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Pobres médicos de cabecera

Una paciente y su doctora durante una consulta médica.

Una paciente y su doctora durante una consulta médica. FdV

No sé qué me tendrá preparado el destino en este próximo tramo de mi vida pero hasta ahora puedo decir que apenas he supuesto gasto alguno para el Sistema Nacional de Salud. Algo contrarrestará los gastos desaforados que suponen otros muchos que parecen vivir en sus listas de espera, unos con razón porque la enfermedad les atenaza y otros porque ese es su deporte: llenar los pasillos para recibir su cuota de servicios, calidad y empatía como parte de esa población cada vez más frágil, vulnerable y sensible, a veces maleducada y exigente.

Mi única experiencia con el Sistema Nacional de Salud fue una colonoscopia que llevaron a cabo cinco animadas damas y la otra vez que me tumbaron en una camilla fue en un hospital privado por rotura nasal como consecuencia de una pelea. A eso se reduce mi historial clínico aunque tendría que añadir el periódico suministro de pastillas para dormir (aunque de eso me esté quitando) . No solo el Sistema de Salud debe estar contento conmigo por lo poco que lo desgasto por ahora. También mi médico de cabecera, porque no me ve, no soy como mi amigo Jaime López que se pasa el día entre lo público y lo privado para que le ausculten hasta el último grano. Voy de pascuas en flores para hacer algún análisis y que me suelte una filípica para que vaya dejando las pastis somníferas. Pero el otro día, mientras esperaba, empecé a pensar cómo sobreviven estos médicos de primera línea a lo que se les viene encima cada día. No me extraña que en el último libro que he leído, Estado del Malestar, la protagonista haya decidido ir a vivir a la consulta.

Y es que, abren la puerta al comenzar tu turno y se pueden encontrar conmigo, que me das la dosis pastillera y salgo tan rápido como entro pero después me sigue aquel señor de coleta y desaliñado, que huele a humedad y quiere que le desvíes al psicólogo porque dice estar deprimido. “El mantra de nuestro tiempo: ve a terapia, ve al psicólogo. ¿Porqué no lávate le pelo un poco más a menudo”? me decía a mí un médico amigo. Luego te aparece otro que quiere que se le haga una TRM, o sea una resonancia magnética, o el que quiere que le des una baja sea como sea o aquel con una fístula anal y que en el examen rectal se hace evidente que no utilizóla higiene adecuada porque le dolía. Le sigue una mujer de casi 50 que quiere tener un hijo y así una sucesión de pacientes que mezclan el beber demasiado con la piel flácida, tensión alta, diabetes, colesterol alto, hígado graso... ¿Cómo es posible que tras un largo día no les duela hasta la mandíbula o el mismo cerebro, que no vuelvan a casa llenos de voces y zumbidos de escuchar tantos lamentos como insensateces?

Existe un creencia de que la ayuda es infinita y mi amigo médico me decía que esta idea es como un virus, como una peste, como una epidemia, y la tarea de los médicos de cabecera es limitar esa peste, bajar esa fiebre por la salud, acabar con todo eso de una vez por todas y mandarlos a casa. ¡Ah!, pero el miedo a las denuncias hacen que en vez de eso los derives a otros especialistas a los que más insisten porque ¿qué pasará si sufren un infarto o no hayas detectado un cáncer que descubren después? Pobres médicos de cabecera que cada día, entre mucho paciente encantador, encuentran siempre una panda de agresivos con insatisfacción crónica que son los que más protestan y quizás los que menos aportan con sus impuestos.

¿Dónde está el respeto que antes se tenía a los médicos?, me decía el mío mientras miraba una sala llena de pequeños consumidores mimados y con el estómago lleno encantados de buscar los máximos beneficios al estado del bienestar. ¡Africa, llévatelos!

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