Opinión | Crónicas galantes

Adiós a los billetes

Los billetes, que son invento de chinos, van camino de desaparecer. Al papel lo sustituyen ya tarjetas de plástico y, a más largo plazo, lo harán esas navajas suizas de mil usos que llamamos teléfonos móviles. Sirven para todo: incluso para hablar por teléfono si uno no tiene WhatsApp.

Bastó un breve fallo informático días atrás para que cientos de miles de personas cayesen en la cuenta de que la tarjeta e incluso el telefonillo son ya medios de pago tan imprescindibles como el dinero. Se interrumpió el flujo hacia los datáfonos y fue como si se hubiese ido la luz. No había modo de pagar para quien no hubiese tomado la precaución de guardar algunos billetes en la cartera.

Tampoco es cosa de alarmarse. La mayoría de las operaciones siguen haciéndose en España con dinero en efectivo, pero cada vez menos. Si antes de la pandemia representaban un 83 por ciento de todos los pagos, el pasado año habían bajado ya a un porcentaje del 66.

Lógicamente, el pago con tarjeta subió quince puntos, hasta un 28 por ciento. Los móviles, que apenas figuraban en la estadística prepandemia, suponen ahora casi un 4 por ciento, y subiendo. El coronavirus infectó con fuerza letal a los billetes, pero no se trata de un fenómeno transitorio. La tendencia ha llegado para quedarse.

“El dinero es una cuestión de fe: creer que un papelito de colores vale lo que dice que vale”

Internet ya había abolido el papel para sustituirlo por la imagen digital en muchos otros ámbitos; pero el dinero aún se resistía. Tal vez por una vieja superstición. Se han dado casos de gente acaudalada que necesitaba ir al banco con la intención de que le enseñasen el billetaje de la caja fuerte. Querían comprobar con sus propios ojos que su dinero es algo más que un apunte contable en una cuenta de ahorro.

Nada más lógico, si se tiene en cuenta que el dinero es una cuestión de fe. Creer que un papelito de colores vale lo que dice que vale. El dólar y el euro –su reciente competidor en los altares– serían simples trozos de papel sin valor alguno de no estar sostenidos por la devoción de su multitud de feligreses en todo el planeta.

Todo cambia para que todo siga igual, como advirtió sensatamente Giusseppe de Lampedusa en “El Gatopardo”. El dinero seguirá circulando, aunque las tarjetas y los nuevos medios tecnológicos le tomen el relevo al papel de los billetes y al metal de las monedas.

Si acaso, los bancos –que son los catedrales de nuestro tiempo– perderán algo de su sacralidad a ojos del público. Con la desaparición del efectivo tendrán ya menos sentido las bóvedas acorazadas en las que, a modo de enormes sagrarios, guardaban antes el oro y después los billetes en fajos.

Esos cambios, solo en apariencia revolucionarios, hacen que el dinero adopte rasgos etéreos, como corresponde a su carácter vagamente divino. No lo veremos ni lo tocaremos con las manos, pero nadie va a ignorar que sigue ahí, obrando su fuerza mágica de compra de mercancías y voluntades.

Tanto da si en billetes o escondido en tarjetas y telefonillos móviles, sigue siendo verdad que “hace mucho el dinero y mucho se le ha de amar; al torpe hace discreto, hace correr al cojo y al mudo le hace hablar”. Lo decía hace más de seiscientos años el Arcipreste de Hita, pero cualquiera pensaría que lo escribió ayer mismo.