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Faro de Vigo

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Silverio Rivas, el incansable peregrino de la belleza

El escultor ponteareano, a punto de cumplir 80 años, conserva la curiosidad y la capacidad de disfrutar trabajando en la soledad de su taller en San Xoan de Páramos. El artista, que prepara la antológica que inaugurará en noviembre en el Museo de Pontevedra, desgrana sus inquietudes, sueños y deseos en un recorrido privilegiado por la vida y la obra del extraordinario artista gallego, el maestro de la abstracción.

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Rivas, ante una de sus piezas icónicas, en su jardín de San Xoán de Páramos. N. Villalobos

Silverio Rivas explica el mundo a través de las piezas que esculpe. Son su protección, su ofrenda, su forma de vida. Cuerpo ágil, mente brillante; nadie imaginaría que el próximo noviembre cumplirá 80 años. “Soy aún joven”, aclara con sonrisa pícara mientras nos brinda un generoso recorrido por su vida y obra en un escenario único: su taller, en realidad un museo, situado en San Xoán de Páramos (Tui). Un paseo en el que nos acompaña también su amigo, el artista cubano-vigués Nelson Villalobos, que ejercerá en esta ocasión de fotógrafo.

En esa casa es donde desde hace 30 años reside el artista ponteareano, el más rotundo valor de la escultura contemporánea gallega. Aquí cobran vida sus sueños, inquietudes y deseos a través de la piedra, el bronce, la madera o el acero. Dialoga y a veces pelea con la materia. Es también donde vive, aunque eso es secundario para él. Todo su espacio está concebido para el trabajo.

También será en noviembre cuando inaugure su nueva exposición, una gran retrospectiva en el Museo de Pontevedra que planea junto al comisario en estos momentos.

Silverio Rivas, esculpe su historia

Silverio Rivas, esculpe su historia

La casa-taller de Silverio está dividida en diferentes espacios y en cada uno de ellos trabaja las piezas de cada material: una zona para la madera, otra para el bronce, otra para las obras en piedra pequeñas… Comienza el recorrido mostrando unas espectaculares esculturas realizadas a partir de un tronco de acacia que tuvieron que talar los jardineros del campus de Santiago y se acordaron de avisarle por si le interesaba. Lo observa y confiesa que aún puede intervenirlo con algún retoque. Para Silverio una obra nunca está finalizada: “Trabajo las piezas también después de expuestas, incluso 50 años después”, cuenta. Esta obsesión, en ocasiones, admite que le lleva al fracaso. “En ese proceso de querer mejorar una obra a veces me confundo y al final me doy cuenta que era mejor lo anterior”. Le ocurrió con una pieza para la Facultad de Económicas de la Universidad de Vigo en 1979. “Nunca me convenció y veinte años después la fui a buscar y la intenté modificar, pero la obra no estaba dispuesta a colaborar… Les entregué otra para ese espacio”, apunta.

“Sueño a menudo con las piezas en las que estoy trabajando y, en ese momento onírico, encuentro la solución perfecta"

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El proceso de creación de una obra acompaña al artista incluso de noche. “Sueño a menudo con las piezas en las que estoy trabajando y, en ese momento onírico, encuentro la solución perfecta. Despierto y voy corriendo a probarlo, pero en la realidad casi nunca funciona, ya que la mano no obedece al cerebro”, explica.

Escultura realizada con ramas de árboles recogidas en el río Miño que muestran su pasión por la naturaleza. N.V.

Este hombre disciplinado y con un discurso diáfano y envolvente aprendió a trabajar la madera en el taller de ebanistería de su padre en Ponteareas, donde ayudaba en cuanto salía de la escuela. Perfeccionó las técnicas de dibujo y talla en la Escuela de Artes y Oficios con artistas como Luis Torras, Xoán Piñeiro y Camilo Nogueira. “Sólo tenía 12 años cuando me quedé parado ante un tronco de madera esculpido en Vigo, embelesado, ante el enfado de mi padre. Me di cuenta de que yo necesitaba llevar las piezas más allá, pero él solo me dejaba esculpir al terminar la jornada en la carpintería”, recuerda. Con 25 años, el artista se impuso: “Era incompatible hacer ambas cosas”, afirma.

Nombra con arrobo a sus “maestros espirituales”: Rodin, Brancusi, Chillida… “Fui a París en busca de Rodin en 1971, necesitaba palpar su escultura, pero no era lo que me esperaba”, confiesa. Fue el concepto del espacio exterior de Brancusi el que sí le atrapó. Viviría siete años en la ciudad de la Luz, pero en dos etapas.

Detalle de una pieza en forma de cerebro. N. V.

Esculturas de distintas etapas y materiales, en su taller, de lo figurativo al abstracto. N.V

La naturaleza siempre ha sido la principal musa de Rivas: “Para descubrir ciertos matices hay que ser, sobre todo, muy buen observador; los volúmenes van apareciendo, hay que meditar e ir avanzando despacio”, describe. Sus manos modelan el aire mientras habla y confiesa que le gusta trabajar en soledad, abstraerse del mundo en este rincón de Galicia en el que solo irrumpe, a veces, su mujer, la francesa Odile Mansuy, a la que conoció en Madrid. Y sus gatos. Junto a otros vecinos han restaurado unos molinos de hace 500 años y allí muele el centeno y hace su propio pan. Se encuentra feliz en esta comunión absoluta con la naturaleza. “Hemos creado una república”, explica con esa mirada chispeante.

"Siempre trato de buscar nuevos conceptos, arriesgarme a cambiar y seguir sorprendiéndome"

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Seguimos el recorrido y observamos cómo la obra de Silverio fue evolucionando desde el naturalismo hacia el impresionismo y luego a formas cada vez más abstractas. “La búsqueda de la obra definitiva nos lleva a insistir sobre una misma idea y buscar distintas soluciones, pero no podemos ser rehenes de nuestra obra, eso provoca aburrimiento y decepción; yo siempre trato de buscar nuevos conceptos, arriesgarme a cambiar y seguir sorprendiéndome, tanto con mi propia obra como con la de otros artistas. Si perdemos la curiosidad, estamos muertos”.

Casita de madera para sus nietas, en medio de los árboles del jardín. N.V.

De Vigo, el Silverio veinteañero viajó a Madrid durante un corto periodo de tiempo y a su vuelta comenzó a trabajar como ayudante de Xoan Piñeiro en Goián. Regresó de nuevo a Madrid con una beca de la Diputación y allí conoció a su mujer, que es aún hoy su cómplice y compañera de vida. Tuvieron tres hijos. “Los tres me ayudaron muchas veces en el taller, como hice yo con mi padre, pero solo una, Sofía, estudió Bellas Artes. Otro es arquitecto y el tercero estudió Ciencias de la Información”, explica. Tiene también dos nietas gemelas que estudiaron Bellas Artes. Para ellas, de niñas, fabricaron una preciosa casita de madera que permanece en el centro de la finca, aún con la cocinita dispuesta, y desde cuya ventana se observan las piezas del maestro.

"La estética es un accesorio inútil; la belleza que yo busco es la que reside en la pureza”

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Tras trabajar como ayudante de Paco Barón, Silverio y Odile regresaron a París en 1979. De nuevo buscando la belleza, que el escultor asegura que persigue “como un peregrino”. Sin embargo, entiende la estética como “un accesorio inútil”. La belleza que él busca es la que reside en la pureza. Tampoco el color le convence, aunque coqueteó durante una etapa breve con la policromía. “Solo en las ocasiones en las que realmente el color puede aportar algo recurro a él; si no, mejor respetar el tono de la naturaleza”.

Expuso en París pero también en Bélgica, Holanda, Inglaterra y recorrió toda España. Regresó a Vigo de forma definitiva en 1986, decidido a trabajar la piedra en esculturas de gran escala. Siete años en la cantera de Porriño le robaron el oído casi por completo. El artista mitiga este problema con unos audífonos y con una mirada azul que no se pierde nada.

Silverio Rivas, autor de la Puerta del Atlántico, da el visto bueno a la nueva Plaza América

Silverio Rivas, autor de la Puerta del Atlántico, da el visto bueno a la nueva Plaza América Marta G. Brea

En el interior de la casa, Silverio tiene otros espacios de trabajo: uno es lo que llama su “laboratorio de ideas”, en el que trabaja a pequeña escala piezas realizadas con las latas de comida de sus gatos que modifica continuamente en busca de nuevas soluciones.

En otra de las estancias descubrimos sus esculturas articuladas, que ideó durante su etapa en Sargadelos, junto a Díaz Pardo, con el objetivo de “permitir a la gente participar y, así, comprender mejor la escultura, que es más compleja que la pintura, en un solo plano”.

Una de las mesas de trabajo del artista, repleta de materiales. N. V.

Silverio no se lamenta en ningún momento de la conversación. Ni siquiera cuando se le tienta al advertir que la escultura tiene mucha menos visibilidad que la pintura o que el coleccionismo es hoy casi inexistente. “En los años 70 se decía que la escultura es con lo que tropiezas cuando quieres ver un cuadro, pero eso ya no es así. Galicia tiene además un enorme potencial en escultura porque todo lo que nos rodea es escultura. Además, ¿qué artista hay más conocido que el Maestro Mateo”, zanja.

Late el alma de Silverio Rivas en cada lugar donde se alza una obra suya: le sentimos vibrar en el espectacular “Horizonte para el sol”, situado en el Campus de Vigo; en la escultura “Proa ao mar”, en la que escalan los alumnos de un colegio de Ribeira; en la “Oliveira del nuevo milenio”, que preside la nueva Plaza del Bicentenario de Vigo¸ o en el homenaje en rosa Porriño “A las víctimas de la represión” en la Alameda de Tui.

"La firma estorba a las esculturas y suelo prescindir de ella, aunque últimamente me piden que las firme”

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Silverio –como los artistas del arte egipcio– no necesita que aparezca su nombre al pie de la escultura. De hecho, apenas firma las obras: “Me parece que estorba a la pieza”, apunta, aunque asegura que últimamente le piden que la rúbrica. “Se ve que temen que desaparezca pronto”, advierte con humor.

El gran logro del escultor es que sus obras son reconocibles allá donde estén. Silverio resuena con fuerza en la materia. 

Silverio, con algunas de sus esculturas en pequeña escala con las que ensaya soluciones. N. V.

“La escultura es mi principal escudo protector”

A Silverio Rivas le gusta la escultura como un “elemento habitable”; que la gente atraviese sus piezas, las toque, interaccione con ellas. Él mismo, explica, las habita, y por eso algunas están creadas a su medida. “La escultura me sirve para protegerme de mis miedos. De niño escuchaba a las costureras del taller donde trabajaba mi madre hablar de los paseados durante la guerra civil, de los muertos. Aquello se me quedó grabado. Yo sentía que necesitaba una protección y gracias a la escultura mis miedos fueron desapareciendo; es mi principal escudo protector aún hoy”, revela.

La escultura es un ejercicio también físico, pero asegura Silverio que aún puede con el esfuerzo que precisa su arte. Su fina pero aún sólida constitución lo confirman. Tan solo cuando se instala en la cantera para realizar obras de tamaño monumental cuenta con el apoyo de un equipo, aunque no delega nada; está presente en todo el proceso. De la cantera de Porriño salieron esculturas suyas tan emblemáticas como la “Porta do Atlántico”, que preside la Plaza de América de Vigo. Su reciente conversión en un espacio público en el que la escultura se encuentra rodeada de una zona para el disfrute de los peatones satisface al autor: “Me enseñaron el proyecto antes de realizarlo y contaron con mi aprobación; hay otras plazas de este tipo en ciudades europeas y concuerda con mi idea de interactuar con la escultura”, considera. 

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