Opinión | El correo americano

Henry Kissinger, una tragedia americana

De él se dijo que lideró el país cuando Nixon andaba distraído con la crisis del Watergate. Esta es una afirmación, un tanto exagerada, que se ajusta al mito que se creó alrededor del personaje. Sin embargo, su poder, ciertamente desmedido, que repercutió sobre todo en ciudadanos extranjeros y que nunca fue sometido al control democrático de las urnas, hizo que se convirtiera en una figura histórica, sin precedentes en la historia de Estados Unidos, a la cual se le atribuye un rol esencial en la transformación del orden mundial durante la segunda mitad del siglo XX.

Secretario de Estado, asesor de Seguridad Nacional y consigliere privilegiado en dos administraciones republicanas, Henry Kissinger no solo influyó sobremanera en la política exterior estadounidense, sino que gozó de una autonomía insólita para el cargo que ostentó, operando muchas veces de manera encubierta (“lo ilegal se hace inmediatamente, lo inconstitucional lleva un poco más de tiempo”, bromeaba), y acabó adquiriendo un estatus de celebridad entre algunos periodistas, intelectuales y miembros de las clases dirigentes, quienes lo veían como una suerte de Maquiavelo moderno que movía sus fichas por el mapamundi como en un tablero de ajedrez.

Kissinger, que murió esta semana a los 100 años, fue un adalid de la realpolitik que nunca dudó en anteponer los intereses del país (o los suyos) a los derechos humanos en otros territorios. Fue conocido por introducir nuevos métodos de negociación en el conflicto entre palestinos e israelíes o por promover la política de détente en la Guerra Fría. Resultó crucial en la apertura de Estados Unidos a China. Y negoció los acuerdos de paz con Vietnam. Por esto último le concedieron un Premio Nobel de la Paz que, a luz de su historial, podría interpretarse como una ironía perversa.

Porque, si bien en ciertos círculos parecía disfrutar de la impunidad que le otorgaba su prestigio como “maestro de la diplomacia”, Kissinger, para muchos, no fue más que un criminal de guerra. Él personificaba mejor que nadie la complicidad de Estados Unidos con las dictaduras latinoamericanas. Estuvo detrás del bombardeo secreto de Camboya y del golpe de estado contra Salvador Allende en Chile. Desempeñó un oscuro papel en las invasiones de Chipre y Timor Oriental, así como en el genocidio de Bangladesh. También fue acusado de haber sido el responsable, directo o indirecto, de los asesinatos, las torturas y los secuestros que se produjeron bajo algunos de los regímenes que él había respaldado.

Christopher Hitchens, su detractor más obstinado y elocuente, escribió un libro donde se describen de manera exhaustiva todos los presuntos crímenes en los que Kissinger estuvo involucrado. La intención del autor era que el exsecretario de Estado, “al que todas las personas decentes deberían cerrarle la puerta en la cara”, fuera juzgado por un tribunal internacional.

Kissinger, sin embargo, nunca tuvo que rendir cuentas a nadie y, en los últimos años de su vida, ya retirado, continuó dando lecciones sobre los asuntos globales y recibiendo elogios por su pensamiento estratégico. Logró que muchos asociaran esa combinación de pragmatismo cínico e intervencionismo violento con una visión sofisticada de la geopolítica, desdeñando los argumentos morales y priorizando un fin que siempre justifica los medios mientras la sangre derramada sea la de los otros.

La biografía de Kissinger es, sin duda, una historia de éxito y superación personal genuinamente estadounidense. Fue un judío que huyó del Holocausto. Un chico sin muchas conexiones en las altas esferas que, gracias a su destreza intelectual, triunfó en las universidades de élite. Un inmigrante alemán, cuyo acento siempre delataba sus orígenes, que escaló hasta la cima del poder en la primera potencia del mundo. Un outsider que acabó representando la quintaesencia del establishment. De ahí que su legado resulte tan trágico e incómodo. Como se pudo comprobar estos días tras la publicación de algunos obituarios, parece que Henry Kissinger, pese a sus antecedentes, sigue siendo respetado (o, al menos, comprendido), al ignorarse o matizarse lo que a sus homólogos extranjeros jamás se les perdonaría. Los hijos de su siglo, en cambio, todavía afrontan las consecuencias de aquellas decisiones tomadas en la sombra y los múltiples “daños colaterales” que causaron.