Nos equivocamos..., aprendemos

Se cumplen 140 años del derribo de las Torres Arzobispales y gran parte de la muralla medieval: tenía más de 5 metros de alto, cinco puertas y se extendía por un perímetro de 2.170 metros

17.03.2013 | 00:00
Óleo de Celso García de la Riega en el que aparecen las Torres Arzobispales, demolidas en 1873.
Óleo de Celso García de la Riega en el que aparecen las Torres Arzobispales, demolidas en 1873.

Se extendía a lo largo de 2.170 metros, poco menos que la muralla de Lugo, tenía entre 5 y 7 metros de alto y más de 2 de ancho. Durante siglos el centro histórico de Pontevedra estuvo rodeado por una gran cerca cuya utilidad fue inicialmente defensiva y posteriormente mercantil. La muralla medieval contaba con seis puertas, a mayores de postigos y torreones, y permaneció en pie hasta mediados del siglo XIX. Se cumplen 140 años del derribo de su principal fortificación, las Torres Arzobispales, emblema del poder del obispo compostelano en Pontevedra.

Existen personas capaces de cambiar el mundo. Juan López Suárez, Xan de Forcados, que entre otros empeños definitivos para Galicia crearía la Misión Biológica, fue uno de ellos. Su tesón, coraje y sensibilidad evitaron que se derribase la muralla de Lugo, la única datada en el imperio romano que se conserva en el mundo.

La bellísima fortificación lucense tiene un perímetro de 2.266 metros, poco más que el que tuvo un día la muralla medieval de Pontevedra.

Ésta no fue seguramente el único cercado que rodeó la ciudad. Historiadores como Juan Juega o Xosé Fortes recuerdan que tanto el primitivo San Bartolomé (construido antes del siglo XIII) como San Francisco, un convento mendicante, se erigieron originalmente fuera del recinto amurallado, de modo que hubo al menos uno anterior a la fortificación que se conservó en pie hasta mediados del siglo XIX.

Varios dibujos conservados en el Archivo de Simancas, la vista de Pier María Baldi de 1669 y el plano de Agustín Portela, a los que se sumaron en años recientes las excavaciones arqueológicas, permiten reconstruir su trazado entre las actuales calles Sierra, Padre Amoedo, Cobián Rofignac (un tramo cuyos últimos vestigios aparecen en la fotografía), Benito Corbal, Michelena y Arzobispo Malvar, el donde se conserva el único resto todavía intacto.

Éste permite deducir que el cercado tendría aproximadamente entre 5 y 7 metros de altura, más de 2 de ancho y estaba rematada hacia el exterior con un borde con almenas.

"Por la parte inferior de la muralla", explica Xosé Fortes en la obra Pontevedra en el espejo del tiempo, "discurría un camino de ronda desde el que se accedía al adarve por varias escalinatas, y por el exterior estaba protegida por un foso o cava, según podemos deducir de varios testimonios, entre los cuales cabría citar el relato del asalto a la villa por las tropas del duque de Lancaster de las Crónicas de Froissart".

Rodeaba unas 36 hectáreas, fortificadas a partir de las últimas décadas del siglo XIII y principios del XIV.

Un siglo después, tal y como probaron los estudios de De la Peña Santos, Enrique Sotelo y Juan Juega, la cerca ya había perdido gran parte de su función como defensa bélica y su cometido real era el mercantil.

A partir de ese momento su misión básica consiste en vallar un territorio en el que se realizaba un control fiscal de las transacciones comerciales.

Contaba con cinco puertas principales: Santa María, situada frente a la fachada principal de la basílica; Puente; Santo Domingo; Trabancas, por la que discurría el hoy llamado Camino Portugués y Santa Clara. Hasta 1842 estos accesos a la zona intramuros (reforzadas con postigos y torreones, a la cabeza las Torres Arzobispales) se cerraban cada noche.

"No todas las puertas tenían la misma función", explica el historiador Juan Juega, "por ejemplo todo el vino procedente del Ribeiro tenía que entrar obligatoriamente por la de Santa Clara para su distribución en la villa".

Las Torres eran el edificio más imponente. Constaban de tres pisos y realizadas en excelente sillería, con una cerca hacia la plaza y un puente levadizo y almenas en la zona lindante con A Moureira.

Por su parte, los postigos, ubicados en zonas como San Francisco o Galera, eran pequeñas aberturas en el cercado para dar servicio a los vecinos.

Una medición del XVI estableció que se extendía a lo largo 2.600 varas castellanas de la época, aproximadamente 2.170 metros. En ese mismo siglo Rodríguez Moñiz se refiere a la "muy ruin fábrica y delgada" de los muros.

Con todo, cumplió su función defensiva hasta bien entrado el tiempo, por ejemplo los ataques de Pedro Madruga o el inglés de 1719.

Si bien resultaba recia y todo parece apuntar que fue sometida a una reforma estructural en el siglo XVII, su aspecto exterior era en muchos tramos bastante basto y heterogéneo (aunque mejoraba en los torreones y puertas) hasta el punto de que cuando se acometió su derribo definitivo, el concello no pudo, como preveía, vender a buen precio gran parte del material.

Su demolición se realizó por fases. Hace 160 años el concello aprueba la demolición de la Puerta de Trabancas.

La piqueta siguió por la puerta de Santa María y las escalinatas "que impedían ensanchar la carretera que unía el puente de O Burgo y la puerta de Santo Domingo, y en los dos años siguientes la puerta de Galera y la puerta de Santo Domingo. Esta última fue adquirida por la hacienda pública para convertirla en portada de la fachada del convento franciscano, convertido en palacio provincial", señala Fortes Bouzán.

Al firmar la orden de derribo de las Torres Arzobispales en 1873, el gobernador civil las señala como una "huella del feudalismo", lo que sumado a su estado de ruinas acabaría por sellar su destino.

El concello obtuvo finalmente con la demolición 10.000 carros de piedra, 4.000 de los cuales fueron subastados y los sillares de menor calidad reutilizados para distintas obras públicas.

La siguiente demolición, el tramo de la actual calle Michelena y a partir de 1898 caería el cercado situado entre la puerta de Trabancas y San Francisco y también la de Cobián Rofignac.... En apenas treinta años, se había destruido gran parte de los tesoros medievales de la ciudad.

Pontevedra no cuenta ni con la décima parte de patrimonio (mucho menos tan antiguo) que atesora en su subsuelo la riquísima Lucus Augusta, pero paradójicamente ésta permanece prácticamente sin excavaciones mientras que las instituciones de Pontevedra ha destinado fondos millonarios al análisis de sus restos arqueológicos. Vayan pues los errores como caminos de aprendizaje.

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