Panagoulis, el "héroe" que hizo perder la cabeza a la Fallaci

30.10.2016 | 02:28
Oriana acudió a Atenas al entierro de Alekos, cuya muerte para ella no fue fortuita y defendió que le habían asesinado.

"Era tu voz la que decía: 'Hola, has venido'". Y era una voz que sólo oyéndola se perdía la paz para siempre". Así describe Oriana Fallaci ("Un hombre", 1979) su primer encuentro con el que ha pasado a la historia como el gran amor de su vida: Alexandros Panagoulis, un político y poeta griego que cuando la conoció, en agosto de 1973, tenía 38 años, 10 menos que ella. No solo era más joven, sino también más inculto, tenía mucho menos mundo que ella y carecía de cualquier atractivo físico. Aún así, Alekos (como ella le llamaba) era un héroe: "En él reconocí de verdad a muchas de las criaturas que había conocido por el mundo, unas criaturas que habían dado su vida en aras de un ideal y que por ese ideal habían padecido unas torturas espantosas, la cárcel y, con frecuencia, la muerte".

La Fallaci, en 1973, era ya una famosa y reconocida periodista en todo el mundo, pero cayó rendida ante la fuerte personalidad que exhibía Panagoulis. Y como ella misma dejó escrito, al conocerle perdió la paz para siempre.

Este año se han cumplido 10 y 40, respectivamente, de la muerte de la periodista y del político. Ella se fue en septiembre de 2006 en Florencia, víctima de cáncer al que plantó cara infructuosamente. Él, en mayo de 1976, en un accidente de tráfico en Atenas que para su última compañera de vida y sus seguidores no fue tal, sino una maniobra del poder para evitar que el perseverante Panagoulis, entonces diputado independiente en el parlamento griego, hiciera públicos unos documentos que delataban la colaboración de algunos miembros del gobierno con la anterior junta militar.

Tres años después Oriana Fallaci publicó "Un Uomo" -"Un hombre" traducido del italiano al español- donde relata su relación con Alekos en un intento de ajustar cuentas con su injusto destino, de homenajearle y de contar al mundo quién era realmente el diminuto, feúcho y avejentado griego (pese a su joven edad) que la conquistó. Pero "Un uomo" es también un ajuste de cuentas con ella misma, la tarea de poner en orden y analizar su intensa y, sobre todo, atormentada relación de amor que comenzó en una pequeña habitación de un suburbio de Atenas, la casa familiar a la que Panagoulis había vuelto tras ser excarcelado y a la que ella acudió a entrevistarle para "L'Europeo". Era el héroe del momento. Había estado cinco años en prisión, donde sufrió severas torturas y se libró de la pena de muerte por el intento de asesinato frustrado del dictador Papadopoulos en agosto de 1968. Esos años encarcelado en una diminuta celda de Boiati hicieron mucho daño a Alekos, quien pese al esfuerzo de la periodista por hacerle pasar página nunca los logró olvidar.

Porque Oriana, que ha pasado a la historia como mujer independiente y dueña de su vida, renunció a muchas cosas por estar al lado del Panagoulis. Lo primero, a su carrera. El flechazo en Atenas fue instantáneo y aunque la periodista se fue, volvió al poco al conocer que él estaba ingresado. Le convenció de que viajara con ella a Italia, donde le llevó a su Toscana natal y le presentó a sus padres. Tras dos desengaños amorosos, la Fallaci volvía a iniciar una relación de sumisión, en la que ella cuidaba y mantenía al inestable Alekos, le perdonaba sus constantes cambios de humor, le alentaba a escribir y a recuperar los poemas escritos en la cárcel, le pasaba por alto sus gestos de hombre chapado a la antigua y admitía sus vejaciones, en ocasiones, en público. Por él renunció a viajar y a cubrir acontecimientos importantes para el periódico: lo que quería o sentía Alekos siempre estaba por delante. Las broncas monumentales eran algo habitual en la pareja, que aún así encontró el equilibrio: darse un tiempo de vez en cuando, alejarse.

Oriana abandonaba de vez de cuando el piso que compartían en Florencia para trabajar y darle libertad a Panagoulis, quien nunca se libró de sus dos obsesiones: conocer el destino de su hermano desaparecido Georgios y hacer públicos los papeles secretos de la policía militar griega.

¿Por qué alguien de tanto temperamento y tanta personalidad como la Fallaci siguió como un perrito faldero al caprichoso Alekos?

La respuesta la da ella misma: "Es un hombre realmente extraordinario. Ama de verdad la libertad, no sólo de boquilla". La libertad que ella siempre había defendido con uñas y dientes era la misma a la que renunciaba por haber encontrado un hombre que la encarnaba.

En 1974 él decidió volver a Atenas para participar en las primeras elecciones democráticas y ella le dejó ir. Se veían de vez en cuando, hablaban por teléfono constantemente. Oriana contaba que la distancia fortalecía su relación, pero de puertas afuera sus amigos veían que se apagaba. No hubo tiempo a que la pareja rompiera y se alejase de forma definitiva. La muerte de Alekos (el coche que conducía cuando se estrelló era un regalo de la periodista) les unió para siempre.

"En mi vida había dos personas que me importan más que mi propia vida: mi hombre y mi madre. Y los dos murieron, uno detrás de otro, en ocho meses". Nació entonces la Oriana de la última época; fría, deslenguada, inconmovible...

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