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“He hecho un viaje íntimo por Galicia para intentar hablar con el niño que fui”

El autor vigués ha realizado un recorrido íntimo durante un mes por su tierra natal, donde no vive desde hace 40 años, para narrar su experiencia en una serie de 26 reportajes que se publicarán en el suplemento Estela de FARO DE VIGO desde el próximo domingo 19 de septiembre.

Alfonso Armada bajounas hayas.

Alfonso Armada bajounas hayas.

¿La niñez es un lugar o un tiempo? ¿Se puede volver a la infancia? ¿Es posible regresar al país natal que habitaste? Con estas y otras preguntas en la cabeza emprendió este verano Alfonso Armada el viaje de un mes, en tren y autobús, por Galicia que plasmará en la serie de 26 reportajes “Galicia, vía láctea da saudade”, patrocinado por el Sabadell Gallego con motivo del Xacobeo y que se publicarán semanalmente en este suplemento a partir del próximo domingo.

Inicia su itinerario recreando el camino que recorrió Cunqueiro en 1962 desde O Cebreiro a Compostela y lo extiende por otros lugares de la Vía Láctea, de la costa y del interior

El autor vigués, que hoy cumple 63 años –de los que 40 ha vivido fuera de Galicia– recrea en las primeras etapas el itinerario literario recorrido en los 60 por Álvaro Cunqueiro entre O Cebreiro y Santiago para salirse luego del Camino a la Vía Láctea, deteniéndose en distintos lugares de la costa cantábrica y atlántica gallega y adentrándose también en el interior.

– ¿Cómo y porqué surge este viaje de reencuentro con Galicia?

– Surgió como una especie de encuentro entre FARO_DE_VIGO, donde realicé prácticas varios veranos cuando estudiaba Periodismo en la Complutense, y yo mismo. Al acabar la carrera entré a trabajar en El País, donde estuve trece años, y después 19 en ABC. Salvo los siete años en Nueva York y lo que he viajado cubriendo guerras, he vivido desde los 18 en Madrid, que es mi ciudad, aunque no he roto vínculos con Galicia, donde tengo a mi familia. Estoy en un momento de mi vida en que no sé muy bien si volver o no al país natal, por el que siento una mezcla de atracción, fascinación y desencanto. La respuesta aún no la tengo, aunque va a estar en esa serie de reportajes sobre el maravilloso viaje.

"Realizo una peregrinación doble: a lo que queda del país perdido o que imaginaba, y al camino de Santiago"

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– ¿Se ha inspirado en el viaje literario realizado por Cunqueiro en 1962?

– La propuesta inicial era tratar de recrear el viaje que hizo Álvaro Cunqueiro en 1962 desde O Cebreiro hasta Santiago en un seiscientos acompañado del fotógrafo Magar. En esas primeras etapas, en Pedrafita y Samos, mantengo un diálogo con Cunqueiro siguiendo el Camino en un año santo en estos extraños tiempos de pandemia que nos han desubicado a todos. Realizo una especie de peregrinación doble: hacia uno mismo, a lo que queda del país perdido o que yo imaginaba, y al Camino de Santiago, del que he descubierto hablando con peregrinos que es una especie de parque temático que se parece a un desfile de una tienda de ropa deportiva.

No dudo de que hay muchos que sientan una pulsión religiosa fuerte; de hecho en Padrón, donde acabo mi viaje, tuve un encuentro estremecedor con un grupo de ocho muchachos que hacían el Camino con un fervor contagioso, sin dinero, pedían para dormir y comer porque querían hacerlo despojados, como búsqueda personal y religiosa. Mi viaje empieza con Cunqueiro y acaba con Rosalía de Castro, una estrella en la Vía Láctea.

– ¿Qué lugares ha añadido a ese recorrido previsto inicialmente y por qué escogió cada uno de ellos?

– Mi propio viaje empieza en Noia, donde los muertos se asoman a los vivos y los vivos a los muertos, y continúa por la Costa da Morte, un lugar por el que siento una gran atracción desde niño y donde hago un domingo de reparto con una amiga panadera. En A Coruña me detengo en dos presencias: Emilia Pardo Bazán y Dios (hace tiempo que perdí la fe y en este viaje está presente su figura). En Ferrol estuve un día entero visitando el Museo Naval y el de la

Construcción Naval; encontré tantas palabras que creo que voy a hacer un diccionario. Luego me paro en Viveiro y hago una encuesta rara preguntando a la gente si sabe qué es Nueva Zelanda, porque si haces un agujero desde ahí hasta el otro extremo de la Tierra llegas a Christchurch, la ciudad más importante de la isla sur de Nueva Zelanda, así que planteo una especie de viaje al centro de la tierra. De ahí bajé a Ribadeo y a Mondoñedo, en donde tuve un encuentro con una amiga de Cunqueiro de 92 años, muy lúcida y con una vida impresionante en las redes sociales.

Ya en Lugo di una vuelta entera a la muralla al amanecer y parecía como si no quisiera despertar, no había nadie. Abrieron la catedral y fui a la capilla de la Virgen de los Ojos Grandes, donde encontré mucha gente venerando la imagen. En O Courel pasé un día con la viuda de Uxío Novoneyra, Elba, y sus hijos, Uxío y Blanca. Luego fui a O Carballiño, muy importante para mí porque iba en verano con mi abuelo a tomar las aguas, y hago un viaje a mi pasado, a las aguas verdes del balneario. En Ribadavia recuerdo la historia de las hermanas Touza, que salvaron cientos de judíos pasándolos en una red clandestina a Portugal a través de Ponte Barxas. En esa Galicia interior incrusto dos viajes que realicé con mi esposa a Verín y Ourense y a Os Ancares en 2018. También mantengo encuentros con autores vivos, como Manuel Vilariño, y fallecidos, como José María Castroviejo.

– Y cruza a la provincia de Pontevedra acercándose a su Vigo natal.

– Sí, paro en A Guarda, lugar especial por ser fronterizo, la desembocadura del Miño y albergar ese espectacular castro que ahora se llama Santa Trega. De ahí subo a Baiona y Gondomar, donde mi amigo fotógrafo Quique Touriño se dedica sistemáticamente a fotografiar la Luna. Y llego a Vigo, que es mi ciudad, mi infancia, el astillero de mi padre y FARO DE VIGO.

Hago un viaje a San Simón, donde estuvo encarcelado el marido de una mujer que nos cuidaba de pequeños, pregunto a amigos qué es Vigo para ellos y me planteo algo desconcertante: un reportaje sobre Alcampo. Soy de Coia, ese hipermercado cumple 40 años y hay un libro reciente de Annie Ernaux, “Mira las luces, amor mío”, donde habla de su relación con los hipermercados en Francia y en concreto con Alcampo. Hablé con el director, cajeras y clientes, porque para mucha gente es más importante que una iglesia o un museo, pueden vivir sin salir de allí. Subo a Pontevedra, donde me encuentro con Xosé Fortes, y luego a Vilagarcía, donde hablo con una amiga que guarda las cartas que la convirtieron en ciudad; y a Vilanova, donde evoco el mundo de la emigración por una familia de ahí que me acogió en Holanda. Acabo en Padrón con una encuesta y un encuentro con Rosalía.

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– ¿Se detiene detallando elementos como el paisaje, los monumentos y la gente que se encuentra?

– Me detengo en todo. Es un viaje que hice solo este verano. Es íntimo, personal, de mucha meditación observación del paisaje, de quedarse fascinado con los árboles, la naturaleza, el viento, el mar, cuya ausencia es lo que peor llevo en Madrid, igual que la falta de lluvia –allí no sabe llover. Me acompañé de un libro sobre el sintoísmo japonés, donde el retorno a la casa y a la naturaleza está presente. Hay conversaciones con gente que me encontré, con amigos, con la familia, con escritores vivos y muertos. He observado una destrucción brutal del paisaje, sobre todo en la costa. He visto el dilema de que los padres del campo con vidas duras quieren que sus hijos estudien para que llevan una vida mejor. Y cuando estudian, abandonan el campo para vivir en las ciudades y alejarse de la vida de sus padres, lo que condena a la desaparición a esa vida más cercana a la naturaleza o a hacer cosas con las manos.

Nos hemos convertido en una sociedad que vive con ordenadores, parques temáticos y recreaciones de lo que fue, del tipo “allí había una mina, una cordelería, una plantación de lino”. Contemplo ese mundo de relación narcisista con las pantallas, de gente sumergida en ellas, sin mirar al otro, haciéndose selfies o charlando consigo mismo.

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– ¿Cambia la visión de la tierra cuando uno ha vivido 40 años fuera o el que ha cambiado es usted?

– Ese es el gran dilema. Creo que todos vivimos con una especie de ilusión de que la infancia sigue ahí y que el país natal es algo que permanece inmutable. Está claro que nosotros cambiamos, no somos los mismos aunque conservamos algo de lo que fuimos. Este viaje es un intento de hablar con aquel niño que fui, con lo que queda de él. Y también con ese país que ya no existe. Es un país desdibujado. Creo que es una pulsión entre la esencia y la existencia. Hay una especie de pasión por defender a ultranza nuestra propia identidad frente a la globalización que nos hace a todos muy parecidos. Yo creo que el cosmopolitismo nos desasna, nos hace abrir el horizonte y ha tenido más beneficios que perjuicios.

Cuando te quedas en tu propio terruño pierdes la conciencia de que el mundo es uno, de que todo está entrelazado y que levantar barreras y mantener esa identidad es al fin y al cabo una especie de emprobrecimiento. Es un debate complicado, yo siempre me he sentido muy incómodo con la pulsión nacionalista porque me parece que trazar fronteras no es bueno, aunque reconozco que hay necesidad de tener unas raíces. Estos reportajes, que serán un libro de 36 capítulos, son un intento de negociar con esa doble pulsión: atracción y reconocimiento del país y cierta querencia por la lengua , y a la vez rechazo por lo que todo eso suponga de separación, distancia o diferencia.

– ¿Qué autores de literatura de viajes tiene como referentes, además de los ya mencionados?

– Especialmente me han acompañado dos:_Otero Pedrayo y José María Castroviejo, dos grandes viajeros que conocían el país como las palmas de sus manos.

"La respuesta final está en el propio camino, en no parar de hacerse preguntas y dejarse fascinar por la esencia de cada momento. Al lector le animo a que recorra el país por si mismo"

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– ¿Ha encontrado respuestas a sus preguntas con este viaje que comparta son el lector?

– Me gustaría ofrecerle muchas referencias que yo he observado y animarlo a que se recorra el país por sí mismo. El viaje me respondió unas preguntas y me ha abierto otras. La conclusión es que la respuesta está en el propio camino, en no parar de hacerse preguntas y recuperar la esencia de cada momento, en prestar atención al viento entre los árboles, aunque pueda parecer pueril. Si me preguntas si volvería a Galicia a vivir, diría que no lo sé, pero creo que no. Volvería a Portugal, a Caminha, al borde del país natal pero sin estar en él. Quizá porque Galicia, al igual que España, me provoca fatiga por ese desgarro político agotador y estéril que nos contagia. Y en Portugal sigue habiendo más silencio, no ha perdido esa hidalguía respetuosa. 

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