Opinión

Democracia y Constitución: 45 años

Solo el 45% de la población mundial vive en un sistema democrático, más o menos imperfecto, y únicamente el 8% vive en una democracia plena, de acuerdo a los informes de “The Economist”. Pues bien, España figura entre los 24 países del mundo considerados una democracia plena teniendo en cuenta su calidad electoral, las libertades civiles, el funcionamiento del gobierno, la participación y la cultura política. Aunque no hay democracia perfecta, la historia y la política comparada nos han enseñado que la democracia es el mejor sistema político posible. Cualquier otra opción es sustancialmente peor.

En su obra Cómo mueren las democracias, los profesores de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt advierten contra el populismo y el riesgo de debilitamiento democrático a través de procesos de erosión lentos y progresivos. La tenue aceptación de las reglas constitucionales, la negación de la legitimidad a los adversarios políticos, la tolerancia o fomento de la violencia, o la restricción de las libertades civiles y de prensa minan la fortaleza democrática.

España vive hoy en una democracia consolidada y su Constitución cumple 45 años, el período democrático pleno más largo de nuestra historia. Tras la muerte del dictador, la sociedad española protagonizó una transición política que cabe enmarcar en la tercera ola de democratización según la tesis de Huntington. Con la democracia, la senda institucional española avanzó con nuevas libertades y derechos políticos, con un moderno estado del bienestar, con descentralización a través de comunidades autónomas, con la incorporación a la UE. Mucho camino recorrido, pero queda mucho más por recorrer en una sociedad que aspira a más y que mira hacia el futuro más que hacia el pasado.

"La historia y la política comparada nos han enseñado que la democracia es el mejor sistema político posible. Cualquier otra opción es sustancialmente peor"

La Constitución, más allá de su naturaleza como texto legal, implica un equilibrio institucional que permitió asentar la democracia. Pero ese equilibrio no es, ni podría ser, estático, sino que implica una sucesión de equilibrios dinámicos que con el tiempo pueden reforzar –o debilitar– el equilibrio inicial constituyente. Desde el surgimiento del 15-M hasta los actuales extremismos e independentismos, el sistema de partidos ha experimentado modificaciones en su bipartidismo imperfecto. Mientras los resultados electorales y la fragmentación de 2019 dieron paso al primer gobierno de coalición de la actual etapa democrática; cuatro años más tarde, la ciudadanía reforzó el bipartidismo pero no otorgó mayorías absolutas, abriendo la puerta nuevamente a coaliciones que conceden poder a quienes se convierten en partidos bisagra. Son los efectos del voto y del sistema electoral.

El sistema parlamentario español implica que es el Congreso el que elige al presidente del gobierno, igual que ocurre en tantas democracias. Por eso, a la vez que cabe reivindicar el derecho a la discrepancia y a la manifestación por parte de la oposición, reafirmar la legitimidad y legalidad del gobierno es también defender la Constitución y la democracia. Debemos, de este modo, escapar del populismo, de los extremismos, del riesgo reaccionario y de la polarización excesiva para defender los valores democráticos y respetar las decisiones de otros agentes políticos, aunque no las compartamos.

Por tanto, los socialistas debemos seguir defendiendo la democracia, la tolerancia y la convivencia, y desarrollando una agenda de avances y derechos sociales para todos. Como decía Giovanni Sartori, la democracia existe solo mientras sus ideales y valores la crean, y por eso debemos defenderlos para seguir consolidando y mejorando nuestro sistema democrático.