Latigazos, secuestro, violaciones, fracturas, humillación...: todo el terror de la violencia machista en una sola víctima

El fiscal eleva a 62 años la pena que pide al acusado de retener sin salir de casa, agredir y dar palizas reiteradas a una mujer en Lalín

El acusado durante el juicio celebrado ayer en la Sección Cuarta de la Audiencia de Pontevedra. |   // C. G.

El acusado durante el juicio celebrado ayer en la Sección Cuarta de la Audiencia de Pontevedra. | // C. G. / Carlos García

En febrero de 2019, una madre vecina del partido judicial de Lalín acudió a la Guardia Civil para denunciar la desaparición de su hija. Lo hacía después de meses sin tener contacto visual con ella y ante el temor de que pudiera estar siendo víctima de malos tratos y retenida contra su voluntad por quien era su pareja sentimental. Un hombre con el que había comenzado a convivir en un piso en la capital de Deza. Sin embargo, tiempo después les habían perdido la pista y apenas tenían contacto con ella a través de WhatsApp, en alguna videoconferencia de muy mala calidad o mediante el envío de fotos en las que no se le distinguía bien a ella. Poco a poco, fue creciendo en esta madre el convencimiento de que quien respondía a los mensajes en realidad no era su hija, sino su pareja sentimental y ahora acusado.

La Guardia Civil acudió al que se creía que era el domicilio de ambos, en una zona rural, pero no encontró a nadie. Tiempo después, esta madre fue avisada de que su hija había logrado huir de su captor y pedir auxilio a las autoridades. Se encontraba en el centro de salud de Lalín. Su estado físico era tan grave que iba a ser trasladada a Santiago, pero antes tuvo la oportunidad de estar con ella: “Cuando la vi no sabía si era mi hija u otra persona”, explicó ayer ante las magistradas de la Sección Cuarta de la Audiencia de Pontevedra. “No era mi hija, tenía el pelo triscado, sus gafas rotas pegadas con celo, la nariz partida..., las orejas deformes..., y me dijo: mamá, mira lo que me ha hecho”.

“Cuando la vi, no era mi hija, tenía el pelo triscado, sus gafas rotas pegadas con celo, la nariz partida..., las orejas deformes..., y me dijo: mamá, mira lo que me ha hecho”, dijo la madre de la víctima

Esta mujer declaró ayer como testigo en un juicio que, de confirmar el tribunal los hechos por los que se formula acusación, podría tratarse de uno de los casos de violencia de género más impactantes que se recuerdan en la Audiencia de Pontevedra. Salvo el de homicidio, el resto de los delitos más graves que constituyen la lacra de la violencia machista se apelotonan en un sumario en el que se investiga al acusado como autor del supuesto secuestro de esta mujer y de las continuas humillaciones, golpes y palizas, amenazas, coacciones, agresiones sexuales reiteradas empleando una extrema violencia que dejaron en ella incontables lesiones físicas y psicológicas.

Niega los hechos

El acusado es un varón que ya había sido condenado en el pasado a 4 años de cárcel por violencia de género contra otra mujer. Él niega estos hechos. A preguntas de las acusaciones fue justificando cada una de las múltiples lesiones “en casi cada parte de su cuerpo” que presenta su pareja asegurando que fueron fruto de accidentes domésticos u otras situaciones provocadas, según él, por la propia víctima.

Las conmociones cerebrales (algunas de ellas con pérdida de consciencia) fueron consecuencia de “golpes que se daba contra unas vigas del fallado cada vez que subía”; las deformidades que presenta en las orejas se deben, dijo el procesado, “a una infección” por unos pendientes que se ponía y que él mismo “le intentó curar” . Las decenas de fracturas que presentaba en la zona costal y en las extremidades fueron “caídas desde un poni que teníamos”. Las marcas en la cara, “heridas causadas por la perra” o los latigazos que presentaba en las piernas fueron autoinflingidos por ella misma. También justificó que, pese a su juventud, la víctima perdió dos piezas dentales por la “podredumbre” y no por los puñetazos y palizas que él le propinaba. “Todo mentiras”, dijo al final del juicio, al tiempo que sí lamentó alguna “humillación o insulto”, pero nada más.

La víctima denunció palizas, golpes en la cabeza que la llegaron a dejar sin sentido, obligándola a dormir en el suelo con los animales, o a bañarse en agua fría en pleno invierno llegando a sumergir la cabeza bajo agua, agarrándola por el cuello

La víctima, en una declaración que se realizó a puerta cerrada para preservar su intimidad, ratificó su denuncia. En los informes finales de las acusaciones se relató esta situación de terror que la mujer supuestamente vivió durante meses, incluso años. Episodios constantes de palizas, golpes en la cabeza que la llegaron a dejar sin sentido, obligándola a dormir en el suelo con los animales, o a bañarse en agua fría en pleno invierno dezano, llegándole a sumergir la cabeza bajo agua, agarrándola por el cuello y sintiendo ella que se ahogaba. Y todo ello, mientras presuntamente la mantenía retenida en casa sin dejarla salir, sin móvil y sin llevarla al médico cuando sufría todas estas lesiones.

El informe de la forense del Imelga fue pavoroso: “Es uno de los casos más impactantes con el que me he encontrado en 15 años de carrera profesional en materia de violencia de género”. “Me llamaba la atención que pese a presentar lesiones de gravedad, la víctima ni se quejaba”. “Llevaba 11 horas sin comer y no manifestaba ni hambre ni sed”, indicó. Solo a nivel físico, “una primera exploración de su cabeza y tórax reveló hasta 16 fracturas a las que habría que sumar las que posteriormente se detectaron en extremidades”, indicó. “Su estado físico era de gran abandono, había perdido mucho peso y todo su cuerpo estaba lleno de lesiones de diferentes cronologías”, dijo. Lo mismo con las fracturas, que no obedecían a un único episodio, sino a reiteradas lesiones que se fueron sucediendo en distinto orden cronológico. “También se apreciaron dos traumatismos craneoencefálico graves, alguno de ellos susceptibles de provocar lesiones a largo plazo”, dijo, y todo ello sin recibir asistencia médica de ningún tipo. “Para mí es un conjunto inequívoco de un maltrato habitual”, concluyó.

Lesiones para “causar dolor”

Se confirmó también la presencia de marcas de “latigazos” en las piernas y la forense hizo especial hincapié en estas y en las heridas que sufrió en las orejas: “Son lesiones que no corresponden a un único momento”, sino que “están hechas con el ánimo de causar dolor”, indicó. “Pequeños pellizcos y apretones de orejas que no son de un día, sino mantenidos en el tiempo para poder llegar a provocar ese tipo de lesión”, añadió.

La forense ratificó lesiones por “latigazos” en las piernas e hizo especial hincapié en estas y en las heridas que sufrió en las orejas: “Son lesiones que no corresponden a un único momento”, sino que “están hechas con el ánimo de causar dolor”

Mordiscos

Por último, la forense también se refirió a las lesiones de “carácter marcadamente sexual” que presentaba la víctima. Mordiscos (humanos, según la especialista) en senos y otras partes íntimas de la víctima o señales de “abordaje y acometimiento” con violencia.

Dos días en el desván

La Guardia Civil acudió a la casa en la que supuestamente vivían (y en la que la mujer aseguró que el acusado la llegó a encerrar dos días en un desván) pero nadie respondió. Ella asegura que la mantenía encerrada en la vivienda. Tras la visita de los agentes, la Fiscalía sostiene que el acusado cogió a la mujer y se la llevó a una caseta insalubre en medio del monte en donde trató de ocultarla, hasta que ella logró escapar. La defensa niega el delito de detención ilegal y afirma que la mujer tuvo libertad deambulatoria en todo momento y que, de hecho, ni la casa ni esta caseta en la que vivían tienen puertas. Pide la libre absolución para el acusado que permanece en un centro penitenciario.

Tanto la Fiscalía como la acusación particular solicitan que se le impongan al acusado las penas más altas por múltiples delitos, desde detención ilegal, a lesiones con deformidad, amenazas, coacciones, agresión sexual continuada o trato degradante. En total, suman unos 62 años de prisión, frente a los 57 que solicitaba inicialmente antes del juicio.

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Al inicio de su informe, el fiscal aseguró ante el tribunal que este caso enjuicia unos hechos “de una extraordinaria gravedad”. “De una brutalidad extrema y gratuita, de sadismo, violencia física y psicológica como pocas veces se puede demostrar”, especificó. Se trata de una relación que duró unos tres o cuatro años pero que, especialmente durante el último, se produjo una situación de “maltrato físico sistemático” y otras humillaciones que llevan al ministerio público a pensar que “el dolor que tuvo que soportar esta mujer es difícil de imaginar”. Durante el juicio celebrado ayer en la Audiencia de Pontevedra también declararon dos de los guardias civiles que se entrevistaron con la víctima el día que, según su versión, escapó de su captor. La vieron en el centro de salud y, al igual que a la forense, les sorprendió que, pese a las múltiples lesiones que presentaba (relataron, al igual que la madre, extrema delgadez, lesiones en manos, orejas, cara, la pérdida de piezas dentales, gafas rotas), mostró “entereza” al relatar todos los episodios de maltrato de los que supuestamente había sido víctima. La forense que examinó a la víctima señaló que se encontraba, tras lo sucedido, como si estuviera fuera de la realidad. También incidió que puede suceder que, después de haber vivido una situación de tan extrema dureza, el miedo y le llevase a una situación “pasiva” y de cierta “insensibilidad al dolor” a pesar de las graves lesiones que padecía. Por contra, la defensa utilizó justamente este hecho para intentar restar credibilidad al testimonio de la víctima, de quien dijo en su informe final que mostró “contradicciones”.