Chusma

26.05.2013 | 11:24

En una feria del libro, frente a la caseta en la que Fernando Savater firmaba, se colocó un grandullón en bermudas, cabe que ni fuera independentista, gritando repetidamente ¡hijoputafacha! Consiguió el minuto de gloria que sin duda buscaba; la chusma actúa así, para hacerse notar, para ser protagonista de algo.
Al calor de los "escraches", los escandalizados vocacionales y protestatarios profesionales ajustan cuentas sacando en procesión la indignación de los oprimidos y otras pamplinas que amparan el acoso, juicio sumarísimo y condena de los "fachas". Para la arbitraria chusma, facha puede ser quien escribe sin demasiadas faltas de ortografía y se lava los dientes todos los días o gasta corbata y vota a un partido acendradamente democrático o, caso de Savater, argumenta con impecable lógica. Salvando las distancias, chusma como el de la feria del libro o las tricoteuses de los escraches recuerdan al abogado de los Ceausescu que mantuvo ante el tribunal que los acusados habían gozado de todas las garantías procesales, la culpabilidad era evidente y, punto final, merecían la muerte.
No todos los defensores son de la misma pasta. Savater defiende causas en las que se juega la vida –en eso se parece a Malesherbes– o como mínimo la tranquilidad, de la que, por cierto, disfrutan bastantes asesinos, y colaboradores, cuyos nombres serán homenajeados en placas callejeras que, no obstante, los de la chatarra malvenderán a las primeras de cambio ¿Malesherbes? Sí, consejero de Luis XVI, asumió su defensa ante la Convention. Fue guillotinado por orden de un jefe de la chusma, el progresista Robespierre, junto con su yerno, hija y nieta. Por haber tratado al rey de Majesté en lugar de ciudadano Louis Capet.
Celestino Cabarcos Suárez, párroco de Lagoa, publicó poemas en gallego durante la Guerra Civil rudamente belicosos para con el galleguismo republicano. Hoy sería promotor de normalización lingüística férvida y mucha. Los/as proponentes de la normalización a ultranza convierten el sintagma "españolista extremista" , por su carga despectiva, en insulto ritual. Muy manido, obviamente, pero no dan más de sí, ni ellos ni las monjas alféreces afiliadas al cavernario conventículo. El odio encapsulado en "españolista extremista" resulta, como todo lo que concierne a las fobias obsesivas, imposible de desactivar racionalmente al soterrarse en espesos instintos tribales, nocturnos, encadenados a oscuras mazmorras mentales, inaccesibles a la luz de la razón. El insulto, o lo que sea, lo lanza la chusma siempre que se debate si forzar la normalización fuese oportuno o, por el contrario, rompiese la filiación natural con el gallego y provocase rechazo y crispación en buena parte de la población. Ocurre con la lengua gallega, temo, como con el canario del cuento de Roa Bastos –"La flecha y la manzana"– que la niña metió en la nevera para que no sufriera calor. Hay, sí, amores que matan cuando el amante confunde amor y celos, historia y pasado, arraigo y tradición, reivindicación y resentimiento.
De la indignación acepto la irreverencia saludable, fresca, renovadora. También en esto de escribir –actividad, como el andamio y el toreo, de quien no vale para otra cosa, decía el maestro– cada cual emplea su propio tono –desenvuelto y sentencioso, provocador y truculento, docto y despreciativo, esquinero e insolente–, pero tan inadmisibles son aquí como en las bancadas parlamentarias los hipócritas sentimientos de indignación que pretenden justificar procedimientos de descalificación antidemocrática del adversario. Empero, cuando se vive buscando el halago de la chusma resulta muy rentable acosar al orador de turno e intentar acallarlo dando impunemente un puñetazo en su escaño en plan torerillo perfilero.
Los torerillos perfileros tienen un público, almas gregarias, que los arropan con el calor de la cuadra. Porque España ha caído en un confort moral sostenido por el andamiaje ideológico más cutre que quepa imaginar, narcisista, repleto de filantropía vacua, compendio de estereotipos y normas neofascistas ritualizadas que intentan substituir a conveniencia la democrática legalidad por la legitimidad cuasi golpista. Quiere decirse, no otra razón invocaron los insurrectos de 1936: legitimidad contra legalidad. Algo han cambiado las maneras y actualmente los de la legitimidad, sin echarse al monte, le echan buen rollito y lagrimeo patriotero al golpe de Estado en ciernes cargando el trabuco con la metralla del "derecho a decidir" y demás fraseología prêt à porter.
Esta época pasará a la historia de España como la de la ideología de la lágrima patriotera y buenista. Y neofascista, por su extremismo y relativismo. Aun así, en todo hay clases. A Stalin se le saltaban las lágrimas leyendo a Mayakovski; a Franco, oyendo a Juanita Reina; a mí, comiendo jamón de bellota salmantino, y al parlamentario del golpe en el escaño se le saltan de emoción cuando se escucha hablar a sí mismo. Ahora bien, el arcoiris emocional de los discursos del susodicho denota absoluta pobreza espiritual pues solo es capaz de reflejar un color: el de la mala leche. Y tan es así que en su logomaquia tabernaria llama "asesino" y "chulo de barra americana" a un adversario político, y "cámara de gas virtual" al Parlamento gallego. Pero hay que reconocerle capacidad para crear escuela. Por ahí anda suelto un su discípulo ladrándole "bocazas" al presidente de la RAG que merece, fuera de cualquier cálculo político, el mayor respeto en su nada fácil papel.
El embrutecimiento narcisista del aludido parlamentario de los golpes, lloriqueos y zapatazos de payaso triste es tan histriónico que sucumbe, en irreprimible desdoblamiento sicótico, a la representación de su propia vida como sheriff justiciero en el centro del mundo, que es su ombligo. Pobre hombre. Todo ello es la consecuencia de saberse un fracasado que nunca llegará a Emperador de Alaska como creía haber llegado el genial John Nash, grande en todo, cuando loqueó.
Una persona inteligente supera un fracaso pero un tonto nunca llega a digerir un éxito. Aunque por sí mismos estos tontilocos, el del lloriqueo y el del ladrido, no valen para nada son socialmente peligrosos estimulados por el calor del establo, Nietzsche dixit, convirtiendo todo a su alrededor en convulsión histérica, aldeanismo cerril y sectarismo inmaduro. Menuda chusma.

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