Haciendo amigos

La primera víctima es la verdad

Un momento de descanso en el debate electora a tres de la pasada semana de RTVE

Un momento de descanso en el debate electora a tres de la pasada semana de RTVE / Europa Press

Pedro Feijoo

Pedro Feijoo

Fue Esquilo el primero en escribir sobre el peligro de las certezas en cualquier conflicto. “La primera víctima de la guerra es la verdad”, nos advirtió hace ya casi dos mil quinientos años. Y sin embargo, hoy sigue sucediendo: este proceso que hoy cerramos será recordado como la campaña de las mentiras, aquella en la que a parte de nuestro aparato político llegó incluso a parecerle intolerable algo tan normal como que una periodista señalara la inexactitud. Por decirlo de una manera amable…

Más allá de mi parecer como ciudadano, hablando en términos de narrativa debo admitir que no deja de maravillarme la infinita capacidad que tiene esta clase política nuestra para reventar los límites de su propio juego. Una y otra vez, nuestros representantes de turno se esmeran en el complicado arte de ver quién es capaz de pisotear con mayor arrogancia los mínimos de la vergüenza ajena, de modo que todo ha valido: el alimento del fuego populista, la propagación del bulo, la mentira hasta la náusea y, al final, incluso rasgarse las vestiduras ante reacciones que, en una sociedad sana, deberían ser tan habituales como alarmante su ausencia. Como, por ejemplo, los debates electorales con plena representación. Y asistencia.

Insisto, si esto no fuera más que una novela, como lector me parecería fascinante. El problema es que no lo es. Esto es real, está pasando. Y entiendo que hemos llegado a un punto en el que incluso asumimos que nuestra clase política es así. Es como en aquella fábula india, la de la serpiente de cascabel que, después de ser rescatada, muerde y mata a su salvador. Al fin y al cabo, qué esperar de ella, ¿verdad?

Ahora, lo que ya me cuesta más entender es que nosotros, que somos los que vamos a acabar pagando el pato, no hagamos nada… Puedo comprar nuestro cansancio, el hastío, e incluso ese escenario en el que el desánimo asfixia nuestro entusiasmo. Puedo entender la decepción, claro que sí. Pero lo que ya no logro entender de ninguna manera es que, además, sigamos el juego.

Después de habernos engañado tantas veces, lo que no logro entender es cómo seguimos tolerando una sola mentira más sin que, después de todo, ni tan siquiera se nos pase por la cabeza levantar nuestra voz contra ellas. No es correcto, claro que no lo es…