Fin del principio del obispo de Roma

ÁNGEL AZNAREZ

20.03.2013 | 09:35

A los que interesa la complicada "Teología política" (que esa es la especialidad teórica o contemplativa de éste que escribe, ahora leído por usted), lo que antes se llamó la "Coronación" del Soberano Pontífice (final con Pablo VI), tenía más interés que ahora la Entronización. Antes, al Papa se le coronaba o encabezaba con una tiara de tres coronas, el llamado triregno, simbolizando las coronas el poder del Papa sobre las tres Iglesias, la militante, la sufriente y la triunfante, o también las tres misiones del mismo Cristo, por su triple unción mesiánica, la de profeta, sacerdote y pastor. De ahí que toda coronación, de rey o de papa, requiriese solemnidad y pompa: la del Papa, requería de la tiara, de dos flabelli a modo de abanicos de plumas blancas, y que los príncipes cardenales arrastrasen su capa magna.

Ahora la entronización es una misa que se llama de "comienzo del ministerio petrino"; el Papa encabeza una sencilla mitra cónica, que cada vez se parece menos a una mitra turbinata; se sube y se baja un jeep para saludar; no canta ni al bendecir Urbi et Orbi; mira al reloj a la salida de la Basílica en dirección a la Plaza, a las 9,35 horas, estando a un tris de que el báculo rodara por los suelos; al Papa se le coloca en un trono, que parece una jaula roja (rossa), con dificultades para subir y bajar tantas escaleras, ya él y los cardenales (el más ágil con lo de las escaleras, visto lo de ayer, sigue siendo el más viejo de todos, el cardenal Sodano, sempiterno por ahora, que eterno está por ver). Y la terminación de la homilía papal no pudo ser más humilde, de pobre, nada de coronas: Pregate per me!

Antes y ahora, siempre, coronando la Iglesia al Papa, que lo mismo puede ser un aristócrata romano (Pío XII), un campesino (beato Juan XXIII), un burgués ilustrado (Pablo VI), un huérfano polaco (beato Juan Pablo II) o un muy middle class, porteño y sureño (Francisco). El teólogo político, Carl Schmitt, ya lo escribió en Catolicismo y forma política, como prueba de la complexio oppositorum en la Iglesia: "?Una monarquía autocrática cuya cabeza es elegida por la aristocracia de los cardenales, en la que, sin embargo, hay la suficiente democracia para que, sin consideración a clase u origen, el último pastor de los Abruzos tenga la posibilidad de convertirse en ese soberano autocrático (Papa)": Y antes, la Coronación, y ahora, la Entronización, no confieren al Papa la condición de Soberano Pontífice -esto canónicamente es claro-, pues todo, todo, se atribuye al Papa en el momento mismo de la elección, debidamente aceptada ante el ceremoniero pontificio en funciones de notario.

Benedicto XVI, en la solemne celebración de 2005, llevaba una casulla dorada por muchos oros, no nueva ni vieja (la vistió una sola vez el Beato Juan Pablo II en la Misa de Navidad del año 2000); leyó su homilía sentado; se le colocó un palio de espectacular forma, de tanta que a los meses hubo de cambiarse, y eso después de leer un fragmento del Evangelio de San Juan en griego; lo cantó Benedicto casi todo hasta el difícil Prefacio. Francisco, por el contrario, llevaba una casulla como de hechura argentina; leyó la homilía de pie; se le colocó el palio y el anillo antes del inicio de la celebración eucarística; se leyó, también en griego, un fragmento del Evangelio, aunque de San Mateo, y el cardenal Tauran, protodiácono y muy buen cocinero, metió a Ignacio de Loyola en la retahíla de los Santos.

La homilía de Francisco me gusto; fue singular, franciscana y pastoral, con toques jesuíticos. Lo de custodire el "ambiente" muy interesante, y lo de no "temer a la bondad y a la ternura" casi genial; fue un animar a tantos miedosos y miedosas escondidos en claustros, celdas, capullos de sedas y alelíes. Su denuncia del "odio, la envidia y la soberbia" muy oportunos, que son pecados de todos, de todos, si bien en especial de los clérigos sus diversas tallas, la baja, la media y la alta.

Y de lo teológico pasemos a lo político: las ciento treinta y dos delegaciones de países, con varios capos de Estado al frente, no tuvieron el glamour de la vez pasada, la de Benedicto, en lo que habrá tenido que ver -seguro- la ausencia del Rey de España. Concluida la ceremonia de Entronización, el Papa se colocó en el interior de la Basílica, de pie y dando la espalda al altar de la confesión. Cuando lo de Benedicto se hizo muy mal, pues, mirando al altar, sentaron al Papa, lo que casi provocó incidentes diplomáticos y teológico-políticos, pues, los capitostes que saludaban al Papa, tenían que inclinarse demasiado ante él, casi de rodillas, lo que pudo interpretarse como afán del Papa de ser el rey de todos, con confusión de espadas, la del Papa y las de los reyes (este fue el primer embrollo que causó a mi bendito Benedicto el cardenal Sodano, entonces en funciones de Secretario de Estado -el último embrollo lo contamos en Ad multos annos- hace días.

Los primeros en saludar al Papa Francisco fueron la Kitchner, Napolitano, los Reyes belgas, y, a continuación, pasaron, casi juntos o como en montón, los de los paraísos fiscales, o sea, Principados de Andorra, Mónaco, Liechtenstein, así como Maestro de la Orden de Malta. Allá, por el número veintitantos, apareció el Príncipe de Asturias y su esposa vestida de negro, seguidos de Rajoy, lo cual tampoco es para desesperarse, pues Merkel, llamada Angela, iba detrás, más detrás aún.

Antes de concluir este fin del principio de Franciscus, para alivio de mis estimados lectores y lectoras, una pregunta última: los jesuitas, que están en las fronteras, siempre periféricas, un poco enfurruñados por lo del Papa-jesuita o del establishment ¿ya estarán más contentos? Creo que un poco más; en todo caso no se ha de olvidar que, después de muchos discernimientos, los jesuitas son muy obedientes, y pudiera ser que más incluso que los Dominicos, no obstante ser frailes y también de mucho discernimiento.

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