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“En 30 gramos de suelo hay un universo de microorganismos”

La viguesa Mery Touceda Suárez es bioinformática y ecóloga en la Universidad de Arizona, en Tucson

La viguesa Mery Touceda, en el desierto de Sonora.

Puede semejar inerte bajo nuestros pies, pero el suelo es un sistema muy complejo y está poblado por miles de microorganismos indispensables para la preservación de los ecosistemas y la biodiversidad del planeta. “Cada treinta gramos hay todo un universo habitado por una inmensidad de bacterias, virus, hongos o artrópodos, que a su vez mantienen redes tróficas en las que unos se comen a los otros o colaboran entre ellos y que son la base del ciclo de la vida”, desvela la viguesa Mery Touceda Suárez (Pontevedra, 1994), bioinformática y ecóloga en la Universidad de Arizona, en pleno desierto de Sonora, donde estudia las comunidades microscópicas de las zonas áridas y su resiliencia frente a las actividades humanas y el cambio climático.

La viguesa Mery Touceda

“La urbanización, el pastoreo o la agricultura hacen que el suelo pierda calidad y lo van dejando exhausto, seco y muerto. Y este proceso de desertificación se ve agravado por el cambio climático. Si a un suelo demasiado explotado le añadimos un aumento de las temperaturas y el descenso de precipitaciones es como si pusiésemos a correr a una persona hambrienta. Es algo que está ocurriendo a nivel global, pero los suelos áridos como los de Arizona, el Mediterráneo o el 70% de la superficie en España son las zonas más críticas porque los efectos son más tempranos y drásticos. Además, si entendemos mejor cómo nuestras actividades y el cambio climático afectan a la base del ecosistema, entenderemos mejor cómo influyen en el sistema completo”, resume.

Mery se graduó en Biología Humana en la Pompeu Fabra, tiene un máster en Bioinformática por la Universidad de Copenhague y lleva dos años en Tucson realizando un doctorado en Ciencias Ambientales dentro del grupo que dirige el científico español Albert Barberán. “Investigo cómo se relacionan los microorganismos del suelo, tanto entre ellos como con el medio ambiente, para intentar conocer la resiliencia del sistema. Son como pequeños actores invisibles que mantienen los ecosistemas funcionando y que además nos han permitido desarrollar la mitad de los antibióticos que conocemos. Del mar extraemos energía y alimento, pero nuestra dependencia del suelo es mucho mayor”, compara.

¿Y cómo se estudian estos microorganismos? “Antiguamente, se cultivaban en el laboratorio, pero esto solo permite analizar entre el 1 y el 3% de todas las especies conocidas, sin contar todas las que todavía se desconocen. En los 70 se empezó a desarrollar la secuenciación masiva y una de las técnicas más recientes, la metagenómica, permite secuenciar todo el ADN de una muestra de suelo y obtener una cantidad inmensa de datos sobre cientos de miles de especies. Se necesita un perfil bioinformático como el mío para ser capaz de procesarlos y obtener información de ellos”, explica.

“Es una ciencia bastante compleja porque a veces hay que integrar conocimientos de machine learning e inteligencia artificial, ya que los datos son muy complejos y no están depurados. Lo que tienes es una especie de archivo con muchos trozos de secuencias de ADN que hay que transformar en genomas de microorganismos vivos sin saber cuáles son”, añade sobre su trabajo.

Mery, en pleno trabajo de campo

Mery, que estos días se enfrenta a los exámenes de competencia para poder continuar con su doctorado, volvió a la ciencia tras un breve periodo en el que la abandonó desencantada. “En mi trabajo fin de máster, que desarrollé en un laboratorio de la Universidad Técnica de Dinamarca (DTU), investigué las conexiones entre las comunidades de microorganismos que limpian el agua en los filtros de las estaciones depuradoras. El objetivo era poder manipularlas y tratar de reducir la emisión de óxido nitroso, el gas de efecto invernadero más potente, aunque sea el menos común. La idea del laboratorio era sedimentar la materia orgánica y crear biocombustibles. Pero, aunque parezca una idea con aplicación, me di cuenta de que estaba dentro de una burbuja, que solo buscaban publicar los resultados. Y salí de allí pensando en mi lado artístico y social, que hacía mucho tiempo que no usaba”, relata.

Así que volvió a Vigo y buscó sin éxito un programa de voluntariado que le permitiese ver mundo y trabajar en ámbitos como la agricultura sostenible. “Siempre he sido un poco aventurera de más”, reconoce entre risas. Como no surgía ninguna iniciativa clara, decidió mudarse a Madrid y, durante unos meses, trabajó como programadora en una consultora tecnológica. Tampoco era el empleo soñado, así que un día, tras encontrar su oferta en una revista de ecología microbiana, escribió un correo a su actual jefe. “Mi primera experiencia en EE UU no había sido positiva. Vine en el Bachillerato con la primera promoción de las becas de la Fundación Amancio Ortega y la Barrié y me lo pasé bien, pero me tocó Cincinnati, la América profunda, cerrada y homófoba. Así que le propuse a Barberán una colaboración de unos meses para decidir si quería quedarme cinco años en Tucson. Llegué a finales de 2019 para ver qué onda, como dicen los mexicanos, y la ciudad puso su mejor cara y me convenció”, celebra.

"Vivir aquí es como estar en una postal todo el día"

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Y eso que poco tiempo después de llegar le tocó vivir la pandemia y un verano “apocalíptico” con las temperaturas más altas de la historia por la ausencia de monzones. Aún así, se confiesa “enamorada” del desierto. “Es muy especial. Vivir aquí es como estar en una postal todo el día. Mi casa está en la ciudad, pero a veces vienen coyotes y en primavera ves halcones preciosos. Y una de las cosas más especiales es el cielo nocturno y las estrellas. Yo soy una enamorada de Galicia y algún día volveré. Pero el desierto tiene algo de lo que te quedas prendado enseguida. Igual que nosotros tenemos la palabra morriña, debería haber otra para describir esta especie de adicción”, plantea.

Mery Touceda, en el desierto

Mery Touceda, en el desierto

Tucson es también “una de las mecas de la ecología” y está situada en un valle rodeado de las conocidas como Sky Islands: “Son montañas de bosque en un mar de desierto. A medida que asciendes, vas observando la transición desde un desierto de cactus, luego aparecen palmeras y en la parte más alta viven osos y ciervos, de hecho, hay una estación de esquí. En nuestro laboratorio hay proyectos para estudiar las distintas comunidades microbianas bajo este concepto”.

Alrededor del 40% de la población es hispana y la presencia de la cultura española “es muy fuerte”. La Misión de San Xavier del Bac, fundada por los Jesuitas en 1692, mantiene un jardín con parcelas dedicadas a las distintas comunidades que habitaron esas tierras, desde los primeros indígenas, los Hohokam, pasando por la época colonial hasta la modernidad. Y Mery participa en un proyecto para estudiar los microorganismos de los suelos a lo largo de la historia. Además forma parte de una cooperativa de cerámica de torno y es aficionada a la escalada, la natación y el senderismo.

Mery realizando trabajo de campo

La viguesa apunta al carácter fronterizo de Tucson –“Hay muchas asociaciones que ayudan a las personas que buscan asilo, que dejan botellas de agua escondidas en el desierto o que identifican los cuerpos y comunican los datos a las familias de desaparecidos”– y la define como “la ciudad más liberal” dentro de en un estado “de cowboys y muchos republicanos”. “Es un lugar muy burbujeante en cuanto a problemática social, pero es muy de izquierdas y hay mucha gente joven y una importante comunidad gay. Y va a más, porque hay una especie de éxodo de jóvenes profesionales desde California, donde la vida se está poniendo prohibitiva. Y además hay mucha fiesta y reguetón, que a mí me encanta”, celebra divertida, “Estoy como en casa. Me encanta Galicia y volveré, pero antes hay mucho mundo”. 

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