31 de octubre de 2009
31.10.2009

Reverte: "Viajar es pasear un sueño y a mí me gusta hacerlo al calor del pasado"

El periodista y escritor habla de la experiencia vitalizadora que le supuso su recorrido por Alaska y Canadá, siguiendo a Jack London y la ruta de oro por el río Yukon

31.10.2009 | 01:41
Javier Reverte fue presentado por la periodista de FARO Sandra Penelas. // Joel Martínez

"Viajar es pasear un sueño y a mí me gusta viajar al calor del pasado porque la historia tiene algo de sueño. Me gusta ir a esos territorios que se convirtieron en objeto de epopeya, en los que exista alguna historia que me haya enamorado o un personaje como el novelista Jack London, cuya trayectoria he perseguido por Alaska".
Decía eso ayer en el Club FARO el escritor Javier Reverte, que apoyado en diapositivas y en las preguntas de su presentadora, la periodista de FARO Sandra Penelas, habló sobre "Alaska y Canadá, el gran Norte". Cuenta el periodista que de esa zona le atraían todos los libros que había leído de pequeño. "Sobre todo –afirmó– las aventuras que contaba Jack London. Tenía esos paisajes de Canadá y Alaska descritos por London en la cabeza y tenía la intención de ir algún día. ¿Por qué cumplir años te va a impedir volver a ser el niño que un día fuiste? De hecho, viajando vuelves a serlo en cierta manera y es muy reconfortante. Yo siempre me pregunto si estaré a la altura del niño que fui y busco en cierto modo eso".
Reverte, que acaba de publicar en Plaza y Janés "El río de la luz. Un viaje por Alaska y Canadá" basado en esa experiencia, se refirió al Yukon, el río que recorrió en canoa y a remo limpio que constituye la espina dorsal en lo geográfico de su narración. "Corre entre densos bosques de pinos –explicó–, abetos, arces, castaños y olmos, por un territorio en donde abundan los osos pardos y negros, los alces, los lobos... Apenas atraviesa poblaciones y, a menudo, no hay establecimientos humanos en más de cien kilómetros a la redonda. La mayor parte del año, unos ocho meses, permanece helado. Pero en el verano estallan las flores y también los incendios en sus orillas, al tiempo que los salmones comienzan su peregrinación desde el mar, río arriba, llenando de bullicio sus aguas y sus riberas. El Yukón es uno de los grandes prodigios de la Naturaleza; ante su contemplación el alma del hombre se minimiza".
De leyenda
De los 3.200 kilómetros de longitud con que cuenta este curso fluvial, una cuarta parte, alrededor de 800 discurren en Canadá: desde que nace hasta que entra en territorio de Alaska. Y es justamente ese primer tramo del río, el canadiense, el que coincide con la ruta que emprendían los buscadores de oro hacia las ricas minas del Klondike, un tributario del Yukón que le rinde sus aguas a la altura de la localidad de Dawson City. De modo que este río posee un carácter fuertemente impregnado de historia y de leyenda y fue en el curso del mismo, cuando fue detenido por los hielos en su viaje hacia la tierra del oro, donde London nutrió sus vigorosos relatos del Gran Norte al tener que refugiarse en una choza un invierno. No se hizo rico con el oro pero sí con sus novelas sobre esa experiencia".
Si uno quiere rememorar los días del "Gold Rush" que, aparte de London el mismo Chaplin retrató en "La quimera del oro", y navegar ese río, por ejemplo entre Whitehorse y Dawson -750 kilómetros más o menos- tiene que hacerlo en canoa, llevando a bordo todo lo necesario para acampar y alimentarse durante once o doce días. Eso es lo que hizo Reverte con un reducido grupo de aventureros. "No entrené, porque sabía que si lo hacía iba a desistir", confiesa Reverte, y recuerda que pasó "unos días horrorosos hasta que cogí la forma y la técnica de remo".
Y la fiebre del oro, el nudo de esa historia. "Primero –dijo– lo hallaron unos cuantos de las pocas decenas de mineros que había en el curso del río, que se enriquecieron inmensamente. Existía la foto y la prensa emergente era sensacionalista y amarillista. La gente literalmente enloqueció, sobre todo en sociedades tan pobres como aquélla. Se fueron hacia allí a ver si se hacían ricos".
Fue un demencial y monumental movimiento en busca de oro, una marea humana, una estampida, como la definió la prensa, hacia los arroyos auríferos. De alrededor de 100.000 personas que se embarcaron hacia esos territorios salvajes, entre 1897 y 1899, «llegaron unas 30.000. Muchos murieron, unos 4.000 encontraron algo de oro y se calcula que los que se hicieron ricos de verdad no llegarían ni a 500.

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