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Aniversario

Bob Dylan, 80 años a su manera

El cantautor conserva su aura mítica y esquiva, al tiempo que la venta millonaria de su catálogo a Universal certifica el valor atemporal del repertorio

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Bob Dylan cumple 80 años

No hay un manual para envejecer como mito de la cultura pop, ni experiencia a la que agarrarnos, y seguimos asombrándonos, quizá de modo un poco tontorrón, cada vez que uno de ellos alcanza una edad aparatosa. Los 80 años que Bob Dylan cumple este lunes nos hablan de cómo envejece el imaginario del siglo XX, y deslizan una historia que puede resultar ejemplar (cómo gestionar un aura legendaria sin abaratarla) a pesar de que ser modelo de algo es aparentemente aquello de lo que el susodicho lleva décadas huyendo.

De las grandes páginas del artista se ha dicho todo y más: su folk de juventud despertador de conciencias, su don para envolver de literatura el rock and roll, la ruptura con el modelo de composiciones de encargo de Tin Pan Alley, el liberador ‘sonido de mercurio’, la mística del sótano y las sucesivas edades de madurez. Centenares de libros (se habla de cerca de dos mil títulos) versan sobre Dylan desde los más variopintos ángulos, entre los cuales hay que sumar unos cuantos más publicados estos días, entre ellos ‘The double life of Bob Dylan’, del ya avezado Clinton Heylin, que ahonda en su primera estación de vida (1941-67) y aprovecha para cargar contra otro ‘dylanólogo’, Howard Sounes, llamándole “escarbador de inmundicia profesional”. Lo que faltaba, que los biógrafos de Dylan se peleen entre ellos para ver quién es el mejor: Sounes ha replicado (en ‘The Guardian’) tachando a Heylin de “torpe y autoindulgente”, y lo que es quizá peor, de “increíblemente aburrido”.

Lejos de la Generación Z

Podríamos ponernos cínicos y concluir que a eso ha terminado reducida la figura de Bob Dylan en el año de gracia de 2021: a la lucha en el barro de dos señores de mediana edad por un título de relatores de su majestad que solo existe en sus cabezas, mientras la muchachada sube el volumen de la última canción de Cardi B. Es cierto que la obra de Dylan pilla lejos al común de la Generación Z, y hace tiempo que ni siquiera hablamos de un artista de multitudes: en Barcelona, tras sus primeras visitas (Miniestadi del Barça, 1984; Palau d’Esports, 1989), le hemos podido ver en plazas medias, ya sea el Poble Espanyol, el Festival de Pedralbes o el Liceu (mientras que Leonard Cohen necesitó del Palau Sant Jordi para encajar a todo su público en sus dos últimas visitas).

Capucha y gafas oscuras

Pero, ¿qué sigue teniendo Dylan para seguir recibiendo un trato mayestático? Su figura es un vestigio de tiempos propicios a los iconos transversales, no como ahora, con laureles actualizados como el Nobel de 2016, que desató una fuerte discusión sobre la altura literaria de la canción popular. Se desprende una idea de integridad en sus álbumes, su régimen de giras y la radical sobriedad mediática. Los discos rehúyen el ‘mainstream’ y hunden raíces en la gramática secular del folk y el blues (y en la homilía anticomercial: los casi 17 minutos de ‘Murder most foul’, 2020), los directos son esquivos, no da entrevistas. Esas fotos accediendo a los camerinos con capucha y gafas oscuras: no es que no quiera ser visto; es él quien no desea toparse con caras extrañas.

Metido en su mundo, volcado en su música y nada más, ha llevado hasta las últimas consecuencias su corte de mangas de 1966, cuando se recluyó en Woodstock (el fantasmagórico accidente de moto) rechazando el papel de oráculo generacional. Si entonces dejó de dar conciertos durante ocho años, en la última etapa el método ha sido el contrario: el ‘Never ending tour’, caravana en pie desde 1988, con un centenar de conciertos anuales, ha permitido verlo desfigurando sus canciones, que es su receta para que sigan motivándolo.

Huraño, distante, a veces indescifrable (¿hacían falta tres discos seguidos de estándares del cancionero de Sinatra y cercanías? ¿Y el álbum de villancicos?), Dylan lleva más de 50 años huyendo de su propia sombra. Podemos pensar que sabotea sus clásicos cada noche, que boicotea su propio mito, y entonces salta la noticia de que Universal Publishing paga 300 millones de dólares (o 400, según la fuente) por los derechos editoriales de su repertorio, entendiendo que es tan sólido como invertir en oro o en petróleo. Quedarán las canciones, imperiales e indestructibles, de las que Dylan ha cuidado a su manera.

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