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La maleta

Desfile de la Hispanidad celebrado en Nueva York en 2018 Eduardo Muñoz Álvarez

La historia se escribe de izquierda a derecha, sin saber qué sucederá a continuación, aunque luego la leamos al revés, desde los hechos consumados. En la recapitulación adquiere sentido aquello que en su momento se vivió desde la incertidumbre. Pero su interpretación también varía. Nada tan impredecible como el pasado, sujeto a los intereses del presente. Juzgamos a los que nos precedieron con nuestros ojos, que no los comprenden. El pasado es también otro planeta.

Se multiplican los jefes de estado hispanoamericanos que exigen a España que pida perdón por los desastres de la conquista. El Papa se ha disculpado en el nombre de Dios. Lo ha reprendido Ayuso, devenida en la heroína de la derecha en la batalla cultural. “Les llevamos el catolicismo y por tanto la libertad y la civilización”, ha afirmado a la vez que “el indigenismo es el nuevo comunismo”. Contra un dislate, otro mayor.

Ha habido gestos simbólicos valiosos a la hora de cicatrizar viejas heridas, pero probablemente ya sea tarde para cualquiera relacionado con la dominación americana; un proceso largo, complejo y variopinto. España apenas existía como entelequia o referencia geográfica; no como estado unificado ni como nación en el sentido moderno. Y su colonización no consistió en el enfrentamiento contra un mundo paradisiaco y homogéneo. Paradójicamente se podría simplificar que la conquista de América la hicieron sus nativos y su independencia, los españoles. Aquellos conquistadores barbudos construyeron sus gestas sangrientas sobre guerras civiles y alianzas con pueblos rivales. Malintzin, la Malinche, fue una figura tan clave para Hernán Cortés como incómoda para el México actual, que ha construido su identidad sobre los mayas y principalmente los aztecas-méxicas, ignorando todo el mosaico étnico que lo poblaba. Los aztecas eran una alianza urbana que sojuzgaba a sus vecinos. Malintzin, hoy traidora, cambió unos amos por otros en el peor de los casos, igual que los tlaxcaltecas sobre los que Cortés se sostuvo.

Lo cierto es que muchos indígenas lideraron el bando realista en el siglo XIX. Sabían que en las nuevas repúblicas sus derechos quedarían aún más expuestos al capricho de los criollos, cuyos hijos reclaman hoy las disculpas por sus desmanes a quienes, quizá, jamás tuvieron antepasados al otro lado del Atlántico.

Todas las naciones, producto de incontables migraciones y mestizajes, se han edificado sobre mitos fundacionales y símbolos forzados. La reacción indigenista, en el péndulo de la historia, compensa la anterior visión idílica del encuentro entre dos mundos. Ayuso rescata un discurso que huele a naftalina y florido pensil. Su civilización fue la espada, la plaga, la mita y la encomienda. Un genocidio, mayormente vírico. Como el bélico de Julio César masacrando a los helvecios o Gengis Khan, a los jorezmitas. Materia para los libros más que para las querellas del instante.

A Alberto Garín le he oído la historia de José León Marroquín. El cabildo de Quetzaltenango lo nombró como su diputado en las cortes de Cádiz durante el trienio liberal. Mientras preparaba su equipaje para cruzar el océano se proclamó la independencia y Quetzaltenango se unió al imperio mexicano de Iturbide. Seguía sin empacar todo Marroquín, esta vez para ir a México, cuando cayó el imperio. A Marroquín lo quisieron enviar entonces a la asamblea constituyente de la República Federal de Centroamérica. Que solo duró 15 años. Quetzaltenango formó parte de Los Altos, que se secesionó brevemente antes de ser definitivamente incorporado a Guatemala. Y aunque para entonces supongo que Marroquín ya habría muerto, lo imagino mano sobre mano, dominado por el estupor, mientras espera al propio que le comunique su enésimo cambio de itinerario. La historia no es un cuento de buenos y malos ni un billete con origen y destino, sino la maleta de Marroquín, siempre a medio hacer.

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