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Faro de Vigo

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Ser mujer sale caro: la tasa rosa y la tampón se llevan miles de euros al año

Dos de cada diez españolas están en riesgo de pobreza menstrual y tienen dificultades para acceder a productos de higiene íntima, gravados con un iva del 10 por ciento

Ser mujer sale caro

Una caja de tampones de marca blanca: 2,79 euros; de una marca conocida sube hasta los 4 euros. Una de salvaslips: 1,85. Compresas a 2 euros. Y el precio de la copa menstrual, como promedio, ronda entre los 9 y los 30 euros, en función a la calidad del producto. De color rosa sobre todo, pero también naranjas y verdes, y todo en diferentes tamaños. Así es un estante de la sección de higiene femenina de un supermercado normal. Frente a él, normalmente, se encuentra una mujer, siempre una mujer. Y, en algunas ocasiones, tiene que debatirse entre invertir su dinero en esos productos o comprar una barra de pan o un brick de leche.

En España, dos de cada diez mujeres están en riesgo de pobreza menstrual: un 20 por ciento. Esto quiere decir que su nivel de ingresos es tan bajo que no pueden acceder a los productos de higiene íntima. Dos de cada diez mujeres no se los puede permitir. Entonces tienen que recurrir a otro tipo de recursos: paños, como se hacía antaño, toallas, cartones, pañales recortados o papel higiénico. Los productos de higiene femenina tienen un IVA del 10 por ciento, la llamada “tasa tampón”, mientras que los considerados “básicos” solo tienen un 4 por ciento.

Existe, a su vez, la tasa rosa, que es el incremento en el precio de los productos cuyo destinatario son las mujeres. Un ejemplo: no hace mucho se hizo pública una denuncia a varias cadenas comerciales porque el precio de dos paquetes de las cuchillas de afeitar, con las mismas características, era mucho más caro si las maquinillas eran de color rosa y para mujeres que si eran de color azul, negro o gris, para los hombres. La diferencia era casi de la mitad de su valor.

Una "falsa idea de elegancia"

La sexóloga, doctora en educación y profesora en la Universidad de Oviedo, Soraya Calvo, explica lo que se esconde tras ello. Por un lado, el asunto tienen un aspecto social. La tasa rosa, explica, tiene que ver con una “falsa idea de elegancia”. “Es una estrategia del mercado para que se perpetúen los estereotipos de género. Se obliga a que el consumo de las mujeres sea una cosa elegante o distinguida”. La solución, dice ella, es hacer boicot a ese tipo de productos: no comprarlos. Aunque no siempre es posible, como en el caso de los productos de higiene íntima, afectados por la tasa tampón.

“No me parece normal que las mujeres tengamos que pagar este tipo de artículos como si fueran de lujo. ¿A mí alguien me preguntó si quería tener la regla? No. Es algo que me toca todos los meses y no entiendo por qué me tengo que dejarme una pasta en ello”, afirma la joven Lucía Díaz, cuya familia está afincada en Noreña. Lucía tiene 24 años y la primera vez que tuvo la menstruación fue a los 13 años. Desde entonces consume productos de higiene íntima.

Se recomienda que los tampones se cambien cada ocho horas, aunque eso depende de cada persona. La menstruación es una vez al mes, y dura entre dos y siete días. Es decir, una media de cuatro y medio. Eso significa que una mujer gastará entre 13 y 14 tampones en un ciclo, siempre generalizando. Dependiendo del momento de la regla, también utilizará salvaslips o compresas. Eso quiere decir que al menos tendrá que comprar once paquetes al año. Es decir, que al año se gastará entre treinta y cincuenta euros en ellos. A lo largo de su vida gastará más de mil y todo por una cuestión únicamente genética.

“Yo, al mes, puedo gastar en torno a 30 euros, porque soy propensa a tener infecciones, como candidiasis, y tengo que ser muy cuidadosa con mi higiene íntima”, explica la noreñense Jimena Noval, con sus veintiún años recién cumplidos. Al año tiene que dedicar más de 300 euros a esa compra y no entiende por qué no es admitida como algo de primera necesidad, si es una cuestión que ella no ha elegido tener.

“Igual supone un ahorro en la cesta de las familias de 2.000 euros al año o menos, pero hay un colectivo que no llega”, calcula Jessica Castaño, presidenta de la asociación de Mujeres Separadas y Divorciadas de Asturias y miembro de la Plataforma Feminista de Asturias. El problema de fondo considera que es la discriminación.

Sobre la menstruación, además, existen una serie de falsos mitos. El primero, que tiene mucho que ver con la pobreza menstrual, según explica Calvo, es pensar que hay que controlarla. “Realmente, los tampones y compresas no son necesarios. Son bastante nocivos, incluso. El problema no es la sangre, sino la socialización que hay en torno a ella. Lo que es tabú es que las mujeres se manchen, da la imagen de que no son limpias. Lo que se debería hacer es normalizarla, porque lo importante, realmente, es la comodidad”, señala.

Reparto con cargo al Estado

“En la sociedad en la que vivimos, no obstante, existen unas normas y la sangre es un símbolo de suciedad e incluso denigrante. Y si sales a la calle manchada vas a ser víctima de discriminación”, continúa explicando. Por eso, para ella, la única opción posible para solventar el problema de la pobreza menstrual es que sea el Estado quien reparta los productos de higiene íntima.

La carencia de este tipo de productos íntimos y su sustitución por otros poco aptos para ello puede generar, a largo plazo, enfermedades y otro tipo de problemas. No obstante, existe un fuerte desconocimiento sobre aquellos que están más normalizados, según Calvo. Por ejemplo, el uso continuado de tampones puede estar detrás de un “shock tóxico”. Tanto ellos como las compresas pueden producir enfermedades a largo plazo, algo sobre lo que hay bastante desconocimiento.

Desde su punto de vista, estos productos no deberían tener que ser de uso obligado. “Como la niña que se mancha en el instituto y se marcha a su casa a cambiarse. Hay una hipocresía y una perversión absoluta en este aspecto, porque la menstruación la tiene la mitad de la población”, afirma.

“Yo encima tengo menstruaciones con abundante flujo. Eso y la propensión a las infecciones hace que me deje al mes treinta euros. Me los paga mi madre, porque si no, yo no podría hacerlo”, cuenta Noval, y extrapola su caso al de muchas jóvenes de la misma edad. Y esa dificultad se extiende a mujeres de más edad, ya que como regla general, una persona menstrúa entre 35 y 40 años de su vida.

“El IVA lo marca el Estado, pero las empresas son las que marcan el precio del producto. Es un bien del que hay demanda, se consume y se sabe que se va a consumir”, argumenta Calvo. Los fabricantes suben los precios y “para que esto no ocurriera, debería haber un control real y una financiación para ese tipo de productos”.

El ahorro que supondría reducir ese IVA, según Jessica Castaño tampoco es tan alto. “Se han hecho numerosos estudios y hay lugares en los que esto ya está regulado. Las soluciones son muchas, pero hay que tener voluntad para llevarlas a cabo”, declara. En Canarias el asunto ya ha sido tratado por el Cabildo –el gobierno regional–. “Hay sitios donde no se reduce el impuesto pero se aplica un descuento, se podrían dar bonos; hay muchas opciones”, comenta.

Muchas trampas en la comercialización

Las trampas al sistema son muchas. En muchos supermercados, aunque el mismo producto para hombre y para mujer –por ejemplo, una maquinilla de afeitado– tiene el mismo precio se privilegia el destinado a los consumidores masculinos con regalos y promociones.

La diferenciación por géneros no se restringe a los productos de higiene personal. Hasta en las cosas más básicas hay diferenciación por género, inculcando desde pequeños a los niños que el mundo rosa –la elegancia, clase y distinción– es para las mujeres y el azul, más rudo y varonil, para los hombres.

“Fue una reivindicación que empezamos ya antes de la pandemia, que se redujera ese IVA”, recuerda Castaño. Es una situación complicada para las mujeres que pasan estrecheces económicas y más aún para las sin hogar, que subsisten en la calle y ni siquiera tienen acceso al agua corriente.

“Hay un dogma en lo que es ser mujer y no, y un estigma en relación a la higiene y la limpieza. Lo ideal sería que se normalizase y se naturalizase”, opina Calvo. “Se debería educar desde niños que es una cosa normal y habitual”, añade. La alternativa más saludable y que erradicaría muchos problemas sería no ponerse nada, en su opinión, aunque hay “soluciones alternativas”, como las bragas menstruales o compresas de tela. De ellas dice que son mejores para la salud: “Sobre la copa menstrual, que se puso de moda hace cosa de diez años aunque salió al mercado hace quince, todavía no se han comprobado sus efectos, aunque aparente es mejor que los tampones y las compresas. Estos productos tienen químicos que en contacto con la mucosa puede ser perjudicial”.

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