“Yo descubrí la asociación cuando mi madre se puso enferma. Recuerdo que por aquel entonces casi nadie sabía lo que era esto. Había escuchado alguna vez que el presidente Nixon, de EEUU, lo tenía, pero no lo descubrí en toda su magnitud hasta que lo viví en primera persona”, cuenta Quina Pérez, secretaria de la junta directiva de Afaor (Asociación de Familiares de Enfermos de Alzhéimer de Ourense).

Como cada 21 de septiembre –día mundial que se le dedica a la enfermedad que hace perder la memoria a casi 800.000 españoles cada año– estuvo todo el día en la calle del Paseo para ofrecer información a quien lo solicitaba. “Tenemos talleres de estimulación cognitiva para los enfermos y grupos de apoyo para los familiares. Además, a partir de enero empezaremos a funcionar como centro de día en el nuevo local al que nos hemos trasladado en el barrio de Barrocanes”, cuenta entusiasmada.

Poco a poco van recuperando la actividad normal, con lo que eso implica para ofrecer soporte a los diagnosticados de alzhéimer y sus seres queridos. “Los talleres se cerraron durante la pandemia, pero los trabajadores y voluntarios siguieron prestando atención y llamando a las familias y los enfermos porque durante los meses de confinamiento notamos un deterioro muy grande en ellos a nivel cognitivo y de trastorno conductual. Estaban más agitados de lo habitual, no eran capaces de dormir o se les olvidaba que no podían salir a la calle”, relata Noa Gallego, la trabajadora social, sobre la mayoría de los casos que tienen en la entidad.

“Estamos notando que cada vez son más las familias que vienen con diagnósticos tempranos de alzhéimer”, señala la profesional. Y añade que muchos de los usuarios del centro sufrieron un empeoramiento tan importante durante los meses de confinamiento que ya no podrán regresar a sus talleres.

“Hay que tener paciencia con los enfermos porque no pueden tomar decisiones por sí mismos. Eso también la convierte en una de las peores dolencias que se pueden sufrir”, advierte Quina que cuidó de su madre durante 15 años y ahora colabora con la entidad voluntariamente.

Natalia Belmonte organiza talleres preventivos en Cruz Roja. | // I. O.

Talleres preventivos

Desde la óptica de la prevención –nunca para los ya diagnosticados– en Cruz Roja de Ourense también desarrollan talleres de estimulación cognitiva. “Nosotros nos centramos en los que simplemente tienen algunos despistes por la edad. Si ya están enfermos lo mejor es que se pongan en manos de especialistas para que les puedan hacer un seguimiento”, explica Natalia Belmonte, trabajadora de la entidad social.

“A muchos mayores les ayuda no solo las actividades, sino también relacionarse con otras personas. Tener una rutina”, valora.

“Él solo quiere que lo bese y le diga cosas bonitas”

“Él lleva 18 años con alzhéimer pero yo creo que a veces tiene momentos de lucidez en los que es consciente de cómo está. De que no puede caminar. Lo que más demanda mi marido es cariño y paciencia”, explica por teléfono Olimpia Pacios mientras su marido duerme la siesta, entre las 16.00 y las 17.00 horas.

Hace cuatro años que tiene una cuidadora en casa que le echa una mano por las mañanas. “Es mi salvación porque así yo puedo ir a nadar. Me levanto a las siete, desayuno, le preparo su desayuno, lo aseo y lo visto, organizo mis cosas y hago la comida. Y después me voy a la piscina. Que aunque no sé nadar, por lo menos me muevo con la gimnasia”, afirma sobre su rutina diaria.

Ella se reconoce afortunada porque Hipólito Gómez no ha tenido más problemas de salud a sus 90 años, lo que se traduce en que nunca se llevó ningún susto ni tuvo que llevarlo a urgencias. “Estamos muy tranquilos y lo puedo manejar yo todo, de momento. Al principio era un poco más agresivo porque se frustraba. No entendía qué le pasaba. Pero ahora es muy bueno”, afirma esta mujer de 80 años que carga en sus espaldas con haber emigrado a Suiza, criado a cuatro hijos y ahora cuida de su marido.

“Me hablaba de cosas que no habían sucedido como él las recordaba”

Se dieron cuenta de que algo raro pasaba cuando comenzó a perder cosas y a cambiar recuerdos del pasado sin darse cuenta. “Me hablaba de cosas que no habían sucedido como él decía y me mosqueé”, expone sobre el principio de la enfermedad de su marido, que ahora tiene 90 años. “Gracias a que éramos un matrimonio muy comunicativo y charlábamos mucho yo percibí lo que estaba ocurriendo”.

Para los que estén leyendo esto, quiere confesar su truco para hacerle la enfermedad más llevadera a los diagnosticados: “Que nunca te note nerviosa ni triste. Sacar la paciencia de donde una no sabe que la tiene. Y si te entran ganas de llorar, que no sea delante de él. Te vas a otra habitación y te desahogas”.