Dimitir, por ejemplo

Juan José Millás

31.03.2013 | 09:20

Lo de la "conciencia tranquila", señor Griñán, ya no sirve como argumento. No sabemos de nadie que la tenga intranquila. Hable usted con Bárcenas, hable usted con Correa, hable usted con Ana Mato, hable usted con el exmarido de Ana Mato, hable usted con quien quiera, incluso con el mayor asesino en serie de los últimos tiempos: todos le dirán que tienen la conciencia tranquila. Quiere decirse que tener la conciencia tranquila no significa nada o, peor aún, significa que uno está intentando quitarse un muerto de encima. Y lo de los ERE de Andalucía es un muerto de muchos millones, demasiados para tener la conciencia tranquila si uno ha tenido que ver con ellos, bien sea por comisión, bien por omisión. Entonces, usted no puede tener la conciencia tranquila. Si la tiene, peor, pues no cree en las responsabilidades políticas, que deberían ser tan estrictas como las judiciales (cuando lo son).
Ninguna persona sensata puede creerse que el consejero de Economía y Hacienda de un Gobierno autonómico no escuchara el ruido del dinero al precipitarse, en forma de cascada, sobre las cuentas corrientes de los corruptos. Yo, como soy insensato, me lo creo, pero entonces, al creérmelo, no me queda otro remedio que pensar que usted no se enteraba de nada. Si no se enteraba de nada, mal asunto. El no enterarse de lo que uno se debe enterar es uno de esos pecados que deberían producir cierto malestar de conciencia en el pecador. Así que tiene usted (y su compañero, el señor Chávez) pocas salidas, cada una peor que la otra.
Lo malo, con todo, no es lo que le pase a usted, que finalmente es una persona física, y ya sabemos que no hay ninguna imprescindible. Lo malo es lo que le pase al PSOE, que en vez de salir en los papeles por sus iniciativas opositoras en un momento en el que la oposición es más necesaria que el pan, sale por los ERE de Andalucía o por las vergüenzas de Ponferrada, o porque ni está ni se le espera.
–¿Has visto pasar al PSOE?
–No, y llevo aquí dos días.
Dejémonos, pues, de frases retóricas, en las que todo el mundo introduce la palabra "conciencia" y hagamos algo verdaderamente útil. Dimitir, por ejemplo.

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