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Relatos de un emigrante desde el otro lado del mar

FdV

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Adiós ríos, adiós fontes, adiós regatos pequenos... Nunca tan hermosa y significativa poesía rosaliana llega a tan máxima expresión como cuando la canta Amancio Prada. Volvía oyendo en el tren que me traía de Castilla a Galicia ese inmenso y sentimental canto a la emigración de cuyo alcance interior solo pueden saber los que la han vivido. Yo no he sufrido ese dolor del desarraigo, del alejamiento de lo propio, porque la historia emigrante de mi familia, a Puerto Rico y Nueva York, está a la distancia de tres generaciones y esa memoria desaparece o se aquieta grandemente cuando la experiencia migratoria de tus antecesores no es de muerte o represalia sino de vida. No tengo tal experiencia marcada en mi cuerpo pero sí he podido observarla y recrearla interiormente cuando esas Memorias que escribo bisemanalmente se refieren a emigrantes que me las cuentan, y mucho más desde que el azar me llevó a conocer a uno de ellos en Uruguay, que ha puesto su literaria pluma a nuestro servicio. Manuel Losa. Él sí que estalló en sollozos , al poco de llegar con 13 años a Uruguay, caliente aún la memoria de Galicia, cuando su hermana le llevó a la fonoplatea de una radio uruguaya en que oyó esos versos de Rosalía, "Adiós ríos, adiós fontes"... Con él estuve charlando hace unos días -60 años después de aquello- mientras apurábamos un "grolo" en una visita fugaz que hizo a Galicia para presentar, auspiciado por la Xunta, su libro sobre la historia secular del Centro Gallego de Montevideo

Puedo yo describir el dolor, la ruptura interior que siente un emigrante? Jamás, solo intuir esa dura experiencia que me contó Manuel Losa: Un día, de repente, dejamos para siempre nuestro lugar, la casa, la calle, el pueblo, los amigos? ¡todo ¡nuestro edén! Vemos la infancia truncada. Cuando eso sucede, de un momento para otro nos encontramos envueltos en la incertidumbre y la sorpresa nos va empujando? ¿hacia dónde? No lo sabemos, estamos confusos, entonces la congoja nos embarga y nuestro cerebro entra en acción activando mecanismos de protección. "La pobre pero no por ello menos feliz etapa de nuestra infancia quedaba -me cuenta- , a medida que el barco se alejaba de la costa gallega, atrapada en un lugar lejano e inalcanzable. Se alejaba el adiós a mis amigos de la Rúa del Villar, un viernes de otoño, perdido en un recodo de las vías del tren que nos llevó a Coruña. Luego vimos alejarse a esta ciudad desde el Juan de Garay, el barco que antes había servido para transporte de guerra, adaptado para emigrantes aquel año 1953. Me tocó con mi padre un dormitorio con 50 catres, en una bodega que se habilitaba al anochecer. No fue posible apartarme de la baranda del barco hasta que dejamos de ver tierra. Sentí como en un abismo de dolor los recuerdos de mis últimos días en Galicia".

Luego, la sensación al llegar a tierra extraña, tras muchos días de navegación no como viajero, sino hacinado como emigrante. Losa recuerda aquel momento en que baja del barco pensando que Montevideo sería como un Nueva York en pequeño, que iría a estudiar a sus 13 años a un buen colegio, practicaría deportes, iría a vivir con sus padres a casa mejor que la dejada en Compostela con una gran mesa de comedor en que no faltaría nada pero... no fue así. Directo del puerto al humilde barrio de viviendas bajas y sencillas de La Unión, do familias en dos habitaciones sobre suelo de tierra, un baño precario para 14 personas y... sin mesa de comedor.

Aquel Manolito de antaño podía haberse quedado en España porque sus maestros de la santiaguesa Escuela de los Hermanos Cristianos se lo propusieron, pero pudo más el dolor de separarse de sus padres. Llegó a Uruguay con ciertos estudios, nada que ver con esa emigración abrupta de la primera etapa, gente del rural gallego sin letra alguna conocida. Por eso a los pocos días estaba en una fábrica de productos químicos, después vendiendo zapatos por los pueblos, luego libros por las casas... hasta que montó su propia librería, editorial incluso. Pero vendiendo zapatos conoció a la mujer de toda su vida, Elsa, en Estación Queguay, y a su familia, que lo arropó muchos años después de su llegada. Y Losa, que nunca se hizo rico, se convirtió en feraz escritor, con libros de hermosos relatos que conmueven sobre la emigración, sobre Galicia, sobre sus vivencias como vendedor de libros... Y, eso sí, nunca dejó de trabajar por mantener la idea y cultura de Galicia en aquel país. Por Galicia hizo Losa al otro lado del charco mucho más que cualquier gallego de los que no han dejado nunca su país.

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