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Galicia: la Vía Láctea de la Saudade (II)

Buscando rastros de Cunqueiro en Pedrafita do Cebreiro

De izquierda a derecha: peregrinos piden orientación en el Santuario do Cebreiro, la torre de Santa María do Cebreiro y las tumbas del fraile incrédulo y de Juan Santín Alfonso Armada

El autobús no se parece a los que le sirvieron a Josep Pla para su itinerario doméstico, comarcal, de su Cataluña en las penumbras de la posguerra. Como cuando me fui a comprobar si era cierto lo del tren que desde Oslo bajaba al fiordo de Bergen pasando por todos los estratos de la tierra en Cartas de lejos, antes de emprender este retorno al país natal me bebí a grandes sorbos un libro que llevaba años demorándose: Viaje en autobús. En la edición más reciente, Xavier Pla recoge en la introducción (Lo que queda latente) lo que Álvaro Cunqueiro dijo: “Ahora, nuestro José Pla, viajando cien kilómetros en autobús por la costa catalana, nos regala una interpretación benigna del universo a la que no hay nada que objetar”. Se recoge también la reseña que Cunqueiro hizo en el diario Madrid: “los viajes clásicos son excesivos, los viajeros suelen ver demasiadas cosas, son ajenos a todas ellas”. De Pla, su siamés gigante de la literatura periférica, que hizo de la frase de Jules Renard “establecerse en un pueblecito y convertirlo en el centro del mundo” toda una filosofía literaria y vital, observa Cunqueiro: “Estos son los buenos viajes: volver y volver por donde uno ya fue veinte veces”. Con ese espíritu emprendo yo el mío, y con estas Cuatro palabras que antepone Josep Pla al suyo: “Lo esencial para aprovechar un viaje es tomarlo como finalidad misma. Andar por el mundo un poco al azar es muy agradable. Viajar sin tener un objeto concreto es una auténtica maravilla. Yo siento que podría curarme de todos mis vicios y de todas mis virtudes, caso de que tenga alguna; lo que no podré dejar jamás es mi recalcitrante vagabundaje”. Ni la literatura.

Moderno sin estridencias, y afortunadamente sin pantallas individuales ni música ambiente, no carraspea y en el vehículo no se pasa ni frío ni calor. El viaje es en silencio para quien quiera ensimismarse en el paisaje o en sí mismo, dormir (que es lo que hace mi compañero de asiento tras desesperarse con un dispositivo electrónico, que es a lo que la mayoría aferra como un talismán) o leer. El autobús hace el trayecto Madrid-Ribadeo. Me dan ganas de apurar el arco hasta el final, y acabar adentrándome en el mar. Pese a la pandemia no piden ningún papel, y va lleno, con un (calculo a ojo de mal cubero) veinte por ciento de peregrinos. Llueve en tierras de Segovia, y vuelve a llover con más brío en los campos de Zamora. Reconforta haber dejado la autovía del Noroeste para entrar en La Bañeza y dejar pasajeros, entre ellos mi silencioso y enjuto compañero de asiento que se esfumó sin despedirse y me deja más espacio para esparcirme. Naves y herbazales en la ancha tierra. Riego y Celada, ambos de la Vega. Astorga. Ponferrada. Villafranca del Bierzo. Toponimias que invitan a indagar. Por el Túnel de La Escrita nos vamos acercando al telón de grelos, la verdadera frontera política de Galicia. A las 15.40 del 31 de julio el autobús empieza a rodar asfalto gallego, concretamente de la provincia de Lugo. Entramos en Pedrafita por la N-VI, porque la autovía (como cuando lo intentamos hace más de dos años) estaba en obras, y en obras sigue eternizándose, que es una forma de no morir nunca.

Tras dejar el equipaje en el hostal y sin perder tiempo me echo al camino de O Cebreiro, que es donde está el santuario que le da su fama y su razón de ser a este poblado fronterizo que no parece tener nada que defender. A las afueras, donde empiezan las rampas de O Cebreiro, el tanatorio: un cadáver reciente concita un nutrido duelo e innumerables coronas y ramos. Parece alguien muy querido. Cuando apenas he emprendido la subida la condición de peatón de la historia me permite entrever un sendero que se interna en la espesura. Es un merendero que pasa inadvertido y del que solo más tarde averiguaré su santo y seña, Regueiro Val de Cabrita, con un estanque que parece un remanso japonés con una cruz achatada, como de cristianismo que no quiere ofender a nadie, y una ladera con bancos y mesas de granito al pie de pinos asombrosos, como un que se bifurca en una horquilla que parece una declaración de amor inquebrantable hasta que la muerte los desgaje. Es ahí, como si estuviera esperando una señal, donde empiezo a leer un librito blanco que hasta última hora dudé si echar a la maleta: Shinto, el camino a casa, porque pienso que tendrá algo que decirme para lo que he venido a buscar a mi tierra. Ya en los primeros compases del esclarecedor ensayo de Thomas P. Kasulis encuentro dos palabras japonesas que tiene que ver tanto con este oasis a la orilla del camino como con lo que me ha atraído como un irresistible imán de vuelta a Galicia: makoto (autenticidad, pureza, renovación) y kokoro (corazón atento). Y una expresión que me parece pensada para estos primeros pasos: seishin no furusato, que se refiere a “la aldea de nuestro espíritu”. Cuenta el autor que en uno de sus mentores en Japón le dijo que “a veces, a medida que envejecemos, sentimos la necesidad de retroceder, de volver a nuestro seishin no furusato”. Ante la consternación de Kasulis (estadounidense nacido en 1948), su interlocutor le dijo: “Tras haber transitado y deambulado por el mundo de las tradiciones espirituales, cuando regreses a casa, a tu aldea, ya no será el mismo lugar que dejaste”. En cierto sentido este viaje que hoy emprendo en Pedrafita do Cebreiro tiene algo de regreso a “la aldea natal de mi espíritu”, sea eso lo que fuere. De alguna manera, una exploración de lo que dejé aquí, de lo que me alejó durante décadas, de lo que debería apreciar a pesar de todo. Un intento de ver el país y a mí mismo con ojos ecuánimes, ni condescendientes ni sentimentales.

Estanque de Val de Cabrita A. A.

Paso ante el desvío hacia Barxamaior, que, como vengo prevenido gracias al viaje de Álvaro Cunqueiro que he venido a revivir, sé que es el lugar desde el que Juan Santín triscaba, nevara o reinara el sol. No dejaba de acudir a misa cuanta hubiera en la iglesia de Santa María de O Cebreiro. Las crónicas que en 1962 publicó en el FARO DE VIGO han sido fielmente recogidas, con algunas de las fotos de Magar, en Por el camino de las peregrinaciones, de la editorial Alba. Será mi Biblia en los días venideros. Cunqueiro recoge del P. Yepes y su Crónica General de la Orden de San Benito la historia del milagro: “Cerca de los años mil y trecientos, había un vecino y vasallo de la casa del Cebrero, en un pueblo que dista media legua de él, llamado Barxa Mayor, el cual tenía tanta devoción con el Santo Sacrificio de la Misa que por ninguna ocupación ni inclemencia de los tiempos faltaba a Misa”… Sigo de la mano de Cunqueiro que sigue de la mano de Yepes: “Un día de horrible tempestad, en el que la nieve cubría la tierra e impedía los caminos, Juan Santín logró subir al santuario y entró en ocasión en que misaba ‘un clérigo de los capellanes’. Ya había consagrado la Hostia y el Cáliz cuando el hombre llegó, y espantándose el clérigo cuando le vio, menosprecióle entre sí mismo, diciendo: ‘Cual viene este otro con una tan grande tempestad, y tan fatigado a ver un poco de pan y vino…’”. A lo que añade el famoso Yepes: “El Señor, que en las concavidades de la tierra y en partes escondidas obra sus maravillas, la hizo tan grande en aquella iglesia a esta sazón, que luego la Hostia se convirtió en carne y el vino en sangre, queriendo Su Majestad abrir los ojos de aquel miserable ministro que había dudado…”. Sigue Cunqueiro contando que estuvo mucho tiempo la sangre en el cáliz y la carne en la patena, hasta que, “peregrina a Santiago, la Católica Reina doña Isabel la Católica”, quiso ver “un prodigio tan raro y maravilloso, y cuando lo vio mandó poner la carne en una redomita y la sangre en otra, a donde hoy día se muestran”. Lo cierto, como glosa Cunqueiro del amanuense Yepes, que “es aquella tierra combatida de todos los aires, y suele cargar tanta nieve, que no solo se toman los caminos, pero se cubren las casas, y el mismo monasterio, iglesia y hospital suelen quedar sepultados…”.

Ante la torre de Santa María do Cebreiro. Alfonso Armada

Cuando pasaron Cunqueiro y Magar no pudieron entrar en el templo ni tomar fotos

Al llegar al último recodo del camino leo que la aldea de O Cebreiro fue fundada en torno al 863 cuando se creó un hospedaje para peregrinos. Cuando pasaron Cunqueiro y Magar no pudieron entrar en el templo ni tomar fotos porque estaban en obras, y apenas encontraron a unos pocos vecinos. Los peregrinos eran pocos y solitarios. Hoy, pese a la pandemia, último sábado de julio, parece tarde de romería. Pero es también porque la iglesia desborda de fieles a causa del famoso funeral. Veo nada menos que cuatro coches fúnebres. Le pregunto a un paisano:

—¿Hay cuatro funerales?

—No, hombre, trajeron cuatro coches para poder llevar todas las coronas y las flores…

Peregrinos piden orientación en el Santuario do Cebreiro.

Peregrinos piden orientación en el Santuario do Cebreiro. FDV

El pequeño enclave de casas y pallozas que vio la Reina es ahora un modesto parque temático de peregrinaciones, todo casas rurales, casas de dormir y de comer y de comprar y de interpretar. Tras lo peor de la pandemia, me dice la joven que atiende en el templete de la Xunta, este año no tiene nada que ver. Precisamente uno de los que en mala hora han tenido que cerrar es el Hotel Cebreiro, cuya dueña es la que ahora recibe el adiós de tantos vecinos de Pedrafita y do Cebreiro, de los dos pueblos hermanados en el nombre y el dolor. Y lo que vi al emprender el camino, en el tanatorio, fue el cortejo que se preparaba para subir el camino que yo hice a pie. Llegan dos jóvenes peregrinos tostados por el sol de julio. La indumentaria no les hace más hermosos. Sobre todo a él, con bermudas tan ceñidas que recalcan sus atributos y compiten a la hora de llamar la atención con su rostro bello y melancólico, como de Cristo o el Che mezclados en matraz. Ella, que lleva la voz cantante, dice señalando al santuario:

–Esto es prerrománico.

Pero ni una mirada le dedican a la iglesia de Santa María do Cebreiro, cuya restauración en los sesenta objetó Cunqueiro por su falta de sentido de la estética y de la historia. Pero el desaguisado se revocó y la pizarra y la mampostería volvieron a respetar la humildad y aureola del santo lugar. Los peregrinos no se paran en menudencias y se apresuran a buscar un techo bajo el que pernoctar.

Como al inicio de todos los viajes, como si me apurara el pudor, como si hubiera equivocado el oficio, me resisto a preguntar, y pongo la oreja entre los grupos que se arraciman en el atrio del templo reconstruido con tino y sin ostentación: torre, una sola nave, ementerio (donde será inhumada la desgraciada) y el convento adosado:

–Yo soy de los que piensan que listos hay dos o tres…

–La suerte es importante.

Llega una pareja de ancianos. Ella interpela al primero que habló, al que llama por su nombre:

–¿Cómo andamos, Julio?

–Tirandiño.

–O caso é ir tirandiño.

Esperando la Misa del peregrino. A. A.

El templo se vacía. Leo en el libro de condolencias: “María Pilar Armesto Valiña, vecina de O Cebreiro, murió en Madrid el 30 de julio”. (Y como el autor es omnisciente y juega con ventaja, leerá al día siguiente lo que Uxía Carrera escribirá en La Voz: “El Camino de Santiago está de luto con el fallecimiento de Pilar Armesto Valiña, finada este viernes a los 66 años de edad. La mujer estaba al frente del histórico Hotel O Cebreiro, en el aclamado pueblo del Camino Francés, lo que la había vinculado a la ruta jacobea, algo que también era personal, ya que es la sobrina de Elías Valiña, referente y maestro en la investigación y divulgación del Camino”.

Pregunto a un padre:

–Yo no soy padre, soy hermano…

Pero sí me cuenta que al lado del altar lateral se muestran las redomas y ampollas con lo que queda del milagro, y un relicario de plata que legó la reina Isabel de Castilla. Bajo dos arcos de medio punto el santo Santín y el clérigo descreído duermen hermanados la siesta de la eternidad. Me llama la atención una estantería donde relumbran Biblias en renombradas las lenguas del orbe. La campana llama a la misa del peregrino, que se celebra a las siete de la tarde. El templo vuelve a llenarse. El padre (este sí) es joven y diligente. Muchos son peregrinos. La vestimenta parece un catálogo de una tienda de deportes. No son formas, pero aquí se tolera. Que ellos vayan en pantalón corto, o que sustituyan las zapatillas deportivas por sandalias con calcetines. No hay milagro ni redención que valga. El sastre de Dios mira para otro lado. El cura recorre el tempo asperjándonos con agua bendita. Bajamos la cabeza, sumisos y agradecidos. Se me hacer raro ver al oficiante con el móvil en la mano, pero es para poner y quitar la música que le ayuda a elevar la emoción de la ceremonia, aunque las que cantan más que de Acción Católica renovada parecen unas seguidoras de Ella Baila Sola. La religión al alcance de los tiempos. Parece un cura ultramoderno, de los que le llevaban la contraria a Franco y sus prelados. El evangelio es de San Juan, “el más espiritual de los evangelistas”, recuerda el celebrante.

Tumbas del fraile incrédulo y de Juan Santín. A. A.

Y porque la memoria es un animal que asocia sin pensar me viene a la cabeza la deslumbrante teoría de los cuatro evangelistas del reportero argentino Roberto Herrscher, a quien gustaba de invitar al Máster de Abc y la Complutense para que compartiera su visión con los futuros periodistas. Así relató la alumna Eva Bárcena en Madrilánea, la revista digital de la escuela, su teoría: “En el año 2000, Roberto Herrscher desarrolló por primera vez su Teoría de los Cuatro Evangelistas, basada en los textos de San Mateo, San Lucas, San Juan y San Marcos. Los cuatro evangelistas contaron la misma historia, pero con cuatro comienzos diferentes que demostraban cuatro formas diferentes de pensar. ‘Cuatro vías básicas para contar una historia real en profundidad’, que pueden extrapolarse al mundo del periodismo, señala el autor. El primero, San Mateo, es el abogado. Construye su argumento paso a paso, para demostrar que la historia que va a contar, la legitimación de Jesús como Mesías, es justa. Y lo hace utilizando el linaje de José, enumerando los nombres para demostrar que desciende del rey David. Después es el turno de San Lucas, el historiador. ‘Es lo más parecido a una tesis doctoral’, bromea Herrscher. El santo cuenta una historia completa, llenando todos los huecos’. Por eso, cuenta la historia del ángel que anuncia a Zacarías que tendrá un hijo: Juan. Cuenta los antecedentes de la historia y todos los detalles, y además anuncia que tiene un método, que es contar la historia de principio a fin. En tercer lugar se encuentra San Juan, el poeta. En su caso, no quiere convencer a nadie ni contar la historia desde el principio. Para él, ‘se trata de una religión de retórica, no de hechos’, dándole especial importancia a la palabra. En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios. Por último está San Marcos, el periodista narrativo. ‘Cuenta los hechos reales de forma literaria y empieza a mitad de la historia’, explica Herrscher. El periodista compara a San Marcos con Tom Wolfe, quien en su definición del Nuevo Periodismo incluía que la primera escena debía atrapar al lector por preguntas, sin contarlo todo. San Marcos explica que Juan vestía pelo de camello y comía langostas. ‘No dice era pobre y comía mal, sino que utiliza los detalles, puntualiza”. Y con Herrscher en la memoria me dejo maravillar por el niño que, fascinado por las Biblias en todas las lenguas, el Babel que el mismo Dios impuso a los que se empeñaron en construir una torre que llegara al cielo, se asoma a esa estantería milagrosa.

El resplandor de las palabras.

El resplandor de las palabras.

El Evangelio de hoy es el de San Juan, es decir, el poeta: “Yo soy el pan de la vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed”, y empieza su exégesis para peregrinos: “algo estamos haciendo mal cuando a mucha gente le falta el pan”. Habla del pan que alimenta y del pan que es pan de vida espiritual, como reclamaba aquel “Jesús de Nazaret, peregrino de la historia”, de quien dice que es “vacuna de vitalismo, de optimismo”. Cuenta que muchos peregrinos que pasan por Santa María do Cebreiro le dicen que están despertando a un camino interior. Él llama a despertar el espíritu que duerme en nosotros, y hace reiterados llamamientos al amor, a la amistad, a la búsqueda de la verdad de cada uno. El sacerdote se esmera en el rito, mantiene algunos silencios, que parecen cargarse de significado. Pronuncia con convicción, como si de verdad creyera en lo que dice, creyera en Dios. Se nota que trata de mantener a raya la duda, para que no le llame la atención el Señor y tenga que volver a milagrear en O Cebreiro. Al final, como descubriré que es norma, a los que siguen hacia Compostela les dirá: “Buen camino”. Luego pide a los que de verdad lo estén haciendo que formen un círculo junto a él en el altar. Cuento hasta una treintena. Les pregunta por sus orígenes, sus idiomas, en francés y en inglés. Y les invita a rezar una oración en su lengua, para lo que les facilita hojitas plastificadas. La ceremonia es sencilla y hermosa. Como recuerdo le entrega a cada uno una piedra preciosa para que la aprieten en su mano, para que fortalezca su fe, para que les acompañe más allá, más arriba. En el camino.

Vuelvo lentamente a Pedrafita, al atardecer, contemplando como si fuera el primer día de la creación los montes y los prados de un verde que abre un espectro: esmeralda, jade, persa, trébol, armada, verdeagua, floresta, grama, menta, fento, musgo… La luz se demora como si hubiera persuadido a la noche para que hoy viniera más tarde que de costumbre. Para que Juan Santín le mostrara al clérigo desconfiado sus regatos y corredoiras, sus almiares y la parla de los mirlos. Disfruto del frío cuando una nube oculta el sol, escuchando el viento entre las ramas, que tanto enamoraba a Ezra Pound, los cencerros y las esquilas del ganado emboscado. Y así bajo hasta la cena, que será demasiado copiosa y materialista frente a tanto espíritu: caldo gallego, albóndigas caseras, y queso y membrillo. Queso blanco y denso, graso, concentrado, pero suave del Cebreiro, de esas vacas con las que hablé cuando subí al santuario. Me pregunto por qué no hago (aún) el Camino. 

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