se trata de poner “normas y límites adaptados a cada edad” y de dar “ejemplo”. Recuerda que darle un móvil a un niño es poner una “lámpara de Aladino en sus manos” y pretender que no la frote para obtener sus deseos.

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Rial Boubeta sostiene que no hay que “demonizar” la tecnología”, pero sí usarla de forma “responsable”, con “sentido común”. “No pasa nada”, indica, si un progenitor, por una necesidad muy concreta, pone un móvil en las manos de un niño para que vea dibujos. Es más, dice, incluso puede haber aplicaciones que de forma “muy puntual y dosificada puedan contribuir a un buen aprendizaje”.

Lo que “no puede ser”, critica, “es que la educación y el ocio del día a día se nutra única y exclusivamente de pantallas” porque existe “una causa-efecto y, si hacemos mal las cosas desde el principio, sobre todo a edades muy tempranas, las consecuencias pueden ser negativas” y estar “en la base de trastornos de conducta o problemas de convivencia porque tengan dificultad para gestionar las frustraciones y las emociones” y pueden provocar conflictos cuando a los 12 o 14 años los progenitores “se vean obligados” a quitarle la consola a su vástago. Lo que hay que hacer, sostiene, son “cambios” y competen desde a la sociedad en general a padres y educadores, pasando por industria e instituciones. Con todo, considera que “todo el mundo cree en la prevención, pero nadie la practica”.