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Secretos

El ser humano es tanto lo que muestra como lo que esconde. Nos componen también nuestros secretos. Hay secretos que alivian y secretos que se ulceran; secretos que salvan y secretos que matan; que asfixian y alimentan. Las parejas se ocultan sus deseos y las familias silencian sus agravios. Los jefes debaten sus planes tras la puerta cerrada de sus despachos y los corrillos de la oficina se callan cuando ellos aparecen. Existen secretos del alma, que no nos atrevemos a conocer sobre nosotros mismos, y ensoñaciones secretas, que olvidamos al despertar.

Nuestras comunidades se han edificado sobre los secretos igual que sobre las mentiras, profundas o piadosas. No nos soportaríamos en la exhibición constante de lo que realmente somos, pensamos y hemos hecho. Ni siquiera Dios, que se guarecía en el tabernáculo. Luego triunfaron las religiones mistéricas igual que las sociedades secretas; por la pretensión de guardar lo que nadie ajeno entiende o sabe. Los secretos nos separan de los que los ignoran y nos encadenan a los que los comparten. Sucede en cualquier pandilla de amigos, dividida en realidad por las fronteras del susurro y la confidencia.

Y así los estados, tan celosos de sus secretos como ansiosos por descubrir los de otros: la composición del fuego griego, la cría del gusano de seda, los mapas náuticos del nuevo mundo... Exploradores y vigías han trabajado siempre, espías y contraespías, en permanente colisión. Y hay personas que han pagado el precio de revelar aquello que creían que el público se merecía. Mordejai Vanunu se pasó 18 años en prisión tras hablar de la bomba atómica israelí, el “secreto de Dimona”, y Snowden sigue exiliado por destapar las tácticas intrusivas de la inteligencia estadounidense.

Esta España de sainete tiene a Villarejo. El viejo comisario está declarando sobre secciones del CNI dedicadas a asesinar testigos incómodos y extorsionar a jueces o sobre inyecciones para aquietar las pulsiones sexuales del rey Juan Carlos; han desfilado por los sumarios los nombres de Rajoy, Cospedal, Francisco González, BBVA, Repsol, Sacyr, CaixaBank, Planeta, Iberdrola... La mistificación que se le supone a Villarejo mitiga el revuelo. También los cortafuegos de los poderosos afectados. Es la misma esencia del secreto lo que se tambalea en su exposición.

Villarejo: "Al Rey Emérito le inyectaron hormonas femeninas para rebajarle la libido" Agencia ATLAS | Foto: EFE

Nadie lo entendió mejor que Joseph Fouché. Aquel antiguo seminarista se proclamó girodino y jacobino; imperial y monárquico. Para todos trabajó y a todos acabó traicionando. Robespierre, que le reprochaba a Fouché las masacres que había perpetrado en Lyon, supo que había tramado el golpe de Termidor que lo llevó a la guillotina. Napoleón amenazaba frecuentemente con hacerlo fusilar y nunca se atrevió. Fouché sedujo a Barras como a Luis XVIII, que tanto lo habían odiado. Había cimentado su poder sobre los secretos acumulados como ministro del Interior y de la Policía. Sobrevivió no solo porque temían lo que sus cajones pudiesen atesorar, sino porque ansiaban descubrirlo. Nada nos atrae tanto como la exclusividad del secreto.

Pero el secreto más poderoso, como bien sabía Fouché, es aquel que nunca se llega a desvelar, de la misma manera que el monstruo más pavoroso es aquel que nunca llegamos a ver. Al carecer de contorno preciso, ese secreto se adapta al envoltorio exacto de lo que deseamos. Cuando Howard Hunt confesó que había participado en el asesinato de Kennedy, no le hicieron caso ni siquiera los más acérrimos de la teoría de la conspiración. Aunque Hunt confirmase sus sospechas, también las limitaba.

Jamás podremos desanudar la urdimbre de Villarejo. Apenas suponemos lo que inventa o lo que tapa. E incluso podemos sospechar que está diciendo la verdad porque quizá la mejor forma de camuflarla es exponerla a tanta luz que nos parezca una mentira. Pero intuimos sin duda que los peores secretos son los que jamás va a contarnos. Aunque el mayor secreto sea que no hay nada.

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