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Francisco Gascón | Teniente Jefe de la Unidad de Patrimonio Histórico

“Los coleccionistas privados son el destino de las piezas”

Francisco Gascón, en su despacho de la Comandancia.

El teniente Francisco Gascón lleva cerca de una década siendo el responsable del equipo de Patrimonio de la Comandancia de la Guardia Civil de Pontevedra, en cuyo grupo operativo se encuentra el equipo dedicado a la investigación del Patrimonio Histórico.

–¿Qué lleva a una persona a apropiarse de este tipo de objetos? ¿Son conscientes del valor que posee?

–Hay dos tipos de autor, el que sabe perfectamente lo que está sustrayendo y aquel que sabe que es algo de valor, pero realmente no es consciente de él. La mayor parte son de estos últimos, que asaltan, por ejemplo, una iglesia y se llevan un elemento de cierto valor. Es ahí cuando aparece el receptador, que puede ser un coleccionista o una persona que tiene un negocio de compraventa de antigüedades. Ese sí es una persona experta y actúa con dolo, además de ganar mucho dinero con la venta. Al primero no le exime no tener conocimiento.

–¿Donde suelen acabar este tipo de piezas cuando son sustraídas?

–En el mercado negro. Evidentemente, el motivo de su sustracción es meramente económico y, una vez que pasa a las manos del receptador, este suele buscar un cliente que le pague lo máximo posible por ella. Acostumbran a ser coleccionistas privados que solo quieren tenerla en su casa para mirarlas por lo que resulta muy complicado dar con ellas una vez que entran en ese circuito, y más si se encaminan hacia el extranjero.

–¿Una vez llegan al extranjero es imposible recuperarlas?

–Es difícil, pero no imposible. La Guardia Civil tiene una colaboración estrecha con Europol e Interpol, por lo que podemos lanzar una alerta internacional para localizar la pieza en cuestión. Contamos con mucha legislación de la Unión Europea para la protección de los bienes con un alto valor histórico, algo que nos ayuda en nuestras investigaciones.

–¿El arte religioso es el que más sufre estos expolios?

–La situación de las iglesias es algo complejo. Una gran parte de ellas están aisladas, su párroco lleva cuatro y no está pendiente todo el tiempo de ellas, por lo que resulta relativamente sencillo entrar y robar. Para identificar las piezas, incluso el inventario no suele ser muy exhaustivo, por eso recurrimos a los seglares que ayudan en las iglesias, porque ellos son capaces de identificar una talla, una determinada ropa. En Vilanova, no solo fue el cura el que denunció, lo hizo apoyado por gente que conocía la iglesia y los bienes que habían desaparecido. Aunque los bienes de la iglesia no se pueden vender, siempre hay un comprador, eso es algo que sabemos de lo ocurrido en Castilla y León, donde las iglesias fueron expoliadas y sus efectos vendidos por anticuarios de diferentes puntos.

–¿Cómo se investiga el origen de una pieza determinada y cómo se catalogan?

–Es un trabajo muy concienzudo y de hormiga prácticamente. Una vez que localizamos la pieza se contacta con los organismos competentes, en nuestro caso, la Xunta de Galicia. Si sus técnicos no la tienen catalogada, comenzamos un periplo por diferentes organismos, sobre todo museos, para conseguir que se elabore un informe en el que se identifique la pieza y cuál es su valor. Por ejemplo, cuando aparece un cañón de los pecios hundidos en Rande, pues acudimos al Museo de la Armada de Ferrol, que cuenta con especialistas en este tipo de piezas. En la práctica somos los agentes de la Guardia Civil los que intervenimos la mayoría de las piezas y los que contactamos con los organismos para identificarlas.

–¿Cuentan con una base de datos para identificar los objetos que han sido robados?

–En nuestra fase de investigación y análisis, además de analizar los objetos que intervenimos y aquellos que sabemos que han sido robados o han desaparecido, hemos hecho un estudio de la evolución anual de los robos. Desde 1980 hasta 2018, nos consta que se han robado cinco “petos de ánimas”, 180 tallas de santos de las que tenemos un amplio catálogo y han desaparecido un total de 26 cruceiros. Esa base de datos nos sirve de mucha ayuda, porque nos permite identificar una campana que aparece en Boiro, pero cuya falta había sido denunciada en Sanxenxo, por ejemplo. También nos ayuda a comparar año por año la evolución de los robos o los daños al patrimonio histórico. En estos momentos no es algo preocupante, pero, por ejemplo, los años 80 fueron bestiales, y en ese descenso ha tenido que ver la especialización de los agentes de la Guardia Civil para combatir este tipo de delitos.

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