Fran Teixeira duda entre el fútbol y el balonmano hasta que se decanta. Es un técnico joven, que despunta en la mili o recorre las carreteras gallegas con su mujer, Salomé, impidiendo que se duerma. Grita consignas desde la banda, en sus etapas triunfales. Exprime plantillas limitadas más allá de lo concebible. Acude a los partidos desde la sesión de quimioterapia, ocultando la bolsa de colostomía bajo el gabán y con su hijo, Adrián, atento a su fragilidad. Fran Teixeira intenta reordenar el eterno caos del IMD, multiplica la actividad de base de la Diputación y le busca sustento a los deportistas arruinados. Fran Teixeira, un relámpago de pelo cano y piel bronceada, enfático e hiperactivo. Fran Teixeira, apenas un pellejo que camina a saltos como un pajarillo pero de alma inmensa. Enamorado de su familia, que su hija Alejandra completa; amigo intenso, accesible, de abrazo fácil. Todos esos conviven, como pálidos reflejos de su descomunal biografía, que termina y a la vez jamás se agota. Falleció ayer, a media tarde, a los 62 años. Ya no pertenece a la tierra, sino a los siglos.

Probó al fútbol en el Santa Mariña. Pepe Villar lo quiso reclutar para el Celta. Al balonmano dejó de jugar, al menos con soltura, desde un día que se marcó en propia puerta a la vez que se fracturaba la clavícula. Mientras se secaba el jugador, florecían las jugadas en su imaginación. Cumpliendo la mili en Ceuta le ofrecieron dirigir al equipo sénior del ejército, en su epifanía definitiva. El resto es historia colosal del balonmano gallego, español y portugués: ascenso con el Santa Cristina, doble ascenso con el Mercantil, cuajo con el Lalín, glorias europeas con el Teucro, gestas con el Academia Octavio, dieciséis eliminatorias europeas con el Sporting de Lisboa. Y la fidelidad al Chapela, al que dirigió en Primera Nacional o Plata durante las última catorce temporadas con la misma pasión que antes en Asobal. Allí donde lloró a Gerardo Méndez y Manuel González Soto hoy lo lloran a él.

Entrenador de defensa recia y triquiñuela, de esencias clásicas y protesta arbitral, Teixeira se serenaba al concluir el encuentro. Su voz rasposa sonaba entonces a caricia. Fue devoto de Juan de Dios Román. Le ha sostenido la mirada a Valero Rivera, Zupo Equiosain o Manolo Cadenas, que lo han admirado.

Ese Teixeira que jamás retrocedía en la protección de los suyos sabía, en cambio, mostrarse flexible en la gestión. Como empleado de la Diputación ha recorrido todos los pueblos de la provincia examinando necesidades y cosiendo voluntades. Miles de niños han practicado deporte gracias a su esfuerzo.

Tanto le quedaba por hacer. Un examen rutinario en junio de 2017 lo volteó todo. Ha estado cuatro años combatiendo contra el cáncer de colon. Se sometió a seis operaciones y varios ciclos de quimioterapia. Pero apenas se perdió un puñado de partidos o entrenamientos. Aceptó hablar abiertamente de su estado de salud. De la sima anímica de cada recaída acababa reponiéndose, con el balonmano como enganche de su motivación. Quiso seguir siempre adelante. Su cuerpo no ha resistido más.

Se ha ido, al menos, sabiéndose querido. La Radio Galega le dedicó un programa especial. La Federación Española le entregó su insignia más preciada. La Federación Gallega le ha tributado un homenaje. Los últimos, este mismo verano, le correspondieron a la Diputación de Pontevedra y al Chapela. Asistió con la emoción a flor de piel, quizá ya intuyendo la noche pero saleroso como siempre en su retahíla de anécdotas, provocando tantas risas como lágrimas. Así se coleccionan sus recuerdos. Hoy, a las 18.45, se le dedicará una misa en la capital del Vigomemorial y será incinerado. El funeral será oficiado mañana jueves a las 20.30 en Carmelitas.