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Áspero y sentimental

Mujeres afeminadas

José Luis Alvite

 
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No puedo acercarme al movimiento feminista sin tener la sensación de que en no pocos casos la redención de las mujeres se hace a expensas de proporcionarle apoyos que en sí mismos son sin duda discriminatorios, como ocurre en el caso de las cuotas, pensadas como una ayuda en la que la condición femenina se considera más estimable que la valía profesional. Lo razonable es pensar que la condición femenina no sea un obstáculo para la promoción de la mujer, pero convendría que no fuese tampoco una ventaja. La obsesión por lo paritario constituye a menudo un obvio ejercicio discriminatorio puesto que induce a una perversa confusión entre el mérito y el sexo, dando preferencia a este sobre aquel. La feminidad es una simple circunstancia, como lo es la masculinidad, y si nadie niega la injusticia de considerarla un obstáculo, del mismo modo no parece razonable que alguien la alegue como un mérito. Pero no es esto lo más chocante, ni lo peor. No conformes con proponer la discriminación positiva de la mujer, los dichosos reductos del nazifeminismo insatisfecho e irascible van más allá al quejarse de cierta visión de la mujer como ser erótico al servicio de la lujuria masculina. Yo he recelado siempre de las mujeres que se proponen redimir a sus congéneres a partir de reprocharles el uso que puedan hacer de su belleza. Siempre me ha perecido que en el fondo lo que pretenden es una defensa de la mujer a partir de su desfeminización. Ya que no pueden reprimir las percepciones eróticas del hombre, actúan sobre la mujer desactivándola como ser estimulante. Sueñan con el que el placer sea para los hombres un insoportable y merecido castigo. Por sorprendente que parezca, es evidente que las nazifeministas lo que pretenden es que los hombres se sientan atraídos por mujeres a las que no desean, hasta consagrar como legitima la idea de un orgasmo sin placer, lo que en la tintorería de la esquina podría considerarse un polvo seco. Coinciden en esa visión tanto con el nacional catolicismo intransigente con las tentaciones, como con los criterios soviéticos de la belleza considerada como una perversión capitalista de la eficacia. Según esa imagen de la mujer como ser sindical y asexuado, su emparejamiento con el hombre habría de regirse por sentimientos reglamentarios cuya temperatura emocional no excediese de la que desprende la escrituración notarial de cualquier sociedad industrial. A una de esas nazifeministas le escuché en una ocasión protestar airadamente contra los concursos de belleza alegando que sus reglamentos tendrían que ser modificados de tal manera que permitiesen el triunfo de cualquier concursante fea, algo tan absurdo como sin duda lo sería pretender que la próxima ganadora en las pistas de Wimbledon sea una tenista ciega. No creo que haya muchas dudas respecto de que discriminar a una chica por su mal aspecto sea peor que discriminarla por su impecable belleza. ¿Tranquilizaría a las nazifeministas que las chicas monas corriesen a que las desfigurase el cirujano plástico? ¿Creen acaso, como sin duda creen algunos hombres aborrecibles, que la belleza frivoliza el carácter y excluye sin remedio el talento? ¿Saben ellas de alguna pianista a la que la sensibilidad del oído se le haya resentido por culpa de ponerse una perla en la oreja? ¿Será la depilación una banal concesión al maldito imperialismo? ¿Serán desdichadas las muchachas rusas por culpa de no haber seguido la tradición estética de sus madres, cuyo sexo tanto se parecía en la era Breznev al de sus tractores? En definitiva, ¿habrá de preocuparnos que haya tantas mujeres afeminadas?
Que las cuotas de protección de las mujeres sean legales no significa en absoluta que sean también justas. Lo serían en el caso de que la equiparación paritaria de hombres y mujeres lo fuese a todos los efectos, es decir, en las aulas universitarias y en los andamios, en los escaños del Parlamento y en las minas de carbón, en los escalafones de la Judicatura y en las listas de bajas de la guerra, o, en el colmo surrealista de lo paritario, promoviendo la igualdad absoluta de manera que incluso en las parejas homosexuales una de las partes fuese obligatoriamente mujer. Yo no sé como serán el día de mañana las mujeres, pero por lo que a mi concierne, sólo confío en que la mujer del futuro no sea inevitablemente un hombre. Con un poco de suerte la sociedad habrá corregido las desigualdades y hombres y mujeres tendremos las mismas oportunidades para obtener trabajos en los que, por supuesto, percibamos las mismas remuneraciones. Pero mucho me temo que tampoco llegado ese momento serán felices las nazifeministas, entre otras razones, porque forman un grupo humano insatisfecho y paradójico, un esforzado y anovulatorio grupo de mujeres que en el fondo yo creo que temen conseguir aquello por lo que dicen luchar.
jose.luis.alvite@telefonica.net

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