Días para ir al encuentro de Dios

LUIS QUINTEIRO FIUZA*

23.03.2013 | 04:10

Estamos a las puertas de la Semana Santa. Es tiempo para vivir renovadamente la Pasión, la Muerte y la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Del mismo modo que los discípulos aclamaron a Jesús como Mesías, como el que viene en el nombre del Señor, también nosotros le cantamos con alegría; y, en este año jubilar convocado por el amado Benedicto XVI, confesamos nuestra fe: Jesucristo es la Palabra única y definitiva de Dios Padre, Él es la Palabra hecha carne, Él es quien nos ha hablado de forma definitiva del Dios invisible.

Desde hace siglos, el Domingo de Ramos es el día en que los hombres de todo el mundo van al encuentro de Cristo deseando acompañarlo en sus ciudades y en sus pueblos, para que el mismo Señor permanezca en medio de nosotros. Pero si queremos ir al encuentro de Jesús debemos preguntarnos: ¿Por qué camino quiere guiarnos? ¿Qué esperamos de Él? ¿Qué espera Él de nosotros?

Jesús inicia el camino de la Semana Santa, entrando en Jerusalén montado en un asno prestado, es decir, de la forma más sencilla de todas las posibles. En un primer momento los discípulos no lo entendieron. Sólo después de la Pascua cayeron en la cuenta de que Jesús, al actuar así, cumplía los anuncios de los profetas. En efecto, el Hijo de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero, renunció a su esplendor divino: Se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte (Flp 2, 6). Recordando las palabras de los Santos Padres, podemos afirmar que Dios realizó por medio de Cristo un sacrum commercium: asumió lo que era nuestro, para que nosotros pudiéramos recibir lo que era suyo y ser semejantes a Dios.

El Apóstol Pablo usa explícitamente la imagen de la vestidura refiriéndose a lo que acontece en el bautismo: Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo (Ga 3, 27). Él nos da sus vestidos, que no son algo meramente externo. Significa que entramos en comunión existencial con Él. Que su ser y el nuestro confluyen y se compenetran mutuamente. Cristo se ha puesto nuestros vestidos: el dolor y la alegría de ser hombre, el hambre, la sed, el cansancio, las esperanzas y las desilusiones, el miedo a la muerte, todas nuestras angustias, hasta la propia muerte. Y por su parte, nos ha dado sus vestidos.

Entraremos el Jueves Santo en el Cenáculo para acoger el Don extraordinario de la Eucaristía, del Sacerdocio y del Mandamiento Nuevo. Recorreremos el Viernes Santo la Vía Dolorosa que lleva al Calvario, donde Cristo consumará su sacrificio por nuestra salvación. El Sábado Santo aguardaremos en silencio a introducirnos en la solemne Vigilia Pascual cuando la luz de Cristo resucitado disipe las tinieblas y nos conduzca a una nueva posibilidad de ser hombres. En el día de la resurrección, cantaremos con la secuencia pascual: Scimus Christum surrexisse / a mortuis vere (sabemos que has resucitado, la muerte en ti no manda). Sí, éste es precisamente el núcleo fundamental de nuestra profesión de fe. Éste es el grito de victoria que nos une a todos. Y si Jesús ha resucitado, y por tanto está vivo, ¿quién podrá jamás separarnos de Él? ¿Quién podrá privarnos de su amor que ha vencido al odio y ha derrotado la muerte?

Queridos diocesanos, celebremos esta Semana Santa y la gran fiesta de Pascua con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad (1Co 5, 8). Esta exhortación de san Pablo debe resonar intensamente en nuestros oídos durante estos días grandes. Acojamos la invitación del Apóstol: abramos el corazón a Cristo, muerto y resucitado, para que nos renueve, para que nos limpie del pecado y de la muerte y nos infunda la savia vital del Espíritu Santo: la vida divina y eterna.

Después de celebrar unidos como comunidad, los Misterios de la Pasión y Muerte del Señor, propaguemos por el mundo el jubiloso anuncio de la Pascua con el canto del aleluya. Cantémoslo con la boca. Cantémoslo sobre todo con el corazón y con la vida: con un estilo de vida humilde y fecundo de buenas obras. El Resucitado nos precede y nos acompaña por los caminos del mundo. Él es nuestra esperanza, Él es la verdadera paz y felicidad para el mundo.

*Obispo de Tui-Vigo

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