Desagravio

Juan José Millás

15.03.2013 | 08:27

Hace cuatro o cinco días, quizá seis, no sé, mientras España se desangraba por la prima de riesgo y la Bolsa trastabillaba, y los mendigos ocupaban dócilmente sus semáforos, el lunes pasado, creo, a las nueve de la mañana, todos los directivos del PP y del Gobierno, recién duchados y perfumados, se reunían en el hotel más caro de Madrid, el Ritz, para desagraviarse mutuamente de las ofensas que vienen infligiéndose a sí mismos.
Serían, pues, las 9.30 de la mañana, la hora en la que los sincasa buscan las rejillas del metro para sacudirse el frío de la noche, cuando habló Rajoy para para piropear a Cospedal con requiebros que no había utilizado en su día para Jaume Matas, ni para Bárcenas, ni siquiera para Francisco Camps. Los halagos alcanzaron tal temperatura que por un momento aquello comenzó a parecerse a un discurso fúnebre. Llegamos a pensar, frente al telediario, que Cospedal había fallecido y que aquello era su funeral. Un funeral en el Ritz, algo realmente novedoso.
Pero Cospedal estaba viva, se encontraba allí, rodeada de sus deudos, enjugándose las lágrimas mientras escuchaba todas aquellas palabras que sonaban como los clavos sobre el ataúd. Acabado que hubo Rajoy su discurso funerario, subió al estrado la presunta difunta y, dirigiéndose al presidente del Gobierno, vino a decirle que él era más guapo todavía y más listo y mejor político. Le faltó decirle que estaba también más muerto que ella, porque a esas horas la sala del famoso hotel olía a tanatorio. No había más que ver los rostros de los deudos, a los que las cámaras apuntaban también de vez en cuando para dar un poco de vida a la noticia.
–¿Me has puesto algo en la cena? –pregunté a mi mujer.
–¿Algo como qué? –preguntó ella.
–Algo como un tripi –dije yo.
–Tú deliras –dijo ella.
Si no deliraba yo, deliraba la realidad porque aquello no podía haber pasado. No era posible que a la misma hora en la que los parados escapan, más que salen, de casa, para airear su desesperación, el PP montara aquella fiesta mortuoria, pensada, escuchamos luego, para desagraviar a Cospedal. ¿Pero no es ella la que nos ha agraviado a nosotros con lo del despido en diferido?

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