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Todo mortal

150 aniversario de la muerte de Gustavo Adolfo Bécquer

Retrato de Gustavo Adolfo  Béquer.

Retrato de Gustavo Adolfo Béquer.

Cuando en los años finales del siglo XIX ya se habían apagado en Europa las últimas llamas del movimiento romántico, de las cenizas de aquella hoguera que había proporcionado a las letras europeas algunas de las obras más deslumbrantes del siglo, en España, contra todo pronóstico, una serie de escritores y poetas avivaron el fuego de aquel movimiento que había revolucionado el arte y la literatura. Con los últimos rescoldos de aquellas cenizas en las que reposaban las obras de Goethe, de Víctor Hugo, de Lord Byron, de Walter Scott, prendieron aquí otra hoguera cuyas llamas aún no se han apagado. España había sido un tema muy presente en la literatura y la poesía románticas de los autores europeos, sin embargo en nuestro país, cerradas a cal y canto las fronteras por temor al contagio de las ideas liberales y progresistas que se extendían por Europa, apenas llegaban los ecos de los cambios culturales que se estaban experimentando en el continente. José de Espronceda y el Duque de Rivas, que venían de un neoclasicismo que había agotado sus últimas vías creativas, abrazaron con fuerza las formas expresivas del Romanticismo. Pero fueron los nuevos poetas, fascinados por los valores de aquel estilo literario, quienes llevaron más lejos el espíritu de aquella revolución de los sentidos. Las obras de Rosalía de Castro y Gustavo Adolfo Bécquer atravesaron el último tercio del siglo XIX y todo el siglo XX, y se mantienen en el XXI, con todo merecimiento, como la obra de dos clásicos de la Literatura española.

BÉCQUER. VIDA Y DESVENTURAS

Hace 150 años (se cumplieron el 22 de diciembre) que murió Gustavo Adolfo Bécquer. Su figura y su obra se adaptan a todos los cánones y paradigmas del poeta romántico: huérfano, criado por su madrina, bohemio en Madrid, amante no correspondido, marido engañado, tuberculoso, fue alcanzado por la muerte cuando sólo contaba 34 años, un día en que los dioses se ponían de luto por un autor desconocido sumiendo a España en la oscuridad de un eclipse de sol. “Todo mortal” fueron sus últimas palabras.

En la biblioteca de su madrina el niño Gustavo Adolfo leyó por primera vez a los poetas clásicos y se hizo mayor descubriendo a Lord Byron y a Chateaubriand mientras escuchaba sonatas de Chopin. Durante sus años de bohemia sobrevivió escribiendo comedias, libretos de zarzuela y haciendo traducciones del francés. Empezó, sin ningún éxito, a publicar algunos escritos como “Historia de los templos de España” (con ilustraciones de su hermano Valeriano) y “Cartas literarias a una mujer”. Su enfermedad le impidió mantener una actividad continuada. Durante un agravamiento se retiró con su hermano al monasterio zaragozano de Veruela, a las faldas del Moncayo, donde escribió “Cartas desde mi celda” y sus primeras “Leyendas” y “Rimas”, muchas de las cuales se perdieron durante los disturbios de la Revolución de 1868.

La economía de su matrimonio con Casta Esteban, con la que tuvo tres hijos, sobrevivió gracias a su puesto de redactor en el periódico “El Contemporáneo” y a un trabajo casi clandestino como censor de novelas. Después de varios años en Sevilla y Toledo, en 1870 se trasladó a la capital de España para dirigir “La Ilustración de Madrid”, periódico en el que colaboraba su hermano Valeriano, cuya muerte a los pocos meses de iniciado el proyecto fue un fuerte revés para el poeta, que falleció también aquel mismo año.

Poco antes de morir Bécquer pidió a su amigo Augusto Ferrán que quemase sus cartas y tratase de publicar su obra inédita, convencido de que después de la muerte alcanzaría la gloria que la vida le negara. Fue el pintor Casado del Alisal quien tomó a su cargo la edición, movido por ayudar económicamente a la familia. Gracias a esta iniciativa no cayeron en el olvido ni las “Leyendas” ni sobre todo las “Rimas” que desde entonces vienen memorizando, para seducir a sus amadas, desde estudiantes adolescentes a enamorados de todos los linajes.

POESÍA HECHA CANCIÓN

Amancio Prada ha creado para su álbum “Gustavo Adolfo Bécquer” doce composiciones musicales de extraordinaria belleza. Algunos de los mejores poemas que muchos memorizamos desde que descubrimos la obra del poeta están ahora en este disco para que, además, como ocurriera con la poesía de Rosalía de Castro, los identifiquemos para siempre con las canciones de Amancio Prada.

Prada ha vestido con su música aquellos poemas declamados y aprendidos de memoria por muchos lectores que los descubrimos en los manuales de la Historia de la Literatura Española: “El arpa”, “Volverán las oscuras golondrinas”, “Por una mirada”… y otras con el mismo ardor poético. Con el diseño gráfico de Juan Carlos Mestre, inspirado esta vez en la obra ilustrada de Valeriano Béquer, el libro-disco es en sí mismo un delicado objeto de bella factura. Con una musicalización sencilla, con el violonchelo de Amarilis Dueñas y la trompa marina de Luis Delgado, la voz de Amancio Prada se desliza por las palabras de Bécquer engalanándolas de nuevas sensaciones.

Algunos de los temas que se incluyen en este disco no son nuevas composiciones de Amancio Prada. A “Volverán las oscuras golondrinas” le puso música cuando tenía 17 años: “Es verdad que la canción iba conmigo y alguna vez la cantaba mentalmente, pero como no sabía acompañarla con la guitarra, nunca la cantaba en público y así se fue quedando, inédita, al margen de grabaciones y recitales. Hasta que un día, muchos años después, preparando el programa de un concierto próximo, me acordé de las oscuras golondrinas de Bécquer y me sentí inspirado para evocar su vuelo con el trémolo de la guitarra (...)”. En un texto que el cantante escribió sobre este disco, señala: “Releyendo las Rimas de Bécquer, hubo una que me conmovió especialmente, la que comienza así: Cerraron sus ojos, que aún tenía abiertos, taparon su cara con un blanco lienzo, y unos sollozando, otros en silencio, de la triste alcoba todos se salieron. Es un poema muy largo, de arquitectura admirable, que cada tres estrofas, a modo de estribillo, se detiene un momento: ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!’. Todos hemos vivido y revivido la muerte de algún ser querido (…). Y continúa Amancio Prada más adelante: “El poema que más me impactó fue ‘Espíritu sin nombre’ (…) Si Rosalía de Castro dice en Negra Sombra “en todo estás e ti es todo, Bécquer exclama en todo estoy y soy todo: soy nieve en las cumbres, soy fuego en las arenas...., suspiro en la onda pura y lloro en la hoja seca (…) Y en eso estaba cuando llegó el confinamiento. La canción no estaba hecha, pero la tenía, la tenía, sólo era cuestión de perfilar el canto cantándolo una y otra vez. Después, en medio de una primavera exuberante y cruel, las canciones empezaron a brotar como los árboles, una tras otra, como en un trance, con perdón. Fue entonces cuando empecé a vislumbrar la posibilidad de un disco entero dedicado a Bécquer (…) Recuerdo que durante ese tiempo becqueriano me venían a la mente poemas y canciones del disco Rosalía De Castro (1975), como si Rosalía y Bécquer fuesen de la mano, en confluencia lírica”.

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