personas, casos y cosas de ayer y de hoy

Los viajes como cura del localismo

27.04.2014 | 03:29

Cada día me siento más proclive a no moverme del bonito y acogedor pueblo donde vivo, Boimorto, una parroquia del ayuntamiento de Vilamarín, cuyo nombre no tiene el origen que de entrada puede impresionar. En efecto, la etimología de Boimorto no es la que parece y, en su día y de forma concienzuda, me fue explicada por su párroco actual, don Orlando Sánchez Nóvoa, cumplidor y eficaz sacerdote, a la vez que querido amigo y buen profesor, hoy jubilado de sus tareas docentes. Boimorto no tiene nada que ver con moros muertos ni buey muerto, sino lugar de mucha piedra -boi = piedra y mor, del preindoeuropeo, = piedra-, dicho de otra manera, emplazamiento muy pedregoso. Así, con la seguridad que da estar instalado sobre rocas, en uno de los mayores chaos de nuestra provincia, al abrigo de la sierra de Martiñá (1058 m), muy cerca del río Barbantiño y con buena masa forestal, he huido de las nieblas invernales y de los calores de nuestra capital. Aunque también es verdad que hay formas alternativas de vagar. Una manera de hacerlo sin ausentarse es a través de la lectura, cuyo paradigma son los libros de viajes, tanto los clásicos como los modernos, que van desde las Estampas de Italia de Charles Dickens a Viajes y otros viajes de Antonio Tabucchi, pasando por Donde la eternidad envejece de César Antonio Molina o Mitteleuropa de Vicente Risco, obra por la que nuestro intelectual fue catalogado como "aldeano universal" y por la que él mismo afirmó: "Todo o que hai en min de coitado, de badoco, de provinciano, de apoucado, de metido na casa revólvese dentro do meu peito nun pulo de protesta e de espanto". Otra forma de transitar sin desplazarse es conectarse a internet, lo que no es tan fácil como parece y requiere tiempo para orientarse, pero que supone oportunidad y nuevos horizontes.

Con todo es necesario huir del sedentarismo y tener contacto directo con los pueblos y sus habitantes. La vida me ha dado la oportunidad de viajar, en unas ocasiones, las más, por desplazamientos de carácter profesional y en otras, las menos, por placer y búsqueda de conocimiento y cultura. Los viajes nos brindan la ocasión de conocer diversos pueblos, paisajes, ciudades, aldeas, monumentos, gentes, culturas y costumbres. Todo ello queda grabado en nosotros mismos y agranda nuestra vida. A pesar de las limitaciones impuestas por la falta de una lengua común, en general siempre se encuentra comprensión y respeto mutuo, unidos a un ambiente amable y un afán de agradar. Me gustan los lugares extraños y lejanos, en los que me resulta muy atractivo mezclarme con sus gentes que pronto me son familiares. Cuanto más distante, más recóndito, y menos conocido es un lugar o un monumento, aparece más fascinante, sobre todo si llegan pocos visitantes o su accesibilidad es muy limitada. En cada lugar, lleno de grandeza o limitado por la miseria, se advierte la diversidad humana de su población. He quedado sorprendido ante la belleza de algunos países y su riqueza artística y arquitectónica pasadas, que proclaman su grandeza anterior, antítesis de su depresión actual, posiblemente debida, en unos casos, a la incompetencia de sus gobiernos y, en otros, a la invasión y el abuso de otras naciones. En cada pueblo -a pesar de que media humanidad viaja y bastantes se quedan, se unen y las razas se mezclan-, se advierten las características étnicas diferenciales, incluida la belleza casi insultante de las mujeres de determinados lugares. Incluso se ha escrito, sin carácter despectivo, que hasta las voces tienen color: las voces amarillas cantan, las negras gargarizan y nuestras voces blancas hablan. Lo que sí es verdad es que hay voces que se escuchan y se imponen; otras no consiguen hacerse oír. En los viajes se evidencian diferencias intolerables en la situación personal de los hombres. Algunos viven en circunstancias tan malas, que su visión solamente llega a otros que aún están peor; sin embargo, no alcanza a los que están en condiciones normales, lo que es posible, no lo sé, que al ser lo habitual disminuya su obligado sufrimiento.

Para tratar de explicar la manera de viajar por el propio país Josep Pla echó mano de Goya, para decir que se paseaba por nuestra patria como si fuese un extranjero, lo que explicaba lo pintoresco y la profundidad de su visión. Esta forma de viajar la he hecho mía, lo que me permite ver lo propio, lo que se conoce y comparte, no en su intimidad sino con ojos de notario; mientras que, por el contrario, trato de ver lo ajeno con el corazón.

Hay personas que no tienen el menor interés en viajar, ni la menor curiosidad por saber, comprender e intercambiar sus "personas, casos y cosas" del resto de España y del planeta. Su país, o para los más exagerados su aldea, es el mejor de los mundos, lo más maravilloso en todo y sus gentes el no va más. Incluso van más allá y entienden por contaminación cualquier cosa que venga del exterior. El citado Pla los denominó localistas y al igual que él nada tengo en su contra, pues todo tiene sus raíces y es mejor empezar desde abajo para luego ir subiendo y sumando y, desde luego, no empezar por arriba, imponiendo por la fuerza. Lo malo viene cuando desorbitan sus sentimientos, quieren quedarse en lo primario, no ven más que defectos en los demás pueblos, incluso en sus propios vecinos cuando no piensan como ellos y proyectan sus convencimientos o creencias a lo político y a lo económico. Y lo que es peor, deifican sus ideas y pretenden imponerlas a modo de credo único. ¿Cuál es la causa? Es posible que el único vínculo sea la mediocridad y la envidia. Sus limitaciones les llevan a encerrarse en su propio y endogámico círculo, a hacer poco o nada y a emprender una crítica despiadada y repugnante contra los que sí hacen algo real y digno. Son los que en todos los terrenos, bien sean personales, profesionales o político-sociales, ni hacen ni dejan hacer, que en el mundo de los perros es ser como El perro del hortelano de Lope de Vega, que ni come ni deja comer. Son de una primariedad tan absoluta que lo único bueno es su tierra y ellos mismos, hasta el punto de que no creo que siquiera aprecien a los rayanos.

En el libro Diálogos Famosos, Salvador de Madariaga, "español de nación, ciudadano del mundo por convicción" dejó escrito: "?y con la fe más ferviente en los Estados Unidos del mundo futuro". Para él la vida colectiva es vida y la sociedad humana un hecho biológico y el internacionalismo iría más allá de la mera cooperativa de egoísmos nacionales, sin afectar a la dignidad individual, pues a cada cual le toca habérselas con su propio destino.

Mi último viaje familiar y para visitar a alguno de mis hijos, aprovechando la Semana Santa, ha sido por Asturias, Cantabria y Castilla León, que me ha dado pie al suelto de hoy. Con la comodidad que proporcionan las nuevas autovías, en poco tiempo nos hemos desplazado a Oviedo, capital del Principado de Asturias, ciudad cálida y bella, con angostas calles que nos recuerdan su época medieval, bonitas plazas, atractivos mercados y sus más de cien esculturas en las calles representando personajes típicos o célebres. Sólo por encontrarse con cada una de estas figuras, realizadas por destacados escultores, y fotografiarse con ellas, merece la pena la visita. Allí acudió mi hijo Federico con su familia -que incluye a Federico Martinón IV, ¿será pediatra?, y a su esposa Cristina, ovetense de nacimiento. No nos faltó el típico vermú añejo en La Paloma, seguido de una estupenda fabada en La máquina de Lugones. Al día siguiente a Santander, donde nos esperaba la familia de mi nuera Cristina, los Ferrero -encabezados por su padre Javier Ferrero-, que nos acogieron con cariño y generosidad desbordantes. Santander, capital de Cantabria, tiene para los Martinón un significado especial porque allí se formó mi padre como pediatra -bajo la tutela del profesor Guillermo Arce- y allí acudió después cada año con mi madre para disfrutar de una ciudad que reúne todo lo agradable para vivir, tras su reconstrucción después de las penurias de la Guerra Civil y el espantoso incendio de 1941, en el que llegaron a arder 1800 viviendas. Después de ser invitados a degustar los excelentes pescados del norte en La Posada del mar, la jornada terminó con un coctel en Master, elaborado por el muy premiado Juan Gutiérrez y casi tan bueno como uno de los que hace el autor de estos artículos (ocasión tendré para enseñarles). Al día siguiente estancia en Burgos, donde residen mi hija María, su marido Mark Sier y sus dos hijos. Es decir, una ourensana y un holandés se han hecho castellanos de adopción para investigar en Atapuerca el origen de la humanidad y contribuir a hacer patente que en una sociedad estable y capacitada no caben sentimentalismos locales abyectos e intrigantes, disfrazados de humildad y amor, pero excluyentes y penosos. A nosotros se sumó mi hija Georgina, geriatra en Ciudad Real, en compañía de su hija. Todos al día siguiente, Viernes Santo, nos marchamos al Monasterio de Silos, en el que después de una corta visita, asistimos a una celebración religiosa y escuchamos las prodigiosas voces de los benedictinos. Al regreso, parada y comida en Covarrubias, la cuna de Castilla. Frente a su Colegiata la estatua de la dulce princesa Cristina de Noruega, que aunque destinada a Alfonso X el Sabio, terminó casándose con su hijo Felipe en 1258, para acabar muriéndose de melancolía en Sevilla, tras cuatro años de matrimonio, añorando los fiordos noruegos. Por la tarde en Burgos, una oportunidad única, contemplar una réplica de la imagen del Santo Cristo de Burgos que ha permitido que, por primera vez, haya desfilado en la procesión del Santo Entierro en el año en que la Semana Santa burgalesa fue declarada de interés Turístico Nacional. Es una extraordinaria imitación de la talla del siglo XIV de la catedral de Burgos, realizada con los mismos materiales, técnicas y formas que el Cristo de la catedral de Ourense. La devoción a esa imagen se extiende a muchas cofradías y hermandades españolas e hispanoamericanas y, de manera especial, es muy querida entre los peregrinos a Santiago. Precisamente en su albergue de peregrinos, la antigua "Casa del Cubo" de la Orden de Malta, desayunamos antes de nuestro regreso a Ourense.

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