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Volcán en Canarias

Una erupción de alta tecnología en La Palma

Nunca antes en España un volcán fue más auscultado por los científicos como el del macizo de Cumbre Vieja, en La Palma: satélites, cámaras térmicas, estaciones GPS y ecosondas

Una imagen satélite de la colada de lava en La Palma.

El volcán de La Palma ha sido el primer volcán subaéreo de España en entrar en erupción en una sociedad con tecnología punta. Cada movimiento de la erupción que lleva 20 días en activo en Cumbre Vieja ha sido registrado de forma pormenorizada por tierra, mar, aire e, incluso, espacio. El volcán ya no es solo un evento cuyo fuego solo puede rememorarse a través de fotografías y unos pocos vídeos, hoy en día un volcán se puede escuchar, saber cómo de abrasadora es su lava, e incluso conocer qué ha destruido a su paso. Y todo ello, en tiempo real. El del volcán de Cumbre Vieja es el seguimiento más exhaustivo que se ha podido hacer nunca de un fenómeno como este en España y, probablemente, sea una de las mejores oportunidades para pertrechar a los científicos de Canarias de suficientes datos como para poder hacer frente a una futura erupción de la que el Archipiélago nunca estará exenta.

Antes de que el volcán entrara en erupción, el pasado 19 de septiembre, Cumbre Vieja estaba muy bien vigilada. Los científicos sabían que es uno de los lugares con mayor riesgo volcánico de Canarias y unos años después de la erupción del Tagoro en El Hierro, decidieron ampliar la vigilancia de aquellos indicadores que sabían que podían preceder a una erupción: la sismicidad, la geoquímica y la deformación del terreno.

Desde 2017, el Instituto Geográfico Nacional (IGN) tiene instalados en La Palma un total de 13 sismógrafos, de los que 8 se encuentran en el entorno de la dorsal. Estos aparatos, que se complementan con otros cinco del Instituto Volcanológico de Canarias (Involcan), han sido cruciales durante la crisis sísmica que lleva sufriendo la isla desde ese mismo año. Los enjambres sísmicos periódicos en la zona sur de la isla comenzaron en 2017 y gracias a estas herramientas, los científicos pudieron determinar que la erupción estaba cada vez más cerca. Posteriormente, estas herramientas están sirviendo para conocer el comportamiento del volcán, dado que está dando cuenta de distintos seísmos que ocurren en la zona de Fuencaliente, donde existe un reservorio magmático que el volcán está devorando para seguir en activo.

También ha sido crucial durante este tiempo medir la deformación que el empuje del magma provoca sobre el terreno palmero. Alrededor de toda la isla hay hasta 13 estaciones de GPS, de las que 8 pertenecen al IGN, uno a Grafcan y 4 Involcan. En este sentido, además, el Instituto Geográfico Nacional cuenta con un inclinómetro, que es capaz de tomar medidas sobre los cambios que se producen en el terreno a consecuencia de terremotos o la presión magmática con gran precisión. En el comienzo de la crisis sísmica –el 11 de septiembre– también se desplazaron a la isla distintos grupos de investigación desde otras partes de España para instalar sus propios equipos de medida de inclinación y deformación del terreno, como es el caso del Instituto de Geociencias de Madrid. Estos datos se complementan a su vez con los que reciben del conjunto de Satélites Copernicus de la Unión Europea. Estos ojos espaciales cuentan con interferometría radar (InSAR) que permite conocer con un error de pocos centímetros cómo se estaba abombando el terreno. Con estos datos, los investigadores realizaron un primer mapa de la deformación de la superficie de La Palma apenas 48 horas previas a la erupción, en el que se describía un cambio de 20 centímetros en el terreno.

Los gases que emiten los volcanes pueden cambiar completamente la calidad del agua, y ese cambio puede ser importante tanto para predecir una erupción como para advertir a la población sobre cuándo el agua ya no se puede beber. La Palma cuenta con 15 estaciones de geoquímica (9 del IGN y 6 de Involcan). Con este recurso son capaces de medir los gases que el volcán deposita en el interior de la tierra, como el radón y el CO2 y, de paso, controlar las aguas submarinas. Pero como los gases no solo influyen en la composición química de las entrañas de la isla, desde que el volcán entró en erupción ha habido que intensificar el control de la calidad del aire. Hasta el momento que se produjo la erupción, la red de calidad de aire en La Palma –competencia del Gobierno de Canarias– no tenía representación de esa zona de la isla. En estos momentos el Gobierno ha desplegado una estación portátil y una unidad móvil en los municipios de Los Llanos y El Paso, que se complementan con una estación de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), otra del Cabildo de La Palma y una última de la Unidad Militar de Emergencias (UME) y dos cámaras web muy cercanas al lugar en el que está discurriendo la colada de lava, una de ellas en el espectro infrarrojo.

Cuando el volcán emergió de las profundidades y el ruido que la presión del magma realizaba en su interior quedó en un segundo plano, fue necesario empezar a ver cómo se comportaba en el exterior el nuevo elemento natural que, desde entonces, colonizaría el oeste de la isla. Aunque el IGN contaba con dos cámaras web muy cercanas al lugar donde se produjo la erupción, no era suficiente como para saber hacia dónde se dirigía la lava. Con las dificultades que hay en muchas ocasiones para desplegar drones sobre el volcán y su área de exclusión, los ojos de los investigadores empezaron a enfocarse en el espacio. Los satélites han sido, prácticamente desde el primer día, la única forma de conocer dónde se encontraba esa colada de lava, su velocidad de desplazamiento, así la localización de las viviendas, cultivos e infraestructuras sepultadas. El recurso más utilizado desde entonces ha sido la red de satélites puesto en marcha por la Unión Europea para observar desde las alturas lo que está sucediendo en la superficie terrestre: Copernicus.

Una erupción de alta tecnología.

Gracias a las imágenes que va tomando cuando la órbita de alguno de los satélites pasa por encima de La Palma se han podido ver imágenes aéreas de cómo las lenguas se abrían camino ladera abajo. Algo que, además, para los cuerpos de seguridad estos archivos han servido para monitorizar las coladas día a día y ver los daños ocasionados. Asimismo, sus datos recabados día a día y abiertos al público, pueden ayudar a construir modelos y simulaciones con los que tratar de buscar una respuesta a la eterna pregunta: "¿Cuándo va a acabar la erupción?".

A esta red de satélites también se ha unido, de forma más humilde, el satélite DRAGO del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), lanzado al espacio el 24 de enero de este año por la empresa SpaceX. Esta cámara infrarroja 100% canaria es capaz de atravesar las nubes de polvo y cenizas y sacar fotos aéreas de un lugar concreto. "Nuestra misión es tomar imágenes de eventos de gran calibre como las inundaciones en la India o los incendios en Canadá, para conocer su evolución", recalca Alex Oscoz, jefe de Operaciones Telescópicas del IAC. Aunque el recurso aún es algo modesto para realizar una vigilancia intensiva –solo han lanzado con un satélite que pasa cada 6 días sobre La Palma– la cámara DRAGO es una demostración de que "Canarias puede ser independiente y tener sus propios instrumentos de vigilancia desde el espacio", insiste Oscoz. Y, además, puede hacerlo a un bajo coste y sin tener que solicitar permiso a otras instituciones, como ocurre con Copernicus.

Las imágenes eran esclarecedoras, pero era necesario saber hacia dónde se iba a desplazar la colada de lava. Para prever su desplazamiento y, por ende, las pérdidas materiales, ha sido fundamental la evolución y perfeccionamiento de los modelos matemáticos y la informática. Aunque fueron muchos investigadores los que se lanzaron a prever cómo podría caer desde la colina esa lengua de lava, quienes lograron hacerlo con una mayor precisión fueron los miembros del grupo de investigación de la Cátedra de Reducción de Riesgos de Desastres y Ciudades Resilientes de la Universidad de La Laguna (ULL). Los científicos hicieron uso de un plugin gratuito Q-Lavha (Quantum-Lava Hazard Assessment) y, con los datos de espesor de la colada y el lugar donde las bocas del volcán se encontraban emitiendo lava sin descanso, pudieron adelantarse con varias horas de antelación al recorrido que iba a tomar la colada de lava. Esta información ha sido determinante para ayudar a los servicios de Emergencias y de Protección Civil a saber con mayor precisión qué lugares eran más vulnerables y la cuantía de las pérdidas materiales.

Finalmente la colada llegó al mar y la investigación se hizo extensible al océano.

Para ello, el Instituto Español de Oceanografía (IEO) trasladó a la isla el buque Ramón Margalef dotado de ecosondas para realizar cartografías del terreno en alta resolución. La idea conocer cómo era el terreno antes para saber cómo cambia esta intrusión de magma en la costa. Tras acabar la campaña, en la que también se han tomado muestras de agua para su posterior análisis, el buque Ángeles Alvariño llegará a La Palma para hacer vídeos, fotografías y recogida de muestras del fondo oceánico cercano a la colada de lava con una gran resolución gracias al vehículo submarino Liporus 2000.

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