03 de noviembre de 2008
03.11.2008

El territorio de Jack El Destripador

Los bajos fondos de Londres fueron hace 120 años el escenario del primer "serial killer" de la historia

03.11.2008 | 11:34
La taberna donde Mary Kelly tomó su última copa.

Saúl Fernández

La ciudad de Londres es ladrillo y humo en medio de los prados más británicos, a orillas de un río de dos mil años de historia. De Julio César a Gordon Brown... una historia plagada siempre de sangre envenenada; el camino hacia el imperio.

En el East End, en 1888, en el año de Jack El Destripador, se extendían los arrabales del centro del mundo; un barrio de mugre, niebla y sangre derramada. De entonces acá han pasado 120 años, más de una centuria de transformaciones que han descolocado la historia de aquellos años oscuros y tenebrosos de la reina Victoria, el tiempo de la muerte sin castigo. El East End conoce ahora la gloria del comercio, a la sombra de edificios tan emblemáticos como el que hay en el número 30 de St. Mary Axe, el popular «Pepino» de Norman Foster, una torre circular que en verdad también guarda semejanzas con la hortaliza de su sobrenombre, como la torre Agbar de Barcelona.

La avenida de Whitechapel cierra el nudo de callejas que en 1888 fueron el escenario de los asesinatos sanguinarios de, por lo menos, cinco prostitutas. La Policía Metropolitana de Londres distingue, aún hoy, los "asesinatos de Whitechapel" de los crímenes de Jack El Destripador coincidentes en el tiempo. Emma Elisabeth Smith fue asaltada y robada el martes 3 de abril de 1888. Fue la primera víctima. El viernes 13 de febrero de 1891 la Policía encontró el cadáver de Frances Coles bajo un puente del ferrocarril, en Swallow Gardens, también en Whitechapel. Fue la última. Entre una y la otra, ocho mujeres más fueron asesinadas. Cinco, las del Otoño de 1888, sin lugar a dudas, a manos de The Ripper.

Historia atractiva

La historia de Jack El Destripador, tras ciento veinte años, resulta todavía tan atractiva como lo fue en aquel tiempo de plenitud de gobierno de la reina Victoria, con el planeta repartido por los europeos. Jack El Destripador, que se movía bajo el embozo de una capa negra, entre la niebla, descubrió el siglo débil a la vuelta de la esquina, cuando desde el palacio de Buckingham se gobernaba el mayor imperio que nunca conoció la historia. El escalpelo de Jack desangró una nación que apenas diez años después iba a ceder todo el protagonismo a los Estados Unidos. El imperio de la reina Victoria hizo aguas en las calles arrabaleras al este del dragón de la City, al este de la ciudad de los negocios que había crecido bajo las alas de los cuervos de la Torre de Londres, en las orillas que habitaron las legiones de Julio César o los guerreros de Boudica, la reina medieval.

El territorio en que se movió J El Destripador lo traspasa de norte a sur Commercial St., que va a dar a la avenida de Whitechapel. El mercado de Spitalfields es el centro del triángulo cuyo último vértice está en Aldgate, la puerta del Este de la vieja muralla. En este lío de calles se movió durante tres meses alguien que decidió llamarse (en un acierto publicitario) Jack The Ripper, el asesino de las mujeres del final de la historia. La despedida del siglo XIX.

Las muertes de Jack «El Destripador» han sido objeto de estudios serios, de estudios de medio pelo; de películas óptimas, de títulos de serie Z. Se han escrito novelas baratas e, incluso, de primera calidad. Hay, incluso, un cómic, Desde el infierno, el lugar desde donde decía Jack que escribía las cartas que dirigía a los policías que investigaban sus asesinatos. Porque ahí, en estas cartas, está una de las razones de la supervivencia del asesino victoriano: la notoriedad.

O, al menos su pretendida notoriedad pública, porque hay investigaciones que adjudican a periodistas la autoría de las epístolas tenebrosas.

La Policía Metropolitana cree real sólo una de ellas, la del 27 de septiembre de 1888, la que vino después del asesinato de Annie Chapman, la segunda mujer, dos días antes de la noche del crimen doble: el de Catherine Eddowes y Elisabeth Stride. La carta decía así: "Querido Jefe, desde hace días oigo que la policía me ha capturado, pero en realidad todavía no me han encontrado. No soporto a cierto tipo de mujeres y no dejaré de destriparlas hasta que haya terminado con ellas. El último es un magnífico trabajo, a la dama en cuestión no le dio tiempo a gritar. Me gusta mi trabajo y estoy ansioso de empezar de nuevo, pronto tendrá noticias mías y de mi gracioso jueguecito... Firmado: Jack El Destripador". Bautismo de sangre y comienzo de una leyenda.

El trastero del imperio

El escenario de los asesinatos de El Destripador, el trastero del imperio, era el paraíso de los hombres sin nombre. En Commercial St. resiste todavía hoy The Ten Bells el pub en el que Mary Kelly, la última víctima oficial, paró antes de ir a casa, una habitación en un callejón que daba a Dorset St. -"la peor calle de Londres", decía Dickens-. Era viernes, 9 de noviembre. Hace 120 años. La encontraron por la mañana tendida sobre su cama, con sus vísceras abdominales diseminadas. Su hígado y senos habían sido extirpados, sus orejas, cercenadas, igual que su nariz, y sus riñones fueron extraídos con precisión cirujana. El corazón nunca fue encontrado. El verdadero infierno.

El terror de Jack había comenzado diez semanas atrás: el 31 de agosto el cadáver de Mary Ann Nichols fue descubierto en Bucks Row, cerca de la avenida de Whitechapel. A Annie Chapman, la segunda, la hallaron una semana después, cerca del mercado de Spitalfields, hoy a pleno gas, con tiendas gobernadas por emigrantes bengalíes, a la sombra del Pepino de Norman Foster.

El domingo 30 de septiembre de 1888 se empleó a fondo. En Berner St. se descubrió a Elisabeth Stride y Mitre Square, cerca de Aldgate, a Cattherine Eddowes. La última sería Mary Kelly, después de un mes sin actividad. Luego desapareció. Y pasó a la historia. ¿Fue cazado? ¿Abandonó Londres? ¿Qué motivaron sus asesinatos? Las preguntas de un siglo entero lleno de preguntas.

El territorio de Jack El Destripador hoy es un bosque de grúas, de obras de grandes edificios, de torres comerciales. Parece que la City quiere comerse aquellos arrabales victorianos que ocultaban, entre la niebla otoñal de hace 120 años, la capa y el sombrero negros convertidos en iconos de la crueldad contra las mujeres.

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