con otra cara

¿Quién es el monstruo?

23.06.2014 | 02:59

Vaya semanita. Con el fiasco de la Selección en el Mundial o la proclamación de Felipe VI, parece imposible acercarse a otros temas que van circulando por ahí. Sin embargo, entre la imagen llorosa de Casillas o el Felipe Varela de Letizia, me encontré el otro día con una noticia ante la que no pude evitar pararme. Reflejaba el caso de una niña de tres años, Victoria Wilcher, a la que en un restaurante norteamericano le pidieron que se marchara porque su aspecto incomodaba a otros clientes. No, no es que la cría fuera sucia y oliera mal, ni que estuviera dando saltos sobre las mesas lanzando trozos de hamburguesa a los comensales.

El problema es que la pequeña tiene la cara llena de cicatrices y un ojo tapado con un parche tras ser atacada por un pitbull. Si buscan su foto, se encontrarán con una niña preciosa en cuya cara, por desgracia, se ven los signos del ataque del perro; una imagen que, lejos de causar rechazo, genera ternura y ganas de protegerla ante el horror que tuvo que sufrir. La niña, pese a todo, sonríe a la cámara con su parche pintado con una cara de muñeca sobre el ojo que ha perdido. Pensar que alguien pueda echar a esta criatura de un restaurante por su aspecto, incrementando su sufrimiento y el de su familia, me provoca escalofríos. ¿Estamos locos o qué?

Lo peor de esto es que, por desgracia, la huella de la tragedia la acompañarán a lo largo de su vida o, al menos, sin duda, de su infancia. Cuando yo tenía 11 o 12 años había en el colegio una compañera que tenía una parte de la cara cubierta con una gran mancha roja provocada por una quemadura cuya causa jamás llegue a saber. Algunos críos, con la crueldad de su corta edad, se burlaban de ella y la llamaban monstruo. Alguien me dijo que con el tiempo lo superó, pero hasta que le perdí la pista, la recuerdo como una niña, y una adolescente después, retraída y solitaria.

Con los años me arrepentí de no haberla ayudado más y no haberme acercado a ella cuando me la cruzaba por los pasillos del colegio, pero por entonces andaba yo más pendiente del rubito que se sentaba en la última fila de la clase que de aquella cría que no abría la boca más que para recitar los verbos. Supongo que, como a ella, a Victoria Wilcher le espera una infancia difícil si es que los niños con los que se relaciona son tan inmisericordes y crueles como lo éramos nosotros. Lo que jamás se me había pasado por la cabeza hasta ahora es que mi antigua compañera hubiera podido sufrir también algún tipo de discriminación o rechazo debido a la quemadura de su cara por parte de los adultos.

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