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La verdad de un cubano en A Estrada

Baldo Calviño rompe su silencio y cuenta por primera vez su vida en la Cuba de Fidel

Baldo Calviño posa en la céntrica calle estradense Calvo Sotelo.//Bernabé/Javier Lalín

Baldomero Calviño Suagzdyz nació un 6 de marzo de 1951. Sus padres, un español y una americana natural de Illinois pero con ascendencia lituana, se asentaron en La Habana Vieja, Cuba, donde Calviño creció y se crío. Él es ahora un conocido vecino estradense, sea por las clases de pintura que imparte, o por su segundo empleo repartiendo panfletos publicitarios por la villa. No obstante, poco se conoce del pasado de este hombre, que pese a vivir momentos que podrían inspirar alguna película o novela biográfica, siempre se ha mantenido reservado acerca de su trayectoria vital.

Baldomero, o Baldo, para los conocidos, tenía 8 años cuando estalló la Revolución Cubana, que puso a Fidel Castro en el poder. Del modo en que lo recuerda, cuenta que “al principio fue positivo, el pueblo estaba contento porque antes, con Batista, había mucha opresión en contra de aquellos que pensaban diferente políticamente. Mi propio tío Enrique estuvo un tiempo en la cárcel por ser comunista, lo liberaron tras la revolución”. Además de la ansiada libertad para el pueblo cubano, un precepto que posteriormente, según las palabras del protagonista, se convirtió en un arma de doble filo, había también otros factores positivos que se incorporaron al nuevo sistema de gobierno de la isla: “Yo pude estudiar Bellas Artes en la universidad sin pagar nada. Los estudios superiores eran totalmente gratuitos, y esa era otra de las cosas que reconozco fueron buenas para el país”.

El problema empezó a llegar más tarde, afirma Calviño, cuando se empezó a establecer una diferenciación entre los afines al Castrismo y los censuradores, o aquellos que directamente no se implicaban políticamente. Otra cuestión que servía como motivo de discriminación, recuerda, era la procedencia de los ciudadanos, “mi tío, por ejemplo, era comunista, pero nunca renunció a sus orígenes españoles. Por ello, no disfrutó de los mismos beneficios que otros que estuvieron presos por defender la ideología de la revolución”.

Él durante su juventud en Cuba, con compañeros del ámbito artístico.

El propio Baldomero, con apenas unos 16 años, sufrió las consecuencias de esta discriminación; “me metieron en una unidad de trabajo, estuve allí hasta el 1970 por el simple hecho de tener la nacionalidad española, algo que yo desconocía por aquel entonces, y ser hijo de una mujer estadounidense”. Las condiciones en las que este cubano estradense de adopción fue tratado durante su estancia en esta unidad, llamada Taza de Oro, fueron infrahumanas, “allí metían a la gente que les ocasionaba problemas. Los españoles, los disidentes, gente de otras religiones o procedencias, de otras inclinaciones sexuales... nos hacían trabajar en el campo sin alimentarnos”.

Aquellos años fueron una pesadilla, pero allí también conoció a gente buena, “recuerdo a un grupo de mujeres, eran estadounidenses y estaban esperando a que les dieran el permiso para irse. Las llamaban las Johnson, porque en aquel entonces ese era el presidente de su país. A escondidas, nos daban comida, y a día de hoy todavía las recuerdo nítidamente. Eran mayores, pero me gustaría poder contactar con alguna si todavía estuviesen vivas”.

Baldomero aguantó 24 años más, y en el 94, con la ayuda de sus familiares, se vino para Galicia; primero en Forcarei, luego en A Estrada. No ha vuelto a poner pie en suelo cubano, ni piensa hacerlo. Y el motivo de que decidiese romper su silencio fue, curiosamente, la muerte de un compatriota, “me duele ver los mensajes de reivindicación tras la muerte de Pablo Milanés. El huyó y criticó al régimen, pero antes se aprovechó mucho de él, y participó en actos de repudio a los que se iban. Yo lo recuerdo muy bien, y me gustaría que se contase la verdad de las cosas”.

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