Personas con discapacidad con mucho que aportar

Siete de cada diez voluntarios de COGAMI son usuarios de la entidad

El voluntariado contribuye a la promoción de su autonomía personal y a su participación activa en la sociedad

Sobre estas líneas, Moncho Rodríguez.

Sobre estas líneas, Moncho Rodríguez. / RICARDO GROBAS

Siete de cada diez voluntarios de la Confederación Galega de Personas con Discapacidade (COGAMI) tienen discapacidad, lo que evidencia que este colectivo no sólo es receptor de acciones voluntarias, sino que participa y colabora ofreciendo su tiempo, conocimiento, experiencia, capacidades y habilidades a otras personas que pueden formar parte del mismo colectivo o de otro. Estos voluntarios colaboran en actividades educativas, de rehabilitación, de ocio y de sensibilización, un voluntariado que, además de repercutir en sus destinatarios, contribuye a la promoción de la autonomía personal y al fomento y participación activo en igualdad de oportunidades de las personas con discapacidad dentro de la sociedad.

Moncho Rodríguez es uno de estos voluntarios. Este redondelano de 48 años comparte su experiencia vital con escolares con dos propósitos fundamentales: acercarles la realidad de la discapacidad y fomentar la prevención para evitar accidentes. “Doy por bueno lo que hago si, después de ir al colegio, logro que los chavales se lo piensen antes de subirse a una moto sin casco, no ponerse el cinturón en el coche o saltar a la piscina o al mar a lo loco”, comenta.

Deportista desde niño, Moncho vio cómo su vida daba un giro de 180 grados cuando, en 2003, sufrió una caída mientras participaba en una carrera de motocross en Portugal. Tomaba una curva lenta cuando se produjo el accidente. Tuvo, reconoce, otras caídas más aparatosas. Sin embargo, ésta fue distinta. El hormigueo y la insensibilidad en las piernas no auguraban nada bueno. “Enseguida supe que algo grave me había pasado. A pesar de llevar todas las protecciones y de que el golpe fue pequeño supe que algo se me había roto”, recuerda. La consecuencia del accidente fue una paraplejia que le provoca, además, un constante dolor de espalda que se agrava por temporadas.

“Doy por bueno lo que hago si logro que un chico se lo piense antes de subir sin casco a una moto”

Moncho Rodríguez

— Discapacidad física

Moncho cuenta su experiencia sin edulcorar: el accidente; la atención sanitaria en el lugar, que califica de “tercermundista”; el enorme shock que supuso el diagnóstico; los obstáculos a los que tuvo que enfrentarse –como irse de alquiler por no poder acceder a su piso debido a las escaleras–, y cómo es su día a día ahora, veinte años después.

“Al principio se lo pongo todo muy crudo porque es cómo yo lo vi. No quería seguir viviendo. Hasta le dije a mi mujer que me dejara. Pero luego les explico que, aunque tengas que usar una silla de ruedas, se puede llevar una vida normal”, comenta Moncho.

Asimismo, les recuerda que una discapacidad no sólo afecta a la persona que la tiene. “Un accidente no sólo es cosa tuya. Toda la familia se ve afectada, de una forma u otra”, afirma Moncho, que asegura que el apoyo de su mujer y del resto de su familia fue fundamental para salir del abismo en el que se sumió tras saber que no volvería a caminar.

Los voluntarios con discapacidad aportan su propia experiencia como ejemplo

Aunque en estos momentos su acción en COGAMI está centrada en las charlas de sensibilización sobre la discapacidad, también ha colaborado como monitor y con el área de accesibilidad, que presta asesoramiento a administraciones públicas y entidades públicas o privadas para derribar las barreras arquitectónicas, el gran caballo de batalla de las personas con discapacidad. “Nos lo ponen muy crudo en todos lados. Muchos edificios, por ejemplo, siguen construyéndose sin estar adaptados a pesar de la normativa de 2010”, denuncia.

Moncho sigue siendo un gran deportista. Ha practivado vela, buzo, tenis y esquí, aunque reconoce que resulta más caro que para una persona sin discapacidad. Igual que una silla de ruedas que, llevando menos material que una bicicleta, cuesta mucho más. Aunque lleva sin jugar al tenis desde que nació su hija, hace seis años, quiere retomarlo ahora si consigue formar un equipo. También le hubiese gustado seguir trabajando, pero por su gran invalidez no se lo permitió a pesar de que su empresa le había adaptado el puesto de trabajo.

 Personas con discapa cidad con mucho que apor tar

Daniel Rivas / Marta G. Brea

Otras discapacidades, como la de Daniel Rivas, no se ven, aunque están ahí. Este vigués tiene una discapacidad orgánica derivada de la enfermedad de Crohn (afectación inflamatoria crónica y autoinmune del tubo digestivo que evoluciona de modo recurrente con brotes) que le diagnosticaron con 20 años, cuando era estudiante de 1º de Ingeniería de Telecomunicaciones. “No pude acabarla. Es una carrera muy dura y el estrés me agrava mucho la enfermedad”, explica. Decició entonces hacer la diplomatura de Empresariales y años después hizo el CAP (Curso de Aptitud Pedagógica) para poder dar clases. “Desde el diagnóstico, tuve que ir reciclándome”, comenta este vigués de 49 años.

Daniel ha pasado por quirófano seis veces y desde hace unos diez años, recibe tratamiento cada mes y medio. Sin embargo, esto no le impide trabajar –da clases presenciales de Formación y Orientación Laboral (FOL) y online de programación en el Centro de FP Montecastelo– ni colaborar como voluntario en COGAMI, donde da cursos de formación. “Mientras me deje la enfermedad, me apunto a un bombardeo”, afirma.

“Dar clases a personas con discapacidad es lo más gratificante que he hecho”

Daniel Rivas

— Discapacidad orgánica

Daniel incluso ha acompañado a Silleda a sus alumnos en la entidad que se han presentado a las pruebas de competencias clave. “Es un examen muy largo, tipo oposición, y sabemos que si van solos pueden tener problemas. Yo voy con ellos para darles un poco de apoyo”, comenta.

La docencia la descubrió cuando entró en COGAMI, donde comenzó trabajando como profesor y donde ahora continúa como voluntario. Según Daniel, es la forma que tiene de devolverle parte de lo que esta asociación hizo por él en su día.

“Ellos me sacaron del pozo en el que estaba y tiraron de mí hacia arriba, además de abrirme nuevas espectativas de trabajo. Por otro lado, dar un curso a una persona que es más especial que los demás es lo más gratificante que he hecho hasta ahora. Las personas con discapacidad somos muy agradecidas y muy trabajadoras. Le ponemos muchas ganas a todo”, afirma Daniel, que lamenta que muchas veces las personas con discapacidad estén desahuciadas para el mercado laboral y que no se tengan en cuenta ni sus habilidades ni sus capacidades.

Los cursos de COGAMI no sólo tienen como propósito formar a sus usuarios para que puedan acceder al mercado laboral o para mejorar su autonomía, sino también que salgan del aislamiento en el que caen muchos tras el diagnóstico de una enfermedad grave o una discapacidad adquirida. “Encerrarse en casa es algo bastante común, aunque también es la peor decisión que puedes tomar. Hay que seguir hacia adelante”, sostiene este voluntario.