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Adiós al último herrador

Manuel Avelino Pereiro, más conocido como el Ferrador de Penaporrín, falleció a los 56 años dejando un vacío generacional en una larga tradición familiar | Fue llevado al cementerio en coche de caballos

Manuel Avelino Pereiro, a la derecha, herrando un caballo.   | // CEDIDA

Manuel Avelino Pereiro, a la derecha, herrando un caballo. | // CEDIDA

Manuel Avelino Pereiro llevaba tras de sí un largo legado, y con él, un nombre heredado de padres a hijos. Conocido como el Ferrador de Penaporrín mantenía desde que era pequeño la labor de este oficio tradicional. Bisnieto, nieto e hijo de herradores, Manuel Pereiro falleció el pasado día 15 de mayo, dejando un vacío generacional, ya que ninguno de sus hijos tiene en estos intención de dar continuidad al legado familiar. El último ‘ferrador’ fue despedido por su familia y amigos el pasado domingo, una despedida en la que no podían faltar los caballos a los que dedicó toda su vida. Su ataúd fue trasladado en un carro adaptado y engalanado para la ocasión, un viaje igual al que realizó su padre hace siete años.

Fue su tatarabuelo el que comenzó con la tradición familiar de herrador. A mediados del siglo XIX el antepasado de Manuel Avelino se enamoró de la sobrina de un herrador, quien le enseñó el oficio. A partir de ese momento, esos conocimientos fueron pasando de padres a hijos dentro de la familia Pereiro, hasta Manuel. Este comenzó a aprender el oficio con su padre, Luis Pereiro Latas, cuando tenía 16 años. Desde aquel momento hasta su fallecimiento trabajó durante 40 años como herrador primero codo con codo con su padre, y luego ya en solitario.

El Ferrador de Penaporrín, nombre que heredó de sus antepasados, fue ganando fama en los municipios de la zona. Manuel, al igual que su padre, recibía animales en casa para herrar, tanto caballos, como mulas, vacas o bueyes. Pero además se iban desplazando de feria en feria para prestar sus servicios. Así, tenían marcada una ruta de ferias por las localidades más importantes de la zona como Silleda, A Estrada, Agolada o Lalín, entre otras varias. Sin embargo, con el paso del tiempo, el trabajo comenzó a cambiar para pasar a realizarse solo trabajos a domicilio. Las ferias dejaron de ser como antes, así que recibía llamadas para acudir con el potro mecánico a donde lo necesitaban.

Los años también convirtieron a Ferrador de Penaporrín en el único representante de este oficio en la zona. Ahora sin embargo, algunas cooperativas ya cuentan en muchos casos con personas que pueden realizar estas funciones. A pesar de eso Manuel siempre defendió la vigencia y la importancia de un trabajo que le permitió vivir de él, al igual que antes hicieron sus antepasados. Para ello fue necesario sin embargo adaptarse a los nuevos tiempos. Ahora, las mulas ya no tiran de los arados, las vacas son para dar leche y los caballos para paseo, cambios de hábitos que también obligaron a ir adaptando su trabajo.

Con Manuel Avelino se marcha una tradición, un saber y cientos de historias. Se marcha el último de la larga estirpe de Ferradores de Penaporrín.

Traslado del ataúd en carro hasta el cementerio.

La misma despedida que su padre hace siete años

Un coche de caballos se encargó de llevar el ataúd de Manuel Avelino Pereiro desde la iglesia parroquial de Dornelas hasta el cementerio cercano. Fue un gesto que partió de amigos de la familia, quienes, con su consentimiento, quisieron tener un último detalle con un hombre cuya vida estuvo ligada desde muy pequeño a los caballos y a su cuidado. Este traslado ecuestre es el mismo que en febrero de 2014 recibió su padre, Luis Pereiro Latas, tras su fallecimiento. Hace siete años, los Cabaleiros de Lalín realizaron varios homenajes al herrador, entre ellos una ruta caballar. En ese momento, Manuel manifestó a sus amigos que, cuando muriese, le gustaría ser llevado al cementerio de la misma manera su padre, algo que se terminó cumpliendo. “Lo hicimos porque sabíamos que iba a ser algo que a la viuda y a la familia les iba a gustar”, explicó el amigo de la familia Rubén Figueiras.

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