09 de abril de 2009
09.04.2009

Obreros comprometidos

Las tres víctimas documentadas del hallazgo estaban afiliadas a sindicatos del Val Miñor

09.04.2009 | 02:00
Joaquín de la Iglesia Portela, concejal de Nigrán y carpintero

Las atrocidades con que los falangistas castigaban a los represaliados trataban de mitigar su compromiso social y político. En este caso, según aseguran miembros del IEM, los únicos pecados que habían cometido Abilio Araújo, Manuel Prudencio y Joaquín de la Iglesia eran formar parte del Sindicato de la Construcción de Gondomar los dos primeros y de la Sociedad de Obreros de San Pedro de A Ramallosa el último. Todos lo pagaron con la vida.

La lucha obrera y la fidelidad a la República costó la vida a los cinco hombres asesinados a manos de falangistas en O Rosal, junto a la carretera litoral que une Baiona con A Guarda. Al menos tres de ellos estaban afiliados a sindicatos de la comarca del Val Miñor y sus ideas avanzadas despertaron las iras de los adeptos al Movimiento. La crueldad y la violencia se apoderaron de las últimas horas de Joaquín de la Iglesia Portela, Abilio Araújo y Manuel Prudencio, mientras sus familias se temían lo peor en sus hogares, tras presenciar cómo se los llevaban por sorpresa.

Joaquín de la Iglesia Portela dejó un niño de cuatro meses llamado Ulpiano Iglesias al recibir la muerte a los 64 años. Este carpintero que llegó a ocupar un asiento como concejal en la Corporación de Nigrán –elegido en 1931, destituido durante el Bienio Negro, y restituido al restablecerse la República– era viudo, se había casado en segundas nupcias y vivía en A Ramallosa, donde se le conocía como "O Guisande". Allí tuvo otros siete hijos que sufrieron la pérdida de su progenitor con todas las penurias que ello suponía en 1937. Su compromiso político y sindical, ya que pertenecía a la Sociedade de Obreros de San Pedro de A Ramallosa, le llevaron al peor final, al igual que otro vecino de Nigrán cuya identidad está por descubrir.

La violencia con que fueron tratados Abilio Araújo y Manuel Prudencio, de 33 y 36 años, todavía es recordada hoy en Gondomar. La familia de Araújo, abuelo del actual alcalde, el nacionalista Antonio Araúxo, recuerda que lo vinieron a buscar a su casa de la parroquia de Chaín una mañana de febrero de 1937, cuando ataba unas viñas junto a uno de sus hijos, que conserva esta última imagen en su retina. Sus parientes nunca lo volvieron a ver, pero vecinos de Gondomar sí fueron testigos de cómo él y Manuel Prudencio fueron llevados al calabozo existente en el actual ayuntamiento. Los guardias cívicos les propinaron allí una brutal paliza, pero ellos se resistieron de tal forma –dada su fuerte complexión– que sus enemigos tuvieron que golpearlos con una bancada de madera maciza ya en la calle. Según relataban testigos de lo sucedido, los gritos de estos dos hombres, que podrían ir acompañados de un tercero llamado Manuel, –también de Gondomar y ayudante en un horno de pan conocido por su propietaria, llamada Laureana– resonaron por todo el casco urbano hasta que los subieron a un taxi y desaparecieron. Los vecinos que presenciaron los atroces golpes recuerdan incluso cómo les sangraba la cabeza cuando los metieron en el coche.

Araújo y Prudencio eran portugueses, pero se habían instalado en Chaín tras casarse con dos vecinas. Allí trabajaban como jornaleros en el campo, pero también en la construcción de viales en ocasiones, por lo que pertenecían al Sindicato de la Construcción de Gondomar. Sus familias se enteraron de los asesinatos pocas horas después de producirse, por lo que ellos mismos inscribieron sus partidas de defunción en el registro civil de O Rosal, donde figuran los disparos de la Guardia Civil como causas de sus muertes.

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