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Deslealtad con las urnas

Deslealtad con las urnas

Deslealtad con las urnas

Tres amagos han tenido en vilo en las últimas semanas a los votantes de O Salnés-Ullán, simples soplidos al diente de león, esa florecilla silvestre con la que todos los niños han jugado, el leve suspiro del deseo al cerrar los ojos.

Catoira, Cambados y Meaño han recibido esa sacudida de la rosa de los vientos que la política agita cuando existe algún punto flaco, pero que nunca desencadena una tormenta, sino un simple berrinche.

Tres mociones de confianza a mitad de mandato solo pueden ser fruto de un contagio o sino la forma de demostrar que el alcalde de turno está marcado de cerca y, si así fuera, lo raro es que no triunfen.

Pues es lo ocurrido en O Salnés: Fátima Abal, Alberto García y Carlos Viéitez siguen en el sillón que se han ganado en las urnas, simplemente porque de momento no hay motivo para removerlos.

Está claro que la Ley electoral, aunque vieja, sigue siendo muy válida en el sistema democrático vigente y no permite que se corrijan decisiones aplastantes de los vecinos, salvo por causas excepcionales que no vienen a cuento.

Es lógico pensar que el Gobierno debe estar sustentado por una mayoría, tanto da que esta se conforme de forma absoluta, simple o con un pacto previo.

Y si esas condiciones han valido en julio de 2019 –cuando se constituyeron las Corporaciones– , lo más razonable es que aguanten los cuatro años que corresponden.

Los juegos e intrigas posteriores son una burda traición a los postulados políticos. El transfuguismo es indecente, la “compra” de políticos una burla y las trampas a compañeros indigna.

Sigan las reglas del juego. El sistema español aboga por elecciones cada cuatro años y no cada dos como ocurrió en Madrid. No hay ciudadano que entienda que para unos lugares rija una normativa diferente a la de otros. Más parece una grosería, la forma de enmendarle la plana a quienes han tenido el respeto de ir hasta el colegio electoral un domingo por la mañana.

Y ahora les vuelve a tocar el turno. Los políticos no pueden hacer un reparto de cromos cuando les convenga, casi siempre sin necesidad, pues los ciudadanos solo quieren una buena gestión y recibir los servicios por los que pagan.

La pataleta de las mociones de censura simplemente para “arrebatar” el poder al contrincante debería tener alguna especie de reproche. No estaría mal que si la pierden paguen de su bolsillo los costes del pleno. Sería un buen detalle para las arcas del Concello.

Ningún votante entrega un cheque en blanco, suele ser un acto meditado en el que el cerebro pesa más que el estómago y el corazón. Defraudar al elector suele provocar reacciones muy diversas, en ocasiones viscerales. Y la memoria permanece dos y cuatro años.

El ciudadano quiere estabilidad a nivel local, autonómico y central. Pasa de los altibajos y de las riñas de los políticos, de sus aspiraciones y también de sus pretensiones o ambiciones personales, que suelen rozar el infinito.

Quedan solo dos años más para la prueba del siete. ¡Dejen que sean los ciudadanos quienes tomen la decisión! No les mareen con sus cuitas, salvo que haya un argumento sólido basado en el interés general.

La lucha de poderes –obviamente, no la que propugnó Montesquieu–, debe cimentarse en las causas de reprobación ordinarias. A falta de ellas debe tenerse en cuenta lo acordado en el primer momento. Toda acción diferente es una deslealtad a los ciudadanos que votaron en conciencia, que se arriesga a un volatil soplido de un débil flor ¡Viva la botánica!

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