Tengo un tío que se llama Felipe Calderón

11.06.2008 | 02:00

Fernando Jáuregui

Perdón por la autocita, pero resulta que yo también, como tantos españoles, supongo, tengo un tío que se llama Felipe Calderón. Y no, como les ocurre sin duda, a tantos españoles, mi tío se llama como el presidente mexicano que hoy inicia una visita Oficial a España, pero no es el presidente mexicano, si bien mi tío anduvo haciendo las Américas -como los tíos, abuelos y padres de tantos españoles- incluso algunos años antes de que el actual mandatario de México naciera. Pero si recalco tanto la identidad nominal de tantos familiares de tanta gente -hasta el apellido de la mujer del presidente, Margarita Zavala, anda por mi árbol genealógico, como por el de tantos españoles- no es por capricho: son como nosotros, somos como ellos. Son nosotros, somos ellos, y no se trata de una proclama entusiasta de bellas palabras.
Creo que difícilmente tendré la oportunidad de decirle al presidente Felipe Calderón lo de mi tío, aunque cubriré informativamente su visita a España: las dificultades burocráticas monclovitas, que limitan a dos por país -dos para periodistas mexicanos; dos para españoles- el número de preguntas posibles en las ruedas de prensa conjuntas cuando viene oficialmente un mandatario a entrevistarse con el jefe del gobierno español en La Moncloa, temo que me impedirán plantearle esta cuestión: ¿cómo es posible que, habiendo en España tantos calderones, tantos zavalas, tantos apellidos que sin duda evocan antecesores que fueron nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros bisabuelos, todavía persisten algunos recelos entre ambos países? Incluso me atrevería a decir que tales recelos son mayores por la parte mexicana que por la española, donde muchos recordamos con emoción la generosidad con la que fueron acogidos en el país azteca las decenas de miles de exiliados políticos que huían de la brutal represión franquista.
Viajé a la capital mexicana en julio pasado para cubrir el viaje de Rodríguez Zapatero y pude comprobar cómo, mucho más allá de las hipotéticas diferencias políticas entre el socialista español y el conservador mexicano, había un afán mutuo de sintonía, de restablecer algunos lazos que se debilitaron absurdamente cuando, en el anterior gobierno español, liderado por José María Aznar, este se empeñó en conducir al presidente mexicano de entonces por los caminos que pretendía marcarle George Bush en lo tocante a la guerra de Irak.
Pienso que ese espíritu, en el que España pretendía imponer en América sus puntos de vista internacionales, se ha acabado. Quedan recelos comerciales, económicos, pero sospecho que el sentimiento de que desde Madrid llegaba a otros países iberoamericanos un afan de sometimiento político concluyó hace tiempo, con el paréntesis de ciertos errores cometidos en tiempos de Aznar. Falta por restañar algún percance surgido por la pujanza de la economía española exportada a las naciones hermanas -siempre hay que advertir que esa palabra no es retórica; quien haya viajado con cierta frecuencia a América Latina lo sabe- al otro lado del Atlántico.
Pero del realismo con el que Felipe Calderón afronta este viaje a Madrid y Barcelona da fe el hecho de que el grueso de su comitiva está compuesto por empresarios de enorme potencia en México. Él quiere que los españoles inviertan en México, y viceversa: aquí queremos que lleguen inversiones mexicanas.
Ahora, México se ha convertido en un líder continental. Me parece que tiene un buen presidente, que ha superado con bien los líos que le impuso su rival ante las elecciones, un López Obrador que, con su actitud, creo que se ha ganado el desprestigio nacional e internacional. Me parece importante que el hombre que ahora conduce un país que estará entre los cinco o seis más ricos e influyentes del mundo dentro de una década y media, nos visite declarando, en un cordial encuentro con los corresponsales españoles en México, que España es el aliado europeo natural de los pueblos americanos. Creo que así ha sido desde hace mucho, así es y así deberá seguir siendo. Bienvenido, míster Calderón.

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