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Y tras la Pasión, Domingo de Resurreción

Y tras la Pasión, Domingo de Resurreción

Hoy es Domingo de Resurección! Hubo un tiempo, cuando España era cristiana por la gracia de Dios y el apoyo de Franco, en que éste era un día memorable. Claro, salíamos de la Pasión y tal era la piedad que nos inculcaban, sobre todo a los que íbamos a colegios de curas, que yo había noches de esta Semana Santa en que tapaba con un pañuelo al crucificado que presidía la habitación de mi abuela, para que no pasara frío. A ella le encantaba tener un nieto tan lleno de amor a Dios, aunque unos cuantos años más tarde se quejara de que en la Universidad se le había vuelto hereje. ¡Exagerada, si estaba en la del Opus! 

De abjurar nada, yo nunca pensé en perder el tiempo como esos que reniegan documentalmente de su fe para que les llamen apóstatas, a lo mejor porque nunca les llaman nada que merezca la pena. Yo recuerdo esos años de religión a machamartillo sin acidez por muchos rosarios que haya rezado y misas a las que haya asistido entre el colegio y mi abuela; al contrario, no solo tengo ganado el cielo, en caso de que lo hubiera, por haber orado como en una madrasa musulmana, sino que lo hago con la cálida memoria (aunque la memoria biológica sea tan promiscua que haya hasta quienes viven de rentas de ella) de un tiempo en que se tenía algo superior en lo que creer, algo misterioso, inquietante, mágico aunque no exista. O sí, quién sabe. Yo no digo que sí ni que no, pero a mí me duele aún no haber sido monaguillo. Ahora tenemos El Corte Inglés y otros sucedáneos de Dios pero no es lo mismo. Eran años en que los adolescentes o éramos de la OJE o militábamos en la Acción Católica y yo era de estos últimos, como lo había sido mi padre, que no me salió ni rojo ni masón en lo del 36 , aunque sí de una honradez tan grande que daba vergüenza.

Cómo no añorar ese día en que de la mano paterna, entre el Jueves y Viernes Santo, hacíamos las siete estaciones, recorriendo siete iglesias; cómo no aquellos viernes cuaresmales en que, según recomendaba el Catecismo cristiano (lo hubo republicano), solo consumíamos un ligero desayuno y una frugal colación. ¡Ay aquel potaje de garbanzos con espinacas y bacalao que preparaba mi madre con amor filial antes de regalarnos con unas torrijas! Cómo olvidar aquella radio que solo ponía música sacra esos días, y a mi abuela haciéndome callar al oírme cantar con alegría. ¡Ah, pero llegaba el Domingo de Resurrección, un día como hoy, y nos sentíamos liberados de la Pasión, y salía en Vigo la Procesión del Cristo Resucitado Acompañado de un Ángel, que representaba la salida del sepulcro! El paso no era de los de más audiencia procesional ni duró muchos años, víctima de un imprevisto deterioro. Lo saben bien los de la olívica Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno del Silencio en el Desprecio de Herodes, Sta. Virgen de la Amargura y Cristo de La Fe. Otra cosa que añoro, esos floridos nombres. Claro, entonces teníamos fe, que es algo que uno se inventa para sí mismo o se lo inducen pero es una terapia contra la medianía de la vida terrenal, y hacíamos esas cosas. Gracias a Dios

A ver, qué quieres que te diga. El cerebro es una fábrica de ilusiones y hasta podríamos decir que el mundo es una ilusión creada por los sentidos, igual que la religión es una versión primigenia  de las gafas de realidad virtual de hoy. De siempre los humanos hemos recurrido a ella para dar sentido al incomprensible paso finito por el mundo. Allá vosotros si no creéis ni en este día de resurrección. Id al Corte inglés a solazaros o haced como el Viernes Santo de 1962 hicieron 20 estudiantes de Teología de la Universidad de Boston, dirigidos por el gran gurú del ácido, Timothy Leary. Querían comprobar si a la revelación espiritual de los grandes místicos se podía llegar también flipando con una de las drogas psicodélicas: la psilobicina. A ver si así recuperáis la fe, perdidos de Dios.

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