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Cuando llega el invierno

03.06.2014 | 03:44
Cuando llega el invierno

En las últimas semanas, en medio de las epopeyas que se han escrito en relación a la temporada del Atlético de Madrid, se ha repetido con insistencia la anécdota de Simeone en su primer día de entrenamiento en el Vicente Calderón. Aquel día envió por delante a los jugadores al terreno de juego y les tuvo allí un buen rato mientras el público coreaba con impaciencia el nombre del técnico. Salió entonces el Cholo al campo en medio de un enorme jolgorio y fue a reunirse con el resto de jugadores. "Disculpen muchachos, eso es por mí. Voy a saludar". Y dejó allí plantado al grupo de futbolistas mientras él regalaba gestos, palabras y autógrafos a sus incondicionales como si fuera una estrella de rock en medio de un concierto. A la hora de hacer la complicada transición entre el añorado exfutbolista y el enigmático nuevo entrenador Simeone eligió el camino de la leyenda, del mito que regresa a casa, del caudillo liberador. Esa mañana, en el soleado Calderón, Simeone recordó a los futbolistas su insignificancia. En ese instante se tragaron sus ínfulas de estrellas, sus egos, los aires de grandeza, las visa oro y se transformaron en leales guerreros al servicio de un líder. Luego vendrían meses repletos de frases estudiadas, pero Simeone construyó la piedra angular de lo que sería su proyecto el día que consiguió que los aficionados le recordasen a sus futbolistas quién mandaba en aquella esquina de Madrid.

Berizzo está ahora ante la decisión de qué camino elige para afrontar ese proceso de cambio al que se enfrenta. Ayer ejerció de entrenador, pero casi ninguno de los aficionados que acudieron al estadio de Balaídos se percataron del traje y los zapatos que vestía. Le veían de azul celeste, pegando voces en el campo, marcando territorio en su área o saliendo de Riazor hecho un basilisco después de ser expulsado el día en que nuestro pequeño mundo se comenzaba a hundir. Podía haber realizado la presentación vestido de corto y el entusiasmo ya hubiese sido absoluto. Hasta este momento Berizzo sigue siendo el exjugador del Celta, el que lloró en Sevilla como un niño sin juguete el día de Reyes, el que se rompió el tobillo en Mallorca, el que se marchó de Vigo tras una dolorosa reunión en la que le comunicaron que no había sitio para él en el Celta que Fernando Vázquez quería en Primera División. Ahora comienza ese rápido proceso por el que Berizzo comienza a alejarse de todos aquellos episodios y pasa a ser evaluado y examinado por las decisiones que tome como inquilino del banquillo del Celta. Los recuerdos en el fútbol ayudan en el aterrizaje, como a Simeone, pero poco más. Es evidente que para Berizzo su pasado como emblemático futbolista del Celta se ha convertido en un esponjoso colchón sobre el que caer. Casi nadie se ha atrevido a discutir su elección. Sabemos de su buen trabajo y triunfos que logró en el modesto O'Higgins, las palabras de quienes trabajaron a su lado, sus condiciones como estratega y la disposición y escasos complejos para sacar chicos de la cantera. Pero reconozcamos que la gente que ayer acudió a Balaídos lo hizo atraído por un hermoso recuerdo. Eso forma parte del fútbol y de alguna manera resulta gratificante que haya aficionados que se sientan felices porque creen que al banquillo ha llegado "uno de los suyos". Pero eso ya no servirá cuando lleguen las primeras lluvias en otoño. Entonces Berizzo será el que gana o pierda partidos, el chubasquero de su historial perderá casi toda su eficacia y el principal fantasma que le perseguirá por los campos de A Madroa será el de Luis Enrique y el extraordinario trabajo que el asturiano realizó durante los doce meses que estuvo en nómina en el Celta. El dichoso andamio -con el que a veces se simplifica en exceso la etapa que acaba de cerrarse- desaparecerá de su vida y las preguntas irán en otra dirección.

Berizzo ayer ejerció de perfecto exjugador que regresa a casa. Dijo las palabras justas, no eludió asuntos importantes y llenó los oídos de quienes esperan de él que el Celta no se separe del camino marcado en los últimos años. Demostró además una evidente calidez, proximidad y cariño con los aficionados y empleados del club. Incluso se le notó tímido, vergonzoso casi. Repartió abrazos, besos y por momentos pareció algo superado por aquella manifestación de cariño. Nueve años son muchos en la vida de un hombre. En 2005 despedimos al futbolista y ahora nos encontramos con el técnico. Quien esperaba a alguien muy cambiado no lo encontró. Otro argumento a su favor, otro argumento que difícilmente le servirá cuando llegue el invierno y un entrenador se quede desnudo ante sus resultados. Es hora de encontrar el camino Toto.

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