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Médicos de aldea

José Antonio Abal durante una visita al domicilio de Celsa, una paciente, en Vila de Cruces. Bernabé / Javier Lalín

Ya no van a caballo para llegar rápido a atender urgencias nocturnas o partos a domicilio porque las aldeas disponen de pistas transitables con coches, la sanidad pública cuenta con mejores vehículos para desplazar con mayor rapidez a enfermos a centros hospitalarios y la población que atienden no está en edad fértil. La figura de médico rural, que antaño se identificaba como una de las más poderosas del pueblo junto al alcalde, el cura y el maestro, ya no difiere tanto de la del facultativo que ejerce su profesión en el ámbito urbano, excepto por una cuestión fundamental: la cercanía con el paciente y el tiempo que puede dedicarle a su atención.

“Pedí una plaza en el rural porque quería un lugar donde pudiese practicar una medicina acorde con el motivo por el que hice la carrera"

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“Pedí una plaza en el rural porque quería un lugar donde pudiese practicar una medicina acorde con el motivo por el que hice la carrera, por una vocación de atención directa y próxima a las personas que permitiese completar mi faceta científica con la humanística de ayudar a los demás”, comenta Óscar Rancaño, médico de familia de Codeseda, una parroquia estradense de unos 400 habitantes con una media de edad superior a los 70 años que cuenta con un centro de salud periférico dependiente del de A Estrada, donde este médico también tiene un cupo de pacientes.

Tras haber ejercido en ambulatorios y centros de salud de ciudades como Vigo, Pontevedra y Lugo, Rancaño, que además es concejal de Turismo de A Estrada, regresó hace tres años a la localidad donde inició su carrera profesional hace 33. Su jornada laboral normal es de 8 a 11 h en el Centro de Salud de A Estrada, donde atiende a población del núcleo urbano y de 11:30 a 15 h en Codeseda, excepto un día a la semana en que invierte el horario. “Con respecto a A Estrada, la gente de Codeseda es menos demandante de atención sanitaria. O están más sanos o se autogestionan mejor en temas de salud y acuden a consulta menos”, comenta.

Sin listas de espera

La atención en el rural se realiza a demanda, de manera que parte de las consultas que los médicos realizan durante su jornada no estaban programadas a principios de la mañana . “No hay demora ni listas de espera, el administrativo da las citas en el mismo día en que se piden, si al paciente le viene bien”, comenta Fernando Maté, médico del Centro de Salud de O Irixo con unas 1.400 carpetas sanitarias entre habitantes de ese municipio ourensano y de otros limítrofes como O Carballiño y Piñor de Cea que han optado por él como facultativo de atención primaria. 

Fernando Javier Maté, médico de O Irixo (Ourense). Iñaki Osorio

Sus colegas del rural corroboran esta afirmación. “No concibo que un paciente enfermo tenga que esperar una semana para estar conmigo; las listas de espera en las ciudades deben de ser terribles porque te encuentras a un paciente enfermo y encima cabreado. Aquí el único filtro que hay es el administrativo que atiende el teléfono y tiene orden de no filtrar”, dice José Carballo, uno de los dos médicos de familia del municipio ourensano de A Merca. “La gente viene cuando lo necesita; puedo tener unos 20 apuntados y acabar la jornada atendiendo a 45. No paro en toda la mañana pero no tengo sensación de agobio”, añade Carballo el municipio ourensano de A Merca.

“Sufro cuando se me mueren”

Carballo y Maté tienen dos trayectorias similares. Ambos son titulares de plaza de médico de urgencias del Hospital de Ourense y decidieron cambiar hace una década el ajetreo y la presión de los turnos hospitalarios por un trabajo más calmado, con jornadas fijas de lunes a viernes en atención primaria. Recabaron en pueblos porque no había vacantes en centros de atención primaria urbanos.

“En urgencias, el tipo de medicina es muy impersonal, ves al paciente, lo atiendes y desaparece de tu vida. Aquí les haces un seguimiento, vas tomar un café y te saludan, llamándote siempre de Don, te piden consejo para temas no sanitarios y muestran su agradecimiento trayéndote detalles como patatas, verduras o miel”, comenta el médico de O Irixo, que lleva ocho años en ese destino y espera jubilarse como interino allí en poco más de un año.

"El incoveniente de conocer tan bien a los pacientes en una población envejecida es que “ves como se deterioran y cuando fallecen lo sientes como si fuera un familiar”

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“El inconveniente es que los conozco demasiado bien, les cojo cariño, es un trato muy familiar, todos tienen mi teléfono y me llaman incluso fines de semana para pedirme consejo -no siento que abusen, son respetuosos-. El fastidio es que al ser una población envejecida, los ves cómo se van deteriorando; cuando se me muere alguno, lo siento como si falleciera un familiar”, expresa Carballo, que añade que en los diez años que lleva ejerciendo en A Merca “habré tramitado cinco bajas maternales; defunciones, ni llevo la cuenta”. Esa implicación tan personal con los pacientes le lleva a decir que “los de primaria deberíamos cambiar cada cierto tiempo de sitio, porque acabamos enviciados de los pacientes y viceversa”.

Evolución en 30 años

José Antonio Abal Arca, que lleva 31 años y cinco meses de médico rural en el Centro de Salud de Vila de Cruces y en el consultorio de la parroquia de Merza, es el más veterano de los cinco entrevistados en este reportaje. Combina su jornada entre ambos centros, sumando unos 1.500 cartillas, de las cuales unas 400 son de la mencionada parroquia. “Ser médico rural es vocacional; a mí me gusta inmiscuirme entre la gente; los quince primeros años vivía aquí y jugaba la partida con los parroquianos como si fuese uno más”, explica.

“Los PAC nos hicieron la vida más llevadera"

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En aquellos momentos la asistencia en el rural se prestaba mediante la presencia localizada, es decir, el médico debía estar disponible las 24 horas del día toda la semana, incluso sábados, domingos y festivos. “Los PAC (Puntos de Atención Comunitaria) nos hicieron la vida más llevadera; cuando abrieron el de Silleda, pude irme a vivir con mi familia ”, comenta este facultativo nacido en Meis y residente en Vilagarcía, a cuarenta minutos de su lugar trabajo.

José Antonio Abal durante una visita al domicilio de Celsa, una paciente, en Vila de Cruces. Bernabé/ Javier Lalín

En las tres décadas que lleva ejerciendo de médico rural, Abal Arca ha visto como las nuevas tecnologías y las mejoras en infraestructuras le han facilitado su tarea. Avances como la receta electrónica evitaron las masificaciones en consulta, la red informática le permite estar en contacto con los especialistas que tratan a sus pacientes y la cercanía de la autopista y vías asfaltadas dentro del municipio han redundado en una atención más rápida y eficaz. “Antes ir a un domicilio lejano me llevaba cerca de una hora entre ida y vuelta en mi R14, si tenías una urgencia como desplazar a un infartado, tardabas hora y media hasta Montecelo (Vila de Cruces dependía entonces del área sanitaria de Pontevedra; ahora esta encuadrada en la de Santiago). Ibas en una ambulancia del Ayuntamiento de las de antes, sin ninguna tecnología, solo con tu fonendo, tu sapiencia y la voluntad divina”, recuerda. En la actualidad, según relata, las ambulancias medicalizadas y los helicópteros han mejorado notablemente la situación.

Manuel Fernández Areal, que lleva 23 años como médico del centro de salud periférico de Oca, dependiente del de A Estrada, ha sido testigo directo del incremento en la esperanza media de vida de los gallegos y de la despoblación del rural. “Descendió la población -atiende a unos 1.100 pacientes-, pero aumentó el trabajo. Ahora se disparó el número de pacientes de más de 90 años, que antes eran casos puntuales, y hay muchos que superan los cien”, con lo cual precisan mayor atención médica por patologías crónicas y las asociadas al envejecimiento, según explica.

a domicilio

Precisamente la edad avanzada de los pacientes lleva asociada una mayor exigencia de visitas a domicilio a enfermos inmovilizados o encamados, que estos facultativos suelen programar semanalmente y atienden cuando se les demanda. “El médico rural tiene entrada en todas y cada una de las casas con un acogimiento especial”, comenta Oscar Rancaño. “Al tener un 40% de la población mayor de 65 años, el volumen de visitas a domicilio es mayor porque hay pacientes que no se pueden trasladar al centro de salud”, explica el médico de Oca, que suele hacer una media de cuatro servicios de atención en casas a la semana en un radio de diez kilómetros alrededor del centro de salud. “En enfermería tienen muchas más”, aclara.

Óscar Rancaño, médico de Codeseda y A Estrada. Javier Lalín/Bernabé

Para estas exploraciones y seguimientos a pacientes, los médicos llevan su maletín y emplean su propio vehículo particular, aunque durante la pandemia se les ha dado la oportunidad de desplazarse en taxi.

Coordinar las visitas en territorios con la población tan dispersa exige agruparlas por cercanía. Como ejemplo, el de O Irixo. “Cuando entré, hace ocho años, el municipio tenía cien aldeas, alguna de ellas ya está deshabitada y en otras viven entre cuatro o seis personas”, describe Fernando Maté.

¿Más sanos que en la ciudad?

Las patologías más comunes que atienden los médicos rurales son de tipo respiratorio, problemas cardiovasculares, diabetes, hipertensión y accidentes cerebrovasculares (ACV). No difieren mucho de las mayoritarias en el ámbito urbano, “pero en la ciudad hay ACV en pacientes de 50 y aquí las tienen a los 80”, puntualiza Óscar Rancaño, quien sostiene que este retraso en enfermedades de ese tipo se puede deber al modo de vida en el campo, con un “incremento de la actividad física a lo largo de su vida debido a su trabajo”. “Pero en el rural también hay malos hábitos alimenticios y obesidad, aunque a veces las diabetes sean más tardías”.

El médico Manuel Fernández Areal ante el Centro de Salud de Oca, en A Estrada.

Desde Oca, Manuel Fernández Areal considera que la gente del campo goza, en general, de una mejor salud. Superan los 90 años con una calidad de vida excelente, son autónomos que vienen a la consulta solos y hasta podrían conducir”. Por su parte, José Carballo tiene “clarísimo” que “la gente con buen humor es más longeva”. Es algo que ha corroborado con sus pacientes centenarios.

Relación familiar

La relación que se establece entre médico y paciente en el rural es muy estrecha. “Cuando empecé en el pueblo, recién llegado de urgencias en la ciudad, me sorprendía que en las entrevistas en consulta me empezaban a contar cosas que me parecían banales -yo estaba acostumbrado a ir directamente a los síntomas, a preguntar dónde le duele- pero al final te das cuenta de que todo lo que te dicen es interesante y tiene su razón de ser”, comenta Fernández Areal.

La confianza que se establece entre ellos hace que en ocasiones la visita al centro de salud sea como una costumbre social, una especie de terapia. Y aunque el rol de médico repetido antaño “como una figura paternalista con el paciente subordinado a su opinión ya no existe”, tal y como apunta Fernández Areal, lo cierto es que sí acaban de consultores de temas extrasanitarios. “En Cuntis me pedían consejo para muchas cosas anecdóticas, entre ellas un paciente que sabía de mi afición por el motor, me preguntó si debería comprarse una marca determinada de tractor”, comenta Rancaño.

En Pandemia

La pandemia ha afectado menos a la población del rural, cuyo modo de vida ha cambiado menos que los habitantes de ciudad durante el confinamiento y los cierres perimetrales de municipios. “En el ámbito rural, las casas disponen de terrenos, están distantes entre sí y las personas pudieron tener una vida normal, salvo por la limitación de la movilidad de desplazamientos al núcleo de población principal”, señala Rancaño.

Del mismo modo, las restricciones, protocolos y filtros para asistir presencialmente al centro de salud no se dieron de la misma manera que en la ciudad, ni siquiera se afrontó del mismo modo en todos los pueblos. “ En el grueso de la pandemia, hasta junio de 2020, hacía las siete horas de jornada en Codeseda, ya no iba a A Estrada. La consulta no era presencial, salvo que no hubiera más remedio. Mi experiencia con la atención telemática no es mala, no hubo quejas excesivas, la población asumió las consecuencias de vivir una pandemia y, curiosamente, la gente mayor se adaptó mejor”, declara Rancaño.

En la vecina parroquia de Oca, Fernández Areal comenta que el control a enfermos crónicos se abandonó durante el confinamiento estricto y en cuanto la gerencia les dio permiso, en junio de 2020, abrieron la consulta presencial, “siempre filtrados vía telefónica por si tenían síntomas respiratorios y debían ser derivados a la consulta específica para Covid cuando no hubiera pacientes en las salas de espera”. La incidencia del coronavirus en esta parroquia fue ”escasa”, salvo a principios de año, tras las fiestas navideñas, cuando “un brote familiar nos disparó los casos a veinte”, relata Fernández Areal.

Algo similar sucedió en Vila de Cruces, que tras las celebraciones navideñas llegó a superar los setenta casos, “una incidencia muy alta para esta población”, dice Abal Barca, quien indica que la cifra de fallecidos también fue “alta”. Como aspecto positivo, comenta que “a raíz de la pandemia, los pacientes manejan más las nuevas tecnologías, incluso los de más edad”.

O Irixo sufrió dos cierres perimetrales durante la pandemia, aunque Fernando Maté explica que la incidencia no fue elevada, “En uno de los confinamientos teníamos cinco casos de los cuales cuatro eran vecinos de O Carballiño de mi cupo”. Este médico, que también atiende a los residentes en el geriátrico ubicado en el municipio, añade que en esa residencia solo hubo un caso, que fue “importado” por un paciente que había estado ingresado en el hospital, regresó al geriátrico con PCR negativa, pero a los pocos días comenzó a tener síntomas. “No repercutió en el resto de residentes porque se tomaron las medidas de aislamiento protocolarias”.

En A Merca “hemos tenido un par de brotes, sin ningún fallecido, y con algún ingreso en UCI. Al principio de la pandemia afectó a gente mayor de 80 años que se recuperaron bien. Curiosamente los que tienen mas secuelas no son los más mayores”, comenta José Carballo. Este médico no ha dejado de atender presencialmente a los pacientes. “A la gente mayor hay que explorarla, no puedes atenderla por teléfono”.

Relevo generacional

En los próximos años se irán jubilando tres de los cinco médicos que aparecen en este reportaje, dos de los cuales ni siquiera son propietarios de las plazas que ocupan. Esto plantea la incógnita de si está asegurado el relevo generacional en esta profesión para el rural. Abal Arca, de 63 años, considera que “los jóvenes no aguantan tanto como nosotros, no son capaces de estar tanto tiempo anclados a un sitio”. Y considera que el futuro de la atención primaria, en general, y en el rural en particular pasa “por inyectar dinero y hacerles contratos dignos”.

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