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“Necesitamos tratamientos sostenibles para el cuerpo”

Andrea Núñez Casal, investigadora de la Universidad de Goldsmiths que aborda las humanidades médicas, la antropología de la ciencia y los estudios de género, aboga por una medicina que “escuche” al organismo

La investigadora gallega Andrea Núñez Casal.

La investigadora gallega Andrea Núñez Casal. FdV

Las desigualdades sociales y el género afectan a nuestro microbioma y, por tanto, a nuestra probabilidad de desarrollar enfermedades. El trabajo multidisciplinar de Andrea Núñez Casal, investigadora de la universidad londinense de Goldsmiths, asociada a la London School of Hygiene and Tropical Medicine (LSHTM) y profesora colaboradora de la UOC, rompe los dualismos entre cuerpo y mente y entre las ciencias de la vida y las ciencias sociales para evidenciar estas diferencias y avanzar hacia alternativas a la biomedicina que “escuchen al cuerpo”.

Y lo hace de forma pionera a través de las experiencias invisibilizadas de las mujeres, incluida la suya propia, con las infecciones recurrentes y la COVID persistente que la aquejó durante el último año. “No se puede separar lo cultural y social de lo biológico. Las circunstancias socioeconómicas y políticas afectan mucho a la biología”, sostiene esta experta que ha presentado sus estudios en el MIT y The British Academy y publicado en Nature o la revista de la Asociación Europea para el Estudio de la Ciencia y la Tecnología (EASST).

“No se puede separar lo cultural y social de lo biológico. Las circunstancias socioeconómicas y políticas afectan mucho a la biología”

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Andrea Núñez en la The British Academy FdV

Nacida en Santiago en 1985 pero criada y vinculada familiarmente a Ferrol, Andrea fue una “gran lectora” desde pequeña. Interesada por estudiar “los orígenes de la vida”, tanto desde el punto de vista científico como sociocultural, dudó entre estudiar Filosofía o Biología. Se decantó por esta última y, tras licenciarse en 2008 en Santiago en Biología Molecular y Biotecnología, se fue con una beca a Reino Unido para perfeccionar su inglés. Ya no volvió:

“No me veía en un laboratorio, quería darle un giro a mi carrera. Me interesaba relacionar las ciencias sociales y la biología y eso en España era imposible”.

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Andrea Núñez, investigadora gallega FdV

Así que realizó un máster en Estudios Culturales en la Universidad de Goldsmiths, “muy reconocida en pensamiento crítico”, que después continuó con una tesis doctoral en el Departamento de Medios, Comunicaciones y Estudios Culturales para la que consiguió una beca de La Caixa en 2013.

Distinguido con el equivalente británico al cum laude, fue el primer estudio interdisciplinar sobre la inmunidad, el microbioma humano y las desigualdades sociales. “En ese momento emergía este campo, que suponía un cambio de paradigma, y mi tesis explora cómo cambian los conceptos de inmunidad. Se instaura un nuevo privilegio basado en una mayor diversidad microbiana. Cuanto más elevada es, mejor salud se tiene, por ejemplo, menos probabilidad de resistencia antibióticos. Y también aparecen diferencias de género, raza y clase”, explica.

Se manifiestan “nuevas prácticas neocoloniales, de expropiación de la naturaleza”, ya que los estudios de este ámbito se desarrollan en poblaciones indígenas de África o Nueva Zelanda para conocer su microbiota, constatar que su mayor diversidad está relacionada con la menor incidencia de enfermedades autoinmunes, metabólicas e inflamatorias y tratar de restaurar la de los países ricos para enfrentar estas dolencias. “Su objetivo es bienintencionado, pero también tienen una parte de apropiación. Esas bacterias se usan después en medicina y con propósitos comerciales por parte de las farmacéuticas. Si hablamos en términos filosóficos, están basados en un sistema inmunitario del yo, del nosotros occidental, y el de ellos, el no occidental”, apunta.

Andrea siguió a uno de los primeros equipos de las universidades de Nueva York y Puerto Rico que realizaron una investigación de estas características en poblaciones amazónicas de Perú y Brasil. “Su microbiota era más diversa, no solo por su dieta sino por el aire que respiraban y el tipo de construcciones abiertas en las que vivían”, destaca. 

Su tesis también recogió cómo las diferencias de género afectan al desarrollo de la microbiota, cuya transmisión tiene lugar a través del canal del parto, por lo que una cesárea implica más riesgo de enfermedades. “Y también he visto que las clases sociales de mayor nivel socioeconómico tienen una mayor diversidad microbiana. No solo por su dieta, en todos los países ricos a menor capital socioeconómico y cultural disminuye el acceso a comida más sana, sino por la posibilidad de ir a segundas residencias en espacios más naturales. Porque las zonas verdes también provén de microbiota al cuerpo”, añade.

"El hecho de que el COVID persistente afecte más a las mujeres no se debe solo a factores biológicos, sino también sociales"

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Tras doctorarse, Andrea desarrolló un método para utilizar “las experiencias encarnadas, individualizadas y silenciadas, sobre todo, de mujeres” y se centró en las infecciones de orina recurrentes y el COVID persistente: “Mi enfoque es cómo utilizarlas para buscar otras curas y métodos que puedan estar en conversación con la medicina. Es importante recalcar que no estoy en contra de ella, pero se trata de desarrollar metodologías que escuchen al cuerpo en vez de silenciarlo. Por ejemplo, ver cómo podemos resolver las infecciones sin tener que recurrir al uso de antibióticos, porque repercuten en la microbiota”.

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“La parte somática es fundamental y sin ella no entenderemos muchas cosas en un diagnóstico médico. Me baso en mis experiencias con infecciones recurrentes, que al final pude atajar con mucho conocimiento de otras personas. Y también con el COVID persistente. He experimentado con mi cuerpo y con las experiencias de otras personas. Trato de socializar estas experiencias fenomenológicas, cómo las tienes y cómo las narras, para crear otro tipo de medicina que sea más atenta”, resume.

"Estuve muy mal, dos meses sin hablar, sin caminar… Hasta un año después no podía subir escaleras. Todavía no estoy al 100%. Para mí fue lo peor que me ha pasado nunca, no puedes respirar y piensas que te mueres. "

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Andrea se contagió de COVID en febrero de 2020. “Estuve muy mal, dos meses sin hablar, sin caminar… Hasta un año después no podía subir escaleras. Todavía no estoy al 100%. Para mí fue lo peor que me ha pasado nunca, no puedes respirar y piensas que te mueres. Afortunadamente lo puedo contar. Y lo he incorporado a mis estudios porque el hecho de que el COVID persistente afecte más a las mujeres no se debe solo a factores biológicos, sino también sociales. Ellas son las que cuidan de los mayores, las niñas y los niños y no tienen tiempo para una convalecencia”, subraya.

“Necesitamos de forma imperiosa desmedicalizar los cuidados y la biomedicina y buscar otros tratamientos y diagnósticos más sostenibles para el cuerpo. Y el COVID persistente supone una oportunidad para explorarlo, pero hace falta financiación”, demanda.

Andrea acaba de finalizar un estudio en colaboración con la Universidad de Oxford sobre las implicaciones culturales de los test de embarazo no invasivos en Taiwán y Dinamarca, que tienen los índices más bajos de nacimientos de niños con Síndrome de Down: “La aceptación de estas técnicas se debe a que son parte del sistema nacional de salud, pero también a factores culturales. Por una parte, en el país asiático está muy arraigado el confucianismo y las mujeres deben dar a luz a niños saludables para la sociedad. Y en Dinamarca lo asocio al diseño y al concepto Hygee, de confortabilidad, que no casa con tener un niño con este problema”.

También colabora con la investigadora del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC María Jesús Santesmases en un proyecto sobre género, microbiología y buen vivir. “Ella es una inspiración. Ha hecho mucho en España por los estudios interdisciplinares”, aplaude. Y además lleva a cabo una línea de investigación sobre saberes y prácticas feminizados en torno a la curación tradicional y profana.

“Existe una tradición histórica muy larga de mujeres médicos, curanderas o matronas que las estructuras jerárquicas de poder y de la Iglesia relegaron al ámbito doméstico. ¿Qué eran las brujas sino médicos populares? Me estoy centrando mucho en Galicia y en países del Este asiático, sobre todo, Corea y Taiwán. Estudio cómo esas prácticas microbiológicas y de fermentación que emergen ahora como una nueva cultura deberían formar parte de un patrimonio de la biodiversidad local. Ellas lo preservaron durante muchas generaciones y hay que reivindicarlo”.

Andrea, que tuvo que dejar Londres para poder recuperarse del COVID, ha sido seleccionada en la convocatoria Juan de la Cierva, lo que le permitirá incorporarse al sistema científico español con un contrato en 2022. “La investigación es precaria, implica movilidad e incertidumbres y se hace muy difícil con un niño pequeño y sin responsabilidades compartidas. Muchas veces las mujeres tienen que elegir entre una cosa y otra y yo estoy intentando no hacerlo”, relata.

Tampoco pierde la oportunidad de colaborar con iniciativas que visibilicen el trabajo que desarrollan las investigadoras como el programa de radio “La ciencia es femenino”, que pone en valor el “importante papel” de la mujer en todos los ámbitos de conocimiento.

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