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Adolfo Martínez | Integrante de Palla Mollada
Adolfo Martínez Gaiteiro, de 96 años de edad

“Viajamos con las gaitas en una gamela, con un mar embravecido, para un recital de cuatro días en Ons"

Adolfo Martínez recuerda sus tiempos en Palla Mollada. Iñaki Abella

Adolfo Martínez rememora sus años de gaiteiro junto a Jarafete  (Manuel Fontán) y mantiene la misma pasión que entonces por una música que le sigue prendando y emocionando a sus 96 años. Con una mente viva en sus recuerdos, se mantiene ágil con un transistor de radio, fiel compañero, y la prensa escrita diaria que, camino del siglo, él aún lee hoy con gafas.

–¿Cuándo se inició con la gaita?

– Fue con 13 o 14 años, cuando la Guerra Civil, en que hice con mis propias manos una gaita, con vejiga de cerdo a la que puse unas cañas. Así empecé a tocar yo solo.

–¿Y la primera gaita que compró?

– La compré a un artesano en Oubiña que las fabricaba, y me costó 150 pesetas (90 céntimos de euros hoy).

– ¿Cómo vestían para las actuaciones los integrantes de Palla Mollada?

– En los años 40 empezamos vistiendo un pantalón blanco de la Marina, que solíamos comprárselos cuando regresaban soldados que habían servido en ese cuerpo. Luego, camisola blanca, un faja roja, un chaleco que nos hacía la costurera Carmen García que cosía en su taller, en la de Otero en Meaño.

–¿Cómo se desplazaban para salvar las distancias para actuar?

– A pie, caminábamos muchísimo. Incluso cuando íbamos a Dorrón o a Raxó, subíamos hasta Armenteira a pie, para bajar con los demás, y caminábamos más de 20 kilómetros para llegar. Luego, lo mismo al regreso, metidos en la noche. Cada uno iba equipado con su botella de vino y la comida dentro de una fiambrera de aluminio. Cuando íbamos para dos días no regresábamos, y llevábamos la comida: un pez asado para un día, encima de una tortilla que era para el día siguiente.

– ¿Cuál fue ese desplazamiento duro que recuerda?

– El que hicimos en gamela hasta Ons donde teníamos que tocar durante cuatro días. Viajamos dos en una gamela y otros dos en otra, con un remero en cada una. Fue un viaje largo, con unas olas que daban miedo… Y nos pedían que empezáramos a tocar cuando nos íbamos acercando, para que nos oyeran ya las gaitas la gente de Ons. Allí hacíamos noche en las casas de los vecinos, que eran muy bajas, tanto que teníamos que agacharnos para estar dentro, y durmiendo dos en una cama y dos en otra.

– ¿Era el mar la forma de llegar a zonas de costa?

– Sí. Recuerdo que en una ocasión tocábamos por la noche en O Grove, cuando acabamos embarcamos en gamelas para ir a Poio, donde teníamos que tocar a la mañana siguiente. Viajamos de noche, lloviendo y llegamos al alba empapados… Tanto que los vecinos de Poio tuvieron que dejarnos unas ropas secas. Y al acabar, regreso andando hasta Armenteira y Cobas.

– ¿Recuerda algunas de las piezas de aquel repertorio de “Palla Mollada”?

– De una manera especial, la “Muiñeira de Chantada”.

– ¿Cuánto percibían en aquellas primeras actuaciones de los años 40?

–Solíamos cobrar 15 pesetas por barba, que suponía hacer alboradas, procesión y en la verbena de noche. O Jarafete era el encargado de cobrar, y de hacer el reparto.

– Cuando “Palla Mollada” se extinguió: ¿siguió tocando la gaita, aunque fuera en casa?

– No, la dejé por completo. Pero a mis 96 años me sigue emocionando escucharla. Vengo de estar meses en el hospital y una enfermera que ponía vídeos de danza y baile tradicional de un grupo suyo… Y a mí eso me daba una felicidad enorme, me emocionaba, la gaita es mi vida.

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