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La ventana desde la que Rosalía quiso ver la mar

El profesor carrilexo descubre pasajes inéditos sobre la estancia de la poetisa y su marido en Carril y la isla de Cortegada

Capilla de Cortegada, recientemente restaurada. | // NOÉ PARGA

“Delirante, y nublada la vista dijo a su hija Alejandra: “abre esa ventana que quiero ver el mar”, y cerrando sus ojos para siempre, expiró…” Era el mediodía del quince de julio de mil ochocientos ochenta y cinco, hace hoy de aquel fenecimiento ciento treinta y siete años. Y así nos dejó su testimonio con fiel relato, el político y abogado pontevedrés Augusto González Besada, los últimos momentos de la vida de María Rosalía Rita de Castro, literata figura emblemática del Rexurdimento gallego y precursora de la poesía moderna junto con Gustavo Adolfo Bécquer.

Quizás no fue consecuencia de un delirio en el umbral de la muerte que Rosalía quisiera ver la mar desde tierra adentro, sino que fuese la última manifestación de belleza literaria expresada por medio de la palabra de un alma poética, un instante antes de despedirse de este mundo.

¿Pero desde qué ventana quiso ver la mar la poetisa icono de la galleguidad en sus últimos instantes de su vida? Al contrario de lo que hoy se da por sentado, los últimos días de existencia de la matriarca de las letras gallegas en los que intentó descansar y distraerse de su padecimiento cancerígeno terminal en la parroquia de Santiago de Carril, no fue el único período vacacional que la poetisa pasó en el pueblo de O´Carril.

Así también lo piensa Anxo Angueira, escritor, filólogo y presidente de la Fundación Rosalía de Castro, quien opina que es muy probable que la literata fuese una asidua a los baños estivales en O´Carril y arguye que este rincón arousano es uno de los pocos lugares que figuran expresamente en la literatura rosaliana. Nos recuerda Angueira que en las obras de Rosalía aparece O´Carril en el poema Pasa, río, pasa, río, de “Cantares gallegos” y que las hoy desaparecidas suculentas ostras de su ría se mencionan en el epígrafe Conto gallego.

Por otro lado, además de la memoria colectiva del pueblo carrilexo, existe un testimonio escrito que por su contexto nos hace pensar que Rosalía y su marido vinieron a O´Carril en más de una ocasión, en busca de los refrescantes baños veraniegos de las aguas de Arousa. Pero ese mismo testimonio periodístico nos deja nítidamente claro que, sin duda alguna, Rosalía de Castro en compañía de Manuel Murguía pisaron la isla de Cortegada en varias ocasiones, embelesándose e impactándose con su belleza paisajística, hasta el extremo, que utópicamente desearon erigir en ella una casa en donde poder alcanzar el sosiego que proporciona la ansiada paz terrenal.

Es el mismísimo Manuel Murguía quien nos lo hace saber mediante una crónica a colación de la cesión de Cortegada, publicada en un extinto diario madrileño de la época (Murguía, M. 28/06/1907. La isla de Cortegada. El Día). El mismo texto también fue publicado por su autor en la revista del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid, correspondiente al número de julio de 1907 y firmado por Murguía en su condición de presidente de la Real Academia Gallega.

Sendas publicaciones cayeron en mis manos desempolvando antiguos periódicos en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, a raíz de una investigación sobre la donación isleña al Borbón.

El literato e historiador Murguía, cónyuge de Rosalía, se expresaba así desde la dolorosa nostalgia que le provocaba el recuerdo del vínculo sentimental existente entre el matrimonio y la isla de Cortegada, así como desde la visión idílica que ambos esposos tenían de la mar de Arousa, contemplada sobre la privilegiada atalaya de esta inigualable ínsula: “Cuando rompe el día y llena de luz las playas dormidas, cuando la tarde deja caer blandamente sobre ellas sus sombras, cuando en el cielo brilla la inmensa cohorte de estrellas o la tempestad agita irritada, las aguas y el viento impetuoso, siempre aparece a nuestra vista, dotado el golfo de una belleza suprema. En quien lo haya contemplado una vez, su recuerdo es imborrable, y si el dolor le ha visitado, viendo sufrir en las orillas apacibles, a la que era paz y alegría de sus ojos y de su corazón, nunca podrá negar que si sus encantos le hieren con el peso de una pena eterna en la memoria, no por eso dejan de poner con su hermosura aquellos lugares inolvidables, en el vaso del dolor, su gota de consuelo. Muchos años hace que conocemos aquellos sitios, antes tan olvidados como hermosos por su misma soledad, y para los cuales la fama viene ahora a romper con sus dedos de hada bienhechora, el velo que los ocultaba. Un momento bastó para que saliesen del olvido en que vegetaban a las grandezas que les esperan. Muchos también que pusimos por primera vez el pie en la encantada isla ¡Cuantas dulces impresiones experimentadas entonces, a su vista, en lo interior de su soledad, en los recuerdos que dejó en nuestra alma! ¡Que de sueños imposibles, que de apacibles momentos, que ansia de hallar en aquel apartamiento un dulce refugio para quien habían abatido la muerte y los desengaños! ¡Hoy imposible! Lo que no ha mucho ofrecía al afligido el consuelo de su humildad y apartamiento, abre sus brazos a las grandezas que la esperan y a los múltiples ruidos que bien pronto llenarán sus ámbitos. Ya no podrá decir nadie –Aquí levantaré la oscura vivienda de mis últimos días, en medio de estos campos olvidados, orillas de las aguas dormidas, al pie de estos pinares gemidores, lejos del hombre y de todas sus traiciones. Otros más felices tendrán en medio de la isla su palacio y traerán a ella el Fausto, la alegría de las fiestas cuyo recuerdo no se borra en las almas felices”.

Queda aún por dilucidar el lugar exacto en el que habitó Rosalía en sus estancias estivales carrilexas que bien pudo ser en la casa conocida hasta no hace mucho como la de “Tocho”, frente a la isla de Cortegada en la rúa Valentín Viqueira, hoy en ruinas, o bien en la rúa Lucena en las inmediaciones de la antigua residencia de estío propiedad de la familia de los Montero Ríos, actualmente de titularidad del propietario de A Esmorga, morada esta última que hasta poco más allá de la mitad del pasado siglo, sirvió de residencia veraniega de las dos sobrinas solteras de don Eugenio que residían en Santiago y a las cuales tuvimos el gusto de llegar a conocer los de mi generación etaria carrilexa, así como el placer de compartir el baño en su compañía en la rambla del muelle de la playa de Portugalete, justo en la zona conocida como A Covacha.

No hay duda alguna de la relación de amistad existente entre Eugenio Montero Ríos y Manuel Murguía. Ambos fueron coetáneos con un año de diferencia, vivieron en Santiago y se conocieron en la ciudad compostelana. Eugenio Montero Ríos nació en Compostela en 1832, llegó a ser catedrático de Derecho Canónico, ministro de Justicia y posteriormente de Fomento, presidente del Consejo de Ministros de España y presidente del Senado con la Restauración.

Abundando más en esta relación de amistad entre estas dos singulares y distinguidas familias, hay que señalar el mecenazgo que proporcionó Eugenio Montero Ríos a uno de los hijos de Manuel y de Rosalía durante su estancia formativa en Madrid.

Se trata de Ovidio Murguía, pintor de estilo sobrio, luces tamizadas, dominado por un sentimiento lírico con una intención que oscila entre lo romántico y lo escenográfico, perteneciente a la llamada Generación Doliente.

Al igual que su grupo generacional de pintores gallegos formado por Joaquín Vaamonde Cornide, Ramón Parada Justel o Jenaro Carrero Fernández, Ovidio murió joven debido a la tuberculosis a la edad de veintinueve años. Seguro que en agradecimiento a la generosidad mostrada por don Eugenio, Ovidio pintó los cuadros Riberas verdes y Puente de los franceses ambos realizados en 1898 y con destino al Pazo de Lourizán, propiedad originaria de Eugenio Montero Ríos y en el cual se encuentra enterrado el político y académico compostelano.

Hospitalidad carrilexa

En el último viaje de la poetisa desde O´Carril a Padrón el capricho del azar deparó que el carruaje no acudiese a tiempo para llevar su enfermo y maltrecho cuerpo y que debido a ello la escritora se tuviese que despedir del puerto natural de su Santiago de Compostela natal, desde una pequeña embarcación surcando su amada mar, con el fin de llegar puntual a la estación ferroviaria de O’Carril.

Quizás mientras la transportaba el ferrocarril hasta la parada final de su trayecto frente a su Casa de la Matanza, por el camino de hierro que bordea las verdes ribeiras do Carril Ulla arriba, pudo Rosalía otear por última vez con lágrimas en su corazón su entrañable isla de Cortegada bañada por la mar de Arousa, aquella mar que quiso ver la poetisa instantes antes de abandonar este mundo, dejando para siempre el legado inmortal de su pluma, la misma pluma con la que escribía sobre el blanco papel letras de claro azul cielo que afloraban de un alma repleta y rebosante de galleguidad.

*Periodista y profesor universitario de la URJC en Madrid

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